Quito, Ecuador
El arte a menudo interpela a la vida para revelar sus fisuras más profundas. Bajo esta premisa, Una batalla tras otra (One Battle After Another), el último filme de Paul Thomas Anderson, ha penetrado con fuerza en la temporada de premios con 13 nominaciones al Óscar. Sean Penn destaca en este palmarés gracias a su papel del Coronel Steven J. Lockjaw, trabajo por el cual ha sido seleccionado como candidato a mejor actor de reparto.
Penn logra que su actuación vaya más allá del libreto, transformando su propio cuerpo en un estudio sobre el autoritarismo. Su personaje, un verdugo de corte nazi y trasfondo supremacista, guarda un paralelismo alarmante con Greg Bovino, el comandante en jefe de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos.
A través de una severidad física que raya en lo grotesco y una ambición mediática que busca validar una potestad moral inexistente, ambos perfiles demuestran cómo el poder, cuando se convierte en una identidad omnímoda, termina transformando al individuo en una caricatura peligrosa. De ahí que la construcción técnica de un antagonista cinematográfico permita entender la mecánica del odio y la exclusión en el mundo real.
En este escenario, el cine contemporáneo ha perfeccionado la mímesis del mal a través del arquetipo del victimario administrativo, una figura que encuentra su antecedente más icónico en el Dr. Strangelove de Peter Sellers. Si en la sátira de Kubrick la rigidez física y el tic nervioso del brazo del actor británico representaban la herencia nazi asimilada por la maquinaria burocrática de la Guerra Fría, Una batalla tras otra traslada esa estética al control fronterizo.
De este modo, en la obra de Anderson el nuevo nazi moderno ya no es solo una parodia histriónica, sino un ejecutor procedimental cuya maldad reside en su eficiencia logística. Al adoptar este modelo para reflejar las tensiones sobre la inmigración y el racismo, la actuación de Penn demuestra cómo la autoridad, cuando se convierte en una identidad inflexible y ciega a la humanidad, termina transformando al individuo en una marioneta peligrosa, capaz de gestionar la exclusión social con la misma gélida desconexión con la que Strangelove teorizaba sobre el apocalipsis.
Anatomía de un opresor
Ahora bien, esta interpretación del mal encuentra su anclaje definitivo en la construcción física que Sean Penn otorga al personaje de Lockjaw. Su forma de caminar no es un desplazamiento, sino un asedio: un paso robótico y marcial que revela un cuerpo que no dialoga con el entorno, sino que lo aprieta y lo violenta.
Tal rigor alcanza su clímax en la mandíbula perpetuamente trabada, un rasgo que funciona como diagnóstico clínico de un hombre bloqueado en su propia tensión. Es un cuerpo que ha renunciado a la fluidez humana para convertirse en un mecanismo de represión, donde cada músculo parece estar al servicio de una contención explosiva.
Pero además la villanía del personaje se revela no como un principio ético inamovible, sino como una cínica herramienta de ascenso social. La hipocresía ideológica de Lockjaw queda expuesta en el contraste entre su filiación al Christmas Adventurers Club —un bastión del supremacismo blanco— y su discordante obsesión con Perfidia Beverly Hills.
Esta contradicción sugiere que su racismo es, en última instancia, una performance de superioridad; un disfraz para un hombre que no cree en nada más que en su propia importancia. Para Lockjaw, el odio es el peaje necesario para habitar los círculos de influencia, transformando su ideología en un trámite burocrático que satisface su ambición.
El reflejo real
Si, como afirmaba Oscar Wilde en su ensayo La decadencia de la mentira, la vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida, el perfil de Greg Bovino surge como la encarnación de este enunciado. El militar no parece ser un hombre que simplemente cumple una función de dominio, sino alguien que proyecta activamente el paradigma del villano disciplinado.
En su presencia pública y su interacción con los medios, se percibe esa misma dureza que Penn imprime al Coronel Lockjaw; una imitación de los tipos que el cine ha creado para representar el orden absoluto. Wilde argumentaba que la vida busca métodos de expresión en las formas ya inventadas por el arte, y en el caso de Bovino, su gestualidad y su estética de corte déspota, sugieren que ha adoptado el molde de un antagonista que tiene acciones cinematográficas para validar su hegemonía en el mundo real.
Así, la frontera se borra: Bovino se convierte en un personaje antes de que la cámara empiece a rodar, demostrando que su instinto vital como hombre al mando lo lleva a reproducir, casi inconscientemente, la coreografía del mal que Penn representa en la pantalla grande.
Por tanto, la construcción de la imagen tirana de un supremacista funciona como un espejo social donde la obra de Paul Thomas Anderson cuestiona la deshumanización inherente al poder absoluto. Al tomar la rigidez de figuras reales como Greg Bovino y traducirlas al lenguaje corporal de Sean Penn, el filme advierte que el autoritarismo no es más que una máscara de eficiencia que oculta una profunda fractura interna.

Merece la pena reflexionar sobre la soberbia interpretación del actor nominado al Óscar al demostrar que la fuerza impuesta de forma extrema es una estructura artificiosa destinada a doblegar al individuo bajo su propio peso, lejos de enaltecerlo. Penn, mediante su lenguaje corporal, expresa lo que la retórica oficial calla: que la arquitectura del odio y la exclusión en la América actual es, en última instancia, un simulacro peligroso que consume la humanidad de quien lo ejecuta.
