¿Sin vuelta atrás?

Una fotografía proporcionada por la oficina de prensa presidencial turca muestra (en primera fila, de izquierda a derecha) al presidente sirio Bashar al-Assad, al presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi, al rey Abdullah II de Jordania, al príncipe heredero de Arabia Saudita Mohammed Bin Salam, al presidente palestino Mahmoud Abbas, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, el presidente iraní, Ebrahim Raisi, el emir de Qatar, el jeque Tamim bin Hamad Al-Thani, y otros líderes posando para una fotografía durante la cumbre de líderes de la Organización de Cooperación Islámica (OCI) sobre Palestina, en Riad, Arabia Saudita. , 11 de noviembre de 2023. (Egipto, Jordania, Arabia Saudita, Siria, Catar) EFE/EPA/OFICINA DE PRENSA PRESIDENCIAL TURCA

Andrés Erráez Cobos

Guayaquil, Ecuador

En una entrevista conducida por el medio Visegrad24 a un ex islamista-Luai Ahmed, el que una vez fue refugiado afirmó: “no hay multiculturalismo en Suecia o en Europa; hay sociedades paralelas que son disfuncionales”. La migración es un fenómeno longevo en la historia humana y, como cualquier evento aparentemente orgánico, puede ser usado a conveniencia por los políticos.

Los pininos de la globalización no fueron exclusivamente cimentados en el comercio, las comunicaciones y la migración, también fue marcada por la internacionalización del conflicto. Esta lógica de interconexión mundial permite no solo elevar a grandes escalas crisis económicas o sanitarias, sino también sociales y por supuesto bélicas. Discursivamente hoy la política está transversalizada por la confrontación, desde Javier Milei hasta Donald Trump, pasando por Viktor Orban y Nayib Bukele.

No obstante, antes de caer en la polarización y señalar culpables – que sí los hay – es importante comprender desde la física lo que está sucediendo. En esta ciencia tan fascinante podemos encontrar lúcidos paralelismos con aquellos eventos que suceden tanto a nivel social o colectivo como psicológico o individual. En física, la tercera ley de Isaac Newton alude que toda acción tiene una reacción, devenida ya en un refrán popular que sirve ahora como atajo cognitivo.

La invasión musulmana en Europa y América más allá de ser un capricho o arrogancia izquierdista es precisamente la reacción que no solo era esperable, como si fuese una entre tantas posibilidades, sino que era algo tan predecible que podría disfrazarse de destino o profecía. Pero no es así, como ya he citado antes a Carl Jung, sus palabras vuelven a iluminar nuestro sendero: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tú lo llamarás destino».

Por tanto, a pesar del dolor y el orgullo de muchos católicos, fuesen devotos a tiempo completo o un poco más descomplicados (como yo), cabe realizarse una pregunta profundamente incómoda. ¿No somos responsables de esto? Y en este punto es donde hay que hilar con mucha precisión porque no se trata sencillamente de un berrinche, se trata de comprender la ontología de la historia.

¿No es responsable la Iglesia de varios crímenes contra otros pueblos? Algunos dirán con soltura “ya pasó” otros, quizás con algo de miedo y culpa subrepticia dirán “la iglesia es humana y comete errores”. Empero, estas afirmaciones vuelven más enfático aún mi interés en generar comprensión de lo que sucede.

Sí, las Cruzadas, la Inquisición, el carácter católico o universal de una fe que se proclama por encima de todas las demás incluyendo a sus “hermanos separados” como los protestantes y los Testigos de Jehová, tuvieron lugar en el mundo y en la organización que hoy muchos llevamos en un crucifijo. Y aunque para nosotros nos resulte – relativamente – sencillo olvidar, ignorar o perdonar estos horrores, para aquellos que tienen claro el sufrimiento, el discurso no se vuelve herramienta de reconciliación, sino que abre más una herida que hace mucho debió ser sanada.

Con esto no justifico a los musulmanes ni a los gobiernos que, ya alineados a la izquierda, los cobijan en sus países aún cuando claramente rompen la ley y la cohesión social de su nación, poniendo al sueco contra el sueco, al estadounidense contra el estadounidense o al argentino contra el argentino. Lo que pretendo es hacer caer en cuenta de por qué estamos viviendo lo que estamos viviendo, porque solo entendiendo cómo lo causamos encontraremos la forma de resolverlo.

No obstante, en este punto ya la esperanza es tenue y la guerra es abierta. Bukele no titubea al señalar a la ONU o a la OEA como organismos corruptos, Milei no titubea al insultar gravemente a los izquierdistas; de la misma manera, los musulmanes no titubean a la hora de quitar una vida cristiana o de ingresar a un país que los acoge con los brazos abiertos, sabiendo claramente que su misión es implosionar esa sociedad.

Quisiera, como en textos anteriores, alentarlos a la unión, a la paz y a la reflexión. Sin embargo, esta vez es diferente, esta vez quizás no haya vuelta atrás. Como reflexionaba C.S. Lewis, quien combatió en la Primera Guerra Mundial, cuando la sociedad alcanza un punto máximo de decadencia, la guerra es el mecanismo natural que previene un colapso moral inefable.

Termino, con valentía, enunciando las palabras de Ernest Hemingway: “Una vez que tenemos una guerra sólo hay una cosa que hacer. Debe ser ganada. Porque la derrota trae cosas peores que cualquier otras que puedan suceder en la guerra”. Esto no significa que un conflicto armado no sea un crimen contra el espíritu de la humanidad, significa que ya estamos aquí y que si bien no podemos enmendar el pasado sí podemos, en el presente, labrar el futuro o, al menos, pelearlo.

Y así, con la silente tristeza de un aplauso estruendoso, vuelve a sonar un grito de guerra. Una de la cual aparentemente, ya no podemos escapar.

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