Christina Hammock Koch (Grand Rapids, Michigan, 29 de enero de 1979) tiene 47 años y una biografía que parece de película. Desde el parvulario decía que quería ser astronauta. Creció en Jacksonville, Carolina del Norte, pasaba los veranos en la granja de sus abuelos en Michigan y pegaba en la pared de su habitación recortes de National Geographic con la Antártida y el espacio. Estudió Ingeniería Eléctrica y Física en la Universidad Estatal de Carolina del Norte (y un máster en Ingeniería), porque “trastear y aprender cómo funcionan las cosas” era su pasión.
Trabajó como ingeniera en el Centro Goddard de la NASA, pero dejó un empleo estable para pasar inviernos enteros en la Antártida (estación Amundsen-Scott del Polo Sur, con equipos de rescate y bomberos) y en otros lugares extremos. Allí, en Samoa Americana, mientras dirigía un observatorio de la NOAA, conoció a su marido, el ingeniero geoespacial Robert “Bob” Koch. En 2013 la seleccionaron, una de ocho, en la primera promoción de astronautas de la NASA con paridad de género. La llamada de madrugada la pilló tan convencida de que era un no que casi empezó a dar las gracias antes de que le dijeran que sí.
En 2019-2020 pasó 328 días seguidos en la Estación Espacial Internacional: récord femenino. El 18 de octubre de 2019, junto a Jessica Meir, realizó la primera caminata espacial exclusivamente de mujeres (y otras dos más en la misma misión). En abril de 2026, a bordo de la Orion en la misión Artemis II (con Reid Wiseman, Victor Glover y Jeremy Hansen), se convirtió en la primera mujer en rodear la Luna y en adentrarse en el espacio profundo, más allá del campo magnético terrestre. La tripulación batió el récord de distancia recorrida por humanos: 406.771 kilómetros. Su frase más repetida: “Planeta Tierra, sois un equipo”.
El jurado del Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2026 (que recogerá el 23 de octubre en el Teatro Campoamor de Oviedo, ante los Reyes y la Princesa Leonor) ha destacado precisamente eso: su esfuerzo de superación personal, apoyado en el trabajo colectivo, ha contribuido a extender las fronteras de la humanidad. Es inspiración, sobre todo para las mujeres. Llegó a Oviedo el lunes 19 acompañada de Bob y saludó, entre otros, a un niño de ocho años que soñaba con ser astronauta y llevaba un casco de juguete.
En las ruedas de prensa de estos días ha hablado del miedo (“me indica que el desafío merece la pena”), de la belleza de la Tierra vista desde tan lejos y de la responsabilidad de cuidarla. “Espero que la gente vea que son sus decisiones las que hacen que la Tierra sea así”. A partir del 1 de noviembre deja los vuelos activos para ser subdirectora interina de Ingeniería de la NASA. La niña que quería explorar fronteras sigue haciéndolo, ahora desde tierra, con el mismo mensaje de cooperación.
