
Rochester, Estados Unidos
Ya que estamos ad-portas de la próxima elección presidencial, les presento este pequeño ayuda memoria para que recuerden cuál es la situación y al menos se hagan una idea de ciertos requisitos básicos.
Ante todo, tengamos claro que para ser Presidente del Ecuador es indispensable lograr a un Frankenstein que posea la oratoria de Jaime Roldós, la cintura de Alarcón, la pasividad de Sixto, la cara dura de Correa, la impavidez de Lasso, la desorientación de Borja y la ingenuidad de Lucio.
Eso le ayudará a sobrevivir por un tiempo en un estanque lleno de pirañas.
A continuación, reseño a algunos grandes presidentes de la historia reciente, aunque poco significan para un público que trastrocó los valores hace muchos años.
Es que a pesar de la habilidad de C. Ponce, la sabiduría de J.M. Velasco, la cultura de C. Julio Arosemena, la valentía de Jamil, la decisión de Febres Cordero y la visión de Hurtado, lo que queda es la insatisfacción y la crítica de los sabelotodo frente a cualquier logro.
La herencia es una crítica implacable y destructiva.
Porque ninguno sirve para esos tiranos de boca suelta, para algunos historiadores de a luca, que están dispuestos a tergiversarlo todo con tal de beneficiar a sus movimientos políticos.
Y eso que los mencionados fueron verdaderos estadistas. Autores de decisiones importantes y vigentes luego de muchos años. Aunque sucumbieron al síndrome del endiosamiento, que impide a los electores ver más allá de nombres, circunstancias e intereses, fueron hombres de bien, con un sentido de patria del que hoy el Ecuador carece.
Omito por decencia los nombres de algunos interinos, que pasaron con más pena que gloria por el solio presidencial.
Y es que la verdad sea dicha, la historia nos dice que los cambios trascendentes se dieron en las dictaduras militares, que para bien o mal aportaron estabilidad y rumbo a una República pueril, voluble y manipulable.
El regreso a la democracia nos aportó una Constituyente novelera, responsable de errores históricos como la unicameralidad, la ley de partidos, el financiamiento estatal para los avivados, seguidos pocos años después por el voto legislativo en la primera vuelta, las autonomías, los consejos «ciudadanos“, etc.
El argumento primigenio fue la democracia, la agilidad y el cambio, pero en la práctica se convirtió en el trampolín para el embate caudillista, que encontró rápidamente la forma de torpedear una constitución débil y maleable.
En pocos meses, volveremos a las urnas bajo las mismas reglas mañosas, diseñadas por un totalitario para entrampar todo intento de cambiar el rumbo del país sin su autorización. No tenemos al Frankenstein a la mano. Noboa es apenas un aprendiz en estas lides. Su tiempo ha sido muy corto, y como todo aprendiz, ha tenido aciertos y errores.
Pero, como dicen los millenials, es lo que hay. Veremos cuál es la alternativa.
Hasta hoy, no se la percibe.
Lo que sí debe quedar claro es que no hay receta mágica, no hay líder todopoderoso, no existe un espacio para lograr cambios si seguimos apuntando al vacío.
Gobernar es muy difícil y sacrificado.
Requiere tiempo y acuerdos antes que odios y antipatías. Mientras los electores no estemos a la altura de las circunstancias que exige el País, seguiremos apostando al milagro para luego lamentar su ausencia.
Es indispensable la paciencia, el trabajo, la tolerancia y la capacidad de cambiar para poder avanzar.
Identifiquemos a quienes pueden lograrlo antes que anclarnos a un pasado de subsidios, pillerías y abusos.
Eso nos ha hundido en el providencialismo y la miseria.
Mirar hacia el futuro con un afán de progreso es ya un adelanto.
No lo desperdiciemos.
