Esteban Ponce Tarré
Quito, Ecuador
En 1692, los juicios de las brujas de Salem sentaron las bases del gótico estadounidense: un horror desencadenado no por castillos ni vampiros europeos, sino por la paranoia comunitaria, la culpa reprimida y el aislamiento rural. Así, la teología puritana transformó la rigidez moral y el miedo al bosque en historias donde el mal no viene de afuera, sino que habita en el corazón de la propia comunidad.
Tanto la literatura de Stephen King como Twin Peaks —la icónica serie de televisión de los años noventa dirigida por David Lynch— se alimentan de estas mismas premisas: pequeños pueblos de la América profunda que albergan fuerzas malignas capaces de desatar el caos. En las tramas ideadas por estos autores, la obsesión por la pureza genera, paradójicamente, una fascinación irresistible por la aberración.

Widow’s Bay, la exitosa serie creada por Katie Dippold, revitaliza magistralmente este modelo al oscilar entre el género de la comedia y el terror. A lo largo de sus diez episodios, la producción rejuvenece el espíritu del gótico norteamericano mediante una trama sumamente dinámica e impredecible que sostiene la intriga y el interés del espectador hasta el final.
