El Mencho y la ilusión del colapso criminal

Fotografía tomada a través de rastreo de redes del líder del Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho. Oseguera alias El Mencho, uno de los capos más buscados por EE.UU., fue abatido durante un operativo con fuerzas federales, según confirmaron a EFE este domingo fuentes del Gobierno de México. EFE/ Rastreo de Redes

René Betancourt

Quito, Ecuador

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), fue presentada como uno de los golpes más importantes contra el narcotráfico en México en años recientes. El lenguaje institucional fue previsible: “éxito operativo”, “objetivo prioritario neutralizado”, “avance estratégico”. Este encuadre no es nuevo. En América Latina, la caída de un capo suele describirse como un punto de inflexión. La experiencia empírica sugiere algo distinto.

La historia reciente ofrece precedentes difíciles de ignorar. La muerte de Pablo Escobar no clausuró el narcotráfico colombiano. La captura del “Jefe de Jefes”, Miguel Ángel Félix Gallardo no eliminó al Cartel de Guadalajara, sino que dio paso a su fragmentación en organizaciones que dominarían el mapa criminal mexicano durante décadas. La detención de Joaquín “El Chapo” Guzmán no implicó el colapso del Cartel de Sinaloa, sino su reconfiguración interna.

La consistencia de la evidencia regional es clara. La eliminación de liderazgos criminales rara vez se traduce en reducciones inmediatas de violencia y, con frecuencia, coincide con incrementos medibles. Estudios cuantitativos en México, Colombia y Centroamérica han documentado aumentos significativos de homicidios tras la captura o muerte de figuras centrales.

La explicación es estructural. Las organizaciones criminales no operan como pirámides dependientes de un individuo, sino como redes económicas y coercitivas insertas en mercados ilícitos resilientes. La desaparición del liderazgo raramente implica colapso organizacional. Implica desorden. En numerosos episodios regionales, la violencia posterior no reflejó la derrota del sistema criminal, sino la desestabilización del equilibrio previo.

El liderazgo criminal como mecanismo de estabilización

En organizaciones criminales jerárquicas, el liderazgo cumple funciones que exceden ampliamente el mando operativo. El capo no solo decide; coordina estrategias, administra equilibrios internos, gestiona arreglos territoriales y actúa como regulador informal de disputas. En términos organizacionales, el liderazgo concentra mecanismos de mediación, coordinación y producción de confianza que reducen fricciones internas y sostienen la estabilidad del sistema.

La investigación académica ha documentado ampliamente esta lógica. Diego Gambetta, sociólogo reconocido por sus estudios sobre la mafia siciliana, mostró que este tipo de organizaciones desarrollan mecanismos de gobernanza interna que permiten sostener relaciones de confianza, coordinación y control en ausencia de instituciones formales. Carlo Morselli, desde el análisis de redes criminales, ha demostrado que muchas organizaciones ilícitas contemporáneas operan mediante configuraciones distribuidas que facilitan adaptación y reconfiguración tras la eliminación de actores centrales.

Este marco permite comprender una dimensión central del problema. En los mercados ilegales no existen contratos formales ni tribunales capaces de hacer exigibles los acuerdos. La confianza se sostiene mediante reputación, credibilidad y capacidad coercitiva. Cuando esa autoridad entra en transición, la estabilidad deja de ser un dato organizacional y se convierte en una variable estratégica. Las incertidumbres que emergen no son abstractas, sino operativas: quién garantiza rutas, quién responde por pérdidas, quién impone acuerdos.

Vacío de poder y violencia transicional

La eliminación del liderazgo introduce, con frecuencia, un vacío de poder cuyo desenlace resulta contingente. En organizaciones con reglas internas consolidadas, la sucesión puede ser relativamente rápida, impulsada por el incentivo dominante de continuidad del negocio ilícito. En ausencia de mecanismos claros de sucesión, en cambio, el vacío suele traducirse en dinámicas de fragmentación, en las que distintas facciones compiten por control territorial, acceso a rentas ilícitas y legitimidad coercitiva.

La experiencia comparada muestra que estas transiciones rara vez se desarrollan de forma pacífica. La inestabilidad resultante no deriva de la desaparición del crimen, sino de la ruptura del orden criminal previo. La evidencia empírica ha documentado que estos procesos suelen coincidir con incrementos significativos de violencia.

Eliminar al capo implica, muchas veces, eliminar también un regulador interno del conflicto. El resultado típico no es la desintegración inmediata, sino la intensificación de la competencia.

Fragmentación: menos estabilidad, más actores armados

La fragmentación constituye una de las consecuencias más frecuentes del descabezamiento. La ruptura del liderazgo central no elimina estructuras de mercado ni incentivos económicos, sino que redistribuye poder, funciones y rentas ilícitas entre actores emergentes. Este proceso raramente reduce la violencia. La reorganización interna suele implicar disputas sucesorias, redefiniciones territoriales y señalización coercitiva de autoridad.

La experiencia regional muestra que la atomización de estructuras criminales tiende a producir mayor volatilidad violenta, proliferación de células autónomas y pérdida de mecanismos centralizados de regulación del conflicto. Lejos de reducir actores armados, la fragmentación suele multiplicarlos.

El CJNG y la mutación del modelo criminal

El caso del Cártel Jalisco Nueva Generación introduce una variable particularmente relevante para comprender los efectos del descabezamiento. A diferencia de organizaciones criminales tradicionales altamente jerarquizadas, el CJNG consolidó un modelo caracterizado por descentralización operativa, expansión territorial acelerada, diversificación de economías ilícitas e inversión sistemática en capacidades armadas. Esta configuración altera los efectos previsibles de la eliminación del liderazgo, ya que las estructuras distribuidas presentan mayor resiliencia frente a la pérdida de nodos individuales.

La visibilidad del liderazgo no implica una concentración equivalente del poder organizacional.

Más importante aún, el CJNG no opera como un fenómeno estrictamente nacional. Funciona como parte de una arquitectura transnacional de mercados ilícitos. Cocaína que puede provenir de Colombia, Perú o Bolivia. Precursores químicos que llegan desde Asia para producir metanfetamina y fentanilo. Puertos estratégicos en el Pacífico, incluidos nodos logísticos en Ecuador. Rutas internas para mover cargamentos hacia la frontera con Estados Unidos.

Mercados ilícitos y resiliencia estructural

Los mercados ilícitos presentan propiedades estructurales que limitan el impacto sistémico de la eliminación de individuos específicos. Persistencia de la demanda, alta sustituibilidad de operadores e incentivos financieros extraordinarios favorecen la continuidad del sistema, aun bajo presión estatal intensiva.

La eliminación del liderazgo no altera los fundamentos económicos del mercado. La oferta no desaparece. Se reorganiza. Nuevos intermediarios emergen, redes rivales ocupan espacios y las rentas ilícitas se redistribuyen.

Décadas de estrategias de descabezamiento no han producido reducciones sostenidas en la disponibilidad global de drogas. El mercado ilegal, como cualquier mercado resiliente, absorbe el shock y ajusta su configuración.

Violencia estratégica, no caos espontáneo

Las perturbaciones violentas que suelen seguir a la eliminación del liderazgo no constituyen meras reacciones caóticas. Con frecuencia operan como instrumentos estratégicos orientados a demostrar capacidad de control territorial, alterar percepciones de gobernabilidad, redefinir equilibrios de disuasión y consolidar autoridad emergente.

En este contexto, la violencia cumple funciones organizacionales y comunicativas. Señaliza poder, credibilidad y capacidad coercitiva. No es simplemente destructiva. Es estratégica.

El desafío para el Estado: del individuo al sistema

Nada de lo anterior implica que la eliminación del liderazgo carezca de relevancia operativa. Puede erosionar equilibrios internos, afectar finanzas o alterar capacidades logísticas. Sin embargo, el impacto estratégico depende menos del individuo eliminado que de las estructuras económicas y organizacionales intervenidas.

La evidencia comparada muestra que las intervenciones con efectos sostenidos tienden a concentrarse en finanzas criminales, redes logísticas, economías ilícitas territoriales y capacidades armadas. El descabezamiento puede abrir ventanas de oportunidad, pero no sustituye el desmantelamiento estructural.

Si el crimen organizado opera como red transnacional, la respuesta estatal requiere la misma lógica sistémica. Coordinación regional efectiva, control de nodos logísticos estratégicos, disrupción financiera y gestión de dinámicas de fragmentación dejan de ser opciones de política pública y se convierten en condiciones estructurales de eficacia.

Entre victoria simbólica y ambigüedad estratégica

La muerte de un liderazgo criminal constituye un evento visible, políticamente potente y operativamente relevante. No equivale, sin embargo, al colapso del sistema que lo produce.

La experiencia regional ha mostrado de forma consistente que las organizaciones criminales no desaparecen con sus líderes. Se adaptan, se fragmentan, se reconfiguran. Con frecuencia, la violencia posterior no refleja derrota, sino transformación del equilibrio previo.

El verdadero campo de disputa no es el individuo eliminado, sino la estructura que permite la continuidad del sistema criminal.

En paralelo, mientras la narrativa pública se concentra en el evento visible, es razonable suponer que en los órganos de inteligencia de los Estados afectados la conversación es otra. Menos simbólica. Más operativa.

¿Qué escenarios de reconfiguración están modelando?
¿Qué indicadores de fragmentación o consolidación están monitoreando?
¿Qué variables de riesgo priorizan en sus matrices predictivas?

¿Se anticipan disputas sucesorias, desplazamientos territoriales o mutaciones organizacionales?
¿Qué herramientas analíticas se están utilizando: análisis de redes, simulaciones de dinámica de conflictos, patrones históricos comparados?
¿Existe intercambio efectivo de inteligencia entre los países insertos en la misma arquitectura criminal?

Porque la pregunta estratégica no es únicamente quién ocupó el liderazgo, sino cómo reaccionará la red.
Y, en última instancia, si la estrategia pública se orienta a alterar estructuras y no únicamente a celebrar eventos.

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