Quito, Ecuador
Creo que solo me ha pasado con dos películas que, al terminar de verlas, siento que son el producto que yo habría querido hacer. Entonces se me quita un peso de encima, un peso que no sabía que existía. Ambas son de temática religiosa y ambas son hechas por no creyentes. La primera fue el documental «Converso» (2018), en donde el español David Arratibel, sorprendido y escéptico, pone la cámara frente al proceso de conversión de su familia al catolicismo. La segunda es “Los Domingos” (2025), que ganó la Concha de oro en San Sebastián y es la película con más nominaciones a los Goya este año, con un total de trece. En este caso, Alauda Ruiz de Azúa escribe y filma una historia, inspirada en una anécdota que escuchó hace algún tiempo, en la que una chica de 17 años se siente llamada por Dios a entrar en un convento de clausura. Nosotros asistimos como espectadores a esa decisión, también esta vez con escepticismo, pero, sobre todo, observamos cómo reacciona su entorno: el padre, la tía no creyente, el amigo que le gusta, la mejor amiga, los amigos del coro, etc. En ambos casos intentamos mirar algo que no se puede: la irrupción de lo divino en la historia de las personas. Que me haya gustado “Los domingos” no es raro: “Cinco lobitos” (2022), su ópera prima, quizás fue mi película favorita de aquel año. Es la honestidad y la delicadeza con las que, al filmar, se deja que la realidad emerja en la pantalla y que, desde ella, a su vez, emerja lo sobrenatural; como diría Bazin: que el cine sea como esa tela en la que se impregnó la imagen del cuerpo de Cristo. En la canción “Into my arms”, de Nick Cave, cantada por el coro del colegio entre una canción religiosa y otra, se habla de un no creyente que quiere andar por el mismo camino de una creyente. And I believe in some kind of path / That we can walk down, me and you. Eso es el cine, religioso o no, de Ruiz de Azúa.

