Karl Deisseroth recibió la noticia más importante de su carrera y después hizo lo de todas las mañanas: preparó los sándwiches para sus hijos. Ese día fueron seis. Cuatro eran para Hudson, con aderezo ranch, queso cheddar, salami y pavo. Dos eran para Sophie. Los de Emma llevaban mantequilla de almendra, miel y canela, y tenían que ir en pan de pasas, según contó Stanford Medicine.
Horas antes, la Asamblea Nobel del Instituto Karolinska le había otorgado el Premio Nobel de Medicina 2026. Lo comparte con los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel, «por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por luz y la optogenética», según el comunicado oficial.
Su hijo mayor, Alexander, de 18 años y estudiante de primer año en Stanford, vio a las 7 de la mañana un mensaje de su madre: «¡Tenemos noticias!». Llamó y su padre le dijo: «Recibí una llamada de Estocolmo». El joven fue en bicicleta a la casa, a cinco minutos. «Todos sabíamos que se lo merecía desde hace tiempo», dijo. Sophie, de 10 años, se despertó con el alboroto y exclamó: «¡Papá, ganaste todos los premios!».
Deisseroth nació en Boston el 18 de noviembre de 1971. Su padre era oncólogo y su madre, química. Ella lo recuerda como un niño curioso por todo, desde las hormigas hasta las olas, y con una «asombrosa capacidad de concentración». Se graduó con honores en Harvard en 1992. Luego obtuvo en Stanford un doctorado en neurociencia (1998) y el título de médico (2000). Su «primer amor fue la escritura» y quería ser neurocirujano.
Cambió de idea durante su rotación en psiquiatría, por los pacientes que vivían en una realidad distinta.
Curar la depresión
Como joven psiquiatra, le frustraban las pocas herramientas que había para tratar la depresión severa o la esquizofrenia. Por eso se fijó en el trabajo de Hegemann y Nagel con proteínas de algas microscópicas sensibles a la luz. Le pidió muestras de ADN a Nagel e introdujo el gen en neuronas de rata.
En 2005 demostró que un destello de luz azul podía activarlas a voluntad: así nació formalmente la optogenética. En 2007, su equipo logró que un ratón moviera los bigotes y despertó a ratones dormidos estimulando grupos precisos de neuronas.
Hoy, a los 54 años, es profesor de bioingeniería y psiquiatría en Stanford e investigador del Instituto Médico Howard Hughes. Está casado con la neurooncóloga pediátrica Michelle Monje-Deisseroth y tiene cinco hijos. «Sé que soy parcial, pero él ha transformado la neurociencia», dijo ella. Su hijo Hudson lo describe como «implacable» y alguien que «tiene más horas despierto que la mayoría».
¿Cómo piensa celebrar? Volviendo al laboratorio. «Todavía tenemos muchas cosas por descubrir y mucha gente a la que ayudar».

