Guayaquil, Ecuador
El historiador y senador romano Tácito (56 d. C.- 120d. C.) en su obra Anales, utiliza la expresión latina, sine ira et studio, que puede traducirse como “sin ira y sin parcialidad”. En un sentido interpretativo, puede entenderse por “sin odio pero sin amor”: analizar las situaciones sin dejarse llevar por la simpatías, antipatías o resentimientos hacia quienes intervienen en ellos.
Las obras de Tácito contienen interesantes reflexiones sobre el poder, la naturaleza humana, las instituciones y la forma en que el miedo influye en el comportamiento político. Su planteamiento conserva vigencia para analizar los problemas públicos, porque obliga a separar los hechos de nuestras preferencias.
En este sentido, en Ecuador persiste una tendencia recurrente a analizar y resolver los problemas del país a partir de afectos y desafectos. La subjetividad termina prevaleciendo sobre el análisis de causas, consecuencias y resultados de las decisiones. Esto impide encontrar soluciones racionales con una visión de largo plazo. Esta forma de interpretar la realidad tiende a transmitirse de generación en generación.
Por ello, el principio de sine ira et studio tiene una aplicación práctica: separar el diagnóstico de las inclinaciones personales y de los intereses propios.
En la economía, por ejemplo, con frecuencia se priorizan los sesgos ideológicos en lugar de examinar las causas y efectos. El análisis político también se ha convertido en acusación cuando discrepamos y en justificación cuando simpatizamos.
Esta lógica, está presente en la política agropecuaria. Es un error idealizar a determinados grupos al diseñar políticas públicas bajo el supuesto de que los exportadores y agrondustriales, por tener una mayor concentración de mercado, son los “malos de la película”, mientras que los productores, por ser más vulnerables y encontrarse en mercados donde prevalece un esquema de competencia perfecta, son los “buenos”. La realidad económica es más compleja: todos los actores buscan satisfacer sus propios intereses y responden a los incentivos que enfrentan.
Por tanto, el objetivo de la política pública no debería ser favorecer o condenar de antemano a un determinado actor de la cadena, sino crear condiciones que contribuyan a elevar la productividad y competitividad del conjunto de la cadena agroproductiva, sin desconocer las diferencias de poder, capacidades y condiciones entre sus integrantes.
Asimismo, resulta cuestionable la perspectiva que estaría aplicando el Gobierno actual al trasladar el Principio de Pareto 80/20 —la idea de que una proporción reducida de actores genera la mayor proporción de los resultados— a las decisiones sobre el sector agropecuario. Una estrategia sectorial no puede ignorar la realidad económica y social de las familias de pequeños agricultores simplemente porque constituyen unidades de menor escala o generan un porcentaje menor del valor producido.

La máxima de Tácito encierra una postura de gran importancia: la objetividad no significa ausencia de valores. Implica, más bien, evitar que nuestros valores, preferencias o intereses sustituyan el análisis de los hechos, sus determinantes e implicaciones. Sine ira et studio: “sin ira y sin parcialidad.”
