Francis Halzen tiene 82 años, y la llamada que le cambió la vida le llegó lejos de casa. Estaba en Italia cuando habló por teléfono con el Comité Nobel y le dijeron que había ganado el Premio Nobel de Física 2026. La conversación se transmitió en vivo en la rueda de prensa de Estocolmo. «Fue una gran sorpresa y, obviamente, no lo esperaba», dijo, según PBS/AP. Después hizo reír a los presentes: «Estoy trabajando en una propuesta y espero que este premio ayude a que la aprueben».
Su historia empezó entre bombas. Nació en Tienen en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Cuando su madre iba a la clínica para dar a luz, tuvo que meterse en una zanja mientras caían bombas alemanas. Su padre tenía una empresa de construcción y huyó a los Pirineos porque no quería trabajar para los nazis. Después de la guerra, la familia llevó una vida «tranquila y aislada» en Tienen.
De niño, Francis no soñaba con la física. «Como todos los niños de Bélgica, quería ganar el Tour de Francia», recuerda.
Halzen cuida tanto su vida privada que «ni siquiera revela si tiene familia».
Estudió la secundaria en el Koninklijk Atheneum de Tienen. Gui Nijs, que fue su compañero de colegio, dice que ya entonces «tenía fama de ser muy inteligente y tranquilo. Y también resultó ser un buen jugador de cartas».
Telescopio de hielo
Sus amigos lo describen como modesto y reservado. Hay un detalle curioso: el hombre que imaginó IceCube nunca ha ido al Polo Sur. «Bromeábamos con que solo iríamos cuando abrieran un restaurante francés», cuenta su colega Nick Van Eijndhoven. Al recibir la noticia, Halzen pensó primero en su equipo: «Por estas fechas siempre me sentía mal por no haber ganado el Nobel. Me daba pena por mis colaboradores. Ese problema por fin está resuelto».
Nació el 23 de marzo de 1944 en Tienen, un pueblo del Brabante flamenco, en Bélgica. Estudió matemáticas y física en la KU Leuven. Obtuvo la maestría en 1966 y el doctorado en 1969, con una tesis sobre las simetrías rotas de los hadrones. Trabajó dos años en el CERN. En 1972 se mudó a Estados Unidos para dar clases de física en la Universidad de Wisconsin-Madison, donde sigue hasta hoy.
Su gran idea parecía imposible. En 1988 propuso usar el hielo del Polo Sur para atrapar neutrinos, a los que se conoce como «partículas fantasma» porque atraviesan casi todo sin dejar huella. Primero probó con AMANDA, un telescopio de neutrinos de primera generación.
Luego vino IceCube, un observatorio a escala kilométrica en el Polo Sur, al que ha dedicado buena parte de su vida. IceCube es un kilómetro cúbico de hielo lleno de sensores de luz. Funciona desde 2010 y es el detector de neutrinos más grande del mundo. Halzen es su investigador principal.
Neutrinos
Gracias a IceCube se detectaron los primeros neutrinos de alta energía llegados de otras galaxias, y así nació una nueva forma de hacer astronomía. La Real Academia Sueca de Ciencias lo premió «por sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y el descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico». Es el único ganador de este año, así que no tendrá que repartir los 12 millones de coronas suecas del premio, unos 1,1 millones de dólares.
Casi cuatro décadas después de imaginar su detector bajo el hielo, el físico de Tienen recibe el reconocimiento más alto de la ciencia. Y todavía tiene propuestas por presentar.

