Quito, Ecuador
Hace una semana escribí “Dos palabras contra el miedo: Fuera ICE”. Usé a Bad Bunny como punto de partida, no para celebrar su Grammy, sino para analizar qué hizo con un momento de exposición máxima: eligió incomodar. Llamó por su nombre a la violencia y al miedo que ICE impone a millones de latinos.
Tras esa publicación reapareció una objeción conocida: “Un cantante no cambia nada”. Medido en términos inmediatos o institucionales, puede que sea cierto. La música no deroga leyes ni firma decretos. Pero ese argumento confunde eficacia con relevancia. Y ahí es donde falla la lectura del momento histórico.
La política ya no empieza en las leyes
Hoy no vivimos solo disputas por políticas públicas, sino una guerra cultural: una pelea por el sentido común que no se libra con armas, sino con símbolos, palabras, emociones y valores, donde lo decisivo ya no es qué se decide, sino desde dónde se decide; quién fija lo normal, lo aceptable y lo legítimo; qué identidades cuentan, qué memorias importan y qué lenguajes merecen ser escuchados.
En ese terreno, el adversario deja de ser un rival político y pasa a convertirse en un enemigo moral: ya no piensa distinto, amenaza; el lenguaje se vuelve instrumento de exclusión y la cultura desplaza al programa político como principal campo de confrontación.
Es ahí donde aparece Bad Bunny, no como héroe cultural ni redentor pop, sino como una anomalía incómoda en la disputa por el sentido común: no altera las reglas del juego, pero sí el lugar desde el que se juega.
Cuando el conflicto se instala en el plano moral y simbólico, la sociedad se fragmenta y pierde un espacio común de diálogo, porque las guerras culturales no buscan persuadir, sino imponer un marco moral excluyente que define qué ideas son legítimas y qué emociones organizan a la sociedad; quien gana una guerra cultural no necesita convencer del todo, le basta con que su visión del mundo se naturalice como “sentido común”.
Bad Bunny como actor cultural
Con ese marco, Bad Bunny deja de ser solo un fenómeno musical para convertirse en algo menos cómodo: un actor cultural. No porque predique ni pontifique, sino porque elige dónde pararse y entiende que ningún escenario es inocente.
Muestra de ello es que, en enero de 2026, retomó su gira mundial en Chile. Un país donde la memoria no funciona como archivo cerrado, sino como herida que sigue dialogando con el presente. Allí, durante su concierto, rindió un homenaje al cantante Víctor Jara, asesinado tras el golpe de 1973, en un gesto que estuvo lejos del guiño nostálgico o del tributo de museo.
Fue una forma de decir que hay canciones que no envejecen porque las preguntas que formulan siguen sin respuesta. Y hacerlo en el Estadio Nacional, un lugar donde la música convivió con la tortura y el silencio impuesto, transformó el concierto en algo más que espectáculo.
Del Estadio Nacional al Super Bowl
Esa tensión entre historia y música no se quedó en Chile. Bad Bunny la trasladó, casi sin cambiar de tono, al escenario más masivo del planeta: el medio tiempo del Super Bowl 2026. Un espacio habituado a la neutralidad de etiqueta y al consenso monocultural que, por unos minutos, fue convertido en una declaración de identidad con memoria latinoamericana.
La reacción no tardó. Sectores conservadores, incluido Donald Trump, calificaron la elección como “ridícula” por una razón tan simple como reveladora: no canta en inglés.
La polémica, sin embargo, no fue musical. Fue identitaria. No se discutía un repertorio ni un género, sino algo más incómodo: quién tiene derecho a ocupar el centro del relato estadounidense y en qué idioma puede hacerlo.
Un relato de pertenencia
La puesta en escena no fue una acumulación de postales pintorescas, sino un relato cultural cuidadosamente articulado: el barrio, la caña de azúcar, la boda popular, los carritos de comida. La música apareció reivindicada como expresión de origen social, no como producto domesticado.
Trabajadores, jíbaros, familias y vendedores ocuparon el centro del cuadro, no como fondo decorativo, sino como sujetos visibles. Nada fue ornamental. Todo respondió a una lógica de restitución simbólica. Lo históricamente marginal no pidió permiso para entrar al centro. Se presentó como aquello que siempre lo sostuvo, aunque durante años se negara a reconocerlo.
En ese punto, el espectáculo adquirió su densidad política más profunda. Puerto Rico es, desde hace más de 130 años, un territorio no incorporado de Estados Unidos. Sus habitantes son ciudadanos sin plena soberanía política: no eligen al presidente y carecen de poder decisorio sobre su destino colectivo.
Ese trasfondo convirtió cada gesto del show en un acto cargado de sentido. La bandera puertorriqueña alzada con el azul correcto, ilegalizada durante décadas. El apagón como denuncia del abandono estructural y de los cortes crónicos de electricidad tras el huracán María.
Los postes de luz recreados en escena como memoria de los miles de muertos asociados a la falta de energía. En este contexto, celebrar la puertorriqueñidad no es folclor. Es un desafío directo al orden colonial.
Amor propio como acto político
Hacer todo esto en la tarima más importante de Estados Unidos, en televisión nacional y ante un presidente que llegó a preguntarse, en privado, si Puerto Rico podía simplemente “deshacerse” tras la devastación del huracán María, convirtió el gesto en algo más que una protesta.
Lo volvió amor propio colectivo. No un amor blando ni decorativo, sino uno nacido de la experiencia colonial, de la resistencia cotidiana y de la negativa a pedir perdón por existir. Amar la lengua, la música, el cuerpo y la historia cuando se ha intentado borrarlos no es nostalgia: es una forma radical de política.
Desde ahí se entiende que Bad Bunny prescindiera de consignas explícitas o ataques frontales: no necesitó proclamas porque su mensaje ya estaba dicho en la forma, en el tono y en la escena. El cierre lo condensó todo: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.
No un amor abstracto, sino el amor por aquello que ha sido perseguido, criminalizado y ridiculizado: el español, el reguetón, el barrio, la identidad mestiza. En una guerra cultural, normalizar esa diversidad en el centro del poder resulta más subversivo que denunciarla desde los márgenes.
Cuerpo, comunidad y escena
Nada en el espectáculo fue accesorio, tampoco el vestuario. El look del medio tiempo funcionó como una extensión silenciosa del relato: minimalismo consciente frente a la expectativa de exceso, elegancia sin ostentación, el apellido OCASIO y el número 64 como afirmación de origen y memoria familiar, tenis diseñados por él mismo como gesto de autoría y control del relato.
Ese mismo principio organizó el corazón emocional del show: La Casita. Un espacio que Bad Bunny ya había convertido en territorio cultural durante su residencia en Puerto Rico y que en el Super Bowl funcionó como metáfora del hogar, el barrio y la comunidad.
No fue un backstage glamoroso, sino una casa abierta, viva y habitada. Desde allí, el medio tiempo se transformó en una auténtica fiesta puertorriqueña, con boda incluida, trasladando al Levi’s Stadium a la vida cotidiana de la isla.
Los artistas invitados reforzaron esa lógica sin romperla. Lady Gaga entró al universo estético del show adaptándose a él al cantar Die With a Smile en versión salsera. Ricky Martin encarnó la genealogía que hizo posible esta escena sin renuncias identitarias, enlazando Lo que le pasó a Hawái con El apagón como continuidad entre colonialismo, protesta y resistencia intergeneracional.
Karol G amplió el mensaje desde lo boricua hacia lo latinoamericano, como expresión de una generación global que no borra acentos ni raíces. Pedro Pascal introdujo una latinidad fuera de la música, ligada al cine y a la experiencia migrante sin asimilación forzada. La representación latina no es un género ni una cuota, sino una experiencia transversal.
Entonces, ¿cambia algo un cantante?
No cambia leyes. No gobierna. No legisla. Pero en una guerra cultural, quien mueve los símbolos mueve el suelo. Y cuando el suelo se mueve, al poder se le ven las costuras. Por eso no le temen a una canción por su melodía, sino por su efecto: poner a la gente a reconocerse en público.
Si te molesta que un boricua cante en español en el centro del espectáculo, no te molesta la música. Te molesta que exista. Y cuando el desprecio se vuelve “sentido común”, la democracia ya está perdiendo, aunque siga habiendo urnas. Por eso lo llaman “ridículo”. Porque lo ridículo, en boca del poder, suele ser el nombre elegante del miedo.

Al final, no era un show. Era una advertencia: el sentido común también se disputa, y quien lo pierde puede quedarse sin país, aunque conserve el pasaporte. Porque el exilio, a veces, también es interior.
