Para esto fue que estudié Derecho

Emilio H. Morocho Abad

Guayaquil, Ecuador

Se dice mucho que aquellos que se deciden por la carrera de Derecho lo hacen porque no saben con exactitud qué estudiar. Vaya acierto para empezar. Otros, por su parte, lo hacen movidos por un ideal de justicia, pero uno que, en realidad, va más allá de encerrar en la cárcel a un delincuente o de investigar crímenes y llegar a la verdad absoluta. Otros —y entre esos me incluyo— lo hicimos porque nuestra mayor pasión, en países como el nuestro, no cubre las cuentas y nos condenaría a una vida precaria que no nos permitiría desarrollarnos y crecer.

Sin embargo, en el transcurso de la carrera hay momentos que lo hacen a uno conectar con aquello que esta trae por naturaleza: la felicidad y el alivio de sus clientes.

Queridos lectores, hoy les traigo algo que me estremeció el corazón; algo que incluso me hizo ver que aquella carrera que escogí sin mucho ánimo, en realidad, traía mucho bajo el brazo. Entre ello, lo gratificante que es ver a personas que fueron engañadas conocer la verdad y, con ella, encontrar la calma.

Teresa es una señora de aproximadamente 68 años —no recuerdo con precisión su edad, pero pongámoslo así—. Es la madre de un gran amigo mío, a quien pude conocer en un empleo al que le debo mucho. Como muchas personas mal asesoradas, estaba profundamente preocupada por algo que le habían presentado como un tremendo problema legal.

«Traigo un problema de haciendas, herencias, distribuciones y tributos excesivos». ¡Vaya caos!, exclamé al escucharla. Y es que todo aquello que ella describía en ese momento no era más que el falso diagnóstico de una abogada irresponsable; de esas que exageran las cosas para crear fallas donde no las hay, vender soluciones que no se necesitan y ganarse un dinero que no merecen.

Luego de revisar los documentos —que, francamente, entendí con dificultad, puesto que solo me he dedicado al área del derecho tributario—, comprendí que el problema no era mayor. Sin embargo, debía ser analizado por un especialista en derecho civil. Fue entonces cuando contactamos a un abogado asociado de la firma en la que trabajo.

Pactamos la reunión, se preparó la documentación y esperamos el gran día.

—Están abajo —exclamó su hijo, mi amigo.

—Bajo de inmediato —respondí.

Cuando llegué al hall del edificio, me encontré con dos señoras. Ya no era solo Teresa, sino también su hermana, quien, debido a su preparación en finanzas, había elaborado un cuadro profesional de todos los activos y las demás situaciones que tenían. Debo admitir que aquello hizo que la historia quedara mucho más clara.

El abogado no llegaba, por lo que era el momento ideal para conversar. Hablamos de la familia, de los «problemas» que tenían y de la vida en el extranjero de su hermana, a quien en aquel momento recién tenía el gusto de conocer. ¡Qué señora tan distinguida!

Llegó el abogado y, luego de intercambiar saludos, pasamos a la sala de reuniones. Allí, las hermanas describieron todo lo sucedido: nos hablaron de patrimonio, impuestos y herencias. Había un detalle: al escuchar con mayor precisión los datos y revisar los apuntes, tanto el abogado como yo nos preguntábamos: «¿Y dónde está el problema?». Sin embargo, dejamos que las hermanas continuaran con su explicación. Quizás, en algún momento, aparecería uno de los «tantos inconvenientes legales».

La explicación terminó y la sorpresa fue la siguiente: no había ningún problema legal. Solo debían realizar una declaración patrimonial, algo que para los abogados tributarios no es más que un mero trámite administrativo; es decir, parte de la propia cotidianidad.

Pero tampoco podíamos ser tan directos. Les preguntamos a las hermanas qué les habían dicho y nos respondieron que los terrenos debían regularizarse, que la herencia no se había perfeccionado, que los impuestos no estaban en orden y que, para variar, había que iniciar un juicio por unos asuntos que, para sorpresa de nadie, no existían.

En ese momento fue cuando intervenimos. Yo, un joven estudiante de último ciclo, y, a mi lado, un abogado posicionado a quien recién conocía, compartíamos algo: la certeza de que no había ningún problema, salvo la viveza de aquella abogada, una de esas personas que no deberían tener licencia para ejercer.

Expusimos las razones por las que todo estaba bien y comenzamos a notar algo que iba creciendo: el alivio y la paz, que poco a poco se convirtieron en felicidad.

Terminó la reunión y las acompañé abajo. Les expliqué, en términos más sencillos, lo que había sucedido. Y fue ahí cuando pasó: las hermanas se fundieron en un abrazo y una de ellas, con voz temblorosa, le dijo a la otra:

—Te dije que todo iba a estar bien.

Se notaba una felicidad sencilla y honesta. Luego, ya con voz alegre, me dijeron:

—Muchas gracias por su asesoría. Nos ha librado de un problema.

A lo que respondí que no había hecho más que decirles la verdad.

Queridos lectores, casos como este ocurren todos los días. Y es que no todo puede ser política, economía o pesares; también debe haber humanismo y conciencia. Las profesiones no pueden seguir siendo mancilladas por aquellos que, con ojos de comerciante, ven la desgracia ajena. Estos momentos de felicidad del prójimo, provocados por algo tan sencillo, son los que uno guarda para decir que valió la pena.

Y es que sí: las horas sin dormir, los exámenes, los deberes, las exposiciones, las pasantías mal pagadas, los primeros trabajos —que a veces son humillantes—, el ascenso discreto y, en ocasiones, las malas decisiones tomadas pensando que se crecerá profesionalmente cuando, en realidad, se va a la baja —situaciones que viven muchos estudiantes de Derecho— quedan reducidos a nada frente a la felicidad y la satisfacción que produce ver el alivio y la alegría en los ojos de personas que no estaban siendo víctimas de sus propios errores, sino de aquellos que no deberían ejercer una profesión que busca la justicia.

Mi sueño de ser escritor encontró calma cuando vi aquello y, dentro de mi mente, solo pude exclamar, con voz cauta y sigilosa: «Para esto estudié Derecho».

Porque el amor por una carrera no siempre nace al inicio. A veces puede llegar al final, y no necesariamente por un caso ante un tribunal, sino por una asesoría sincera y real.

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