No comemos cemento

Daniel Mayorga

Guayaquil, Ecuador

Hace poco más de un año, mientras conversábamos con los dueños de pequeños negocios en Santa Cruz, Galápagos, una señora, sentada tras en el mostrador de una tienda casi vacía, nos miró con frustración y resignación, y dijo: “No comemos cemento.”

La frase, corta y demoledora, sintetiza el drama cotidiano de quienes habitan las islas Galápagos. En un entorno tan especial y frágil como el archipiélago, donde el Estado tiene una fuerte presencia y la regulación busca proteger el ecosistema único del lugar, las personas que viven allí enfrentan una paradoja dolorosa: están rodeadas de restricciones que limitan su desarrollo económico, pero al mismo tiempo carecen de servicios e infraestructura básica. Y peor aún, cuando logran sortear todos los obstáculos para emprender o comerciar, se enfrentan a un sistema de incentivos perversos que encarece lo que deberían ser sus necesidades más elementales.

Uno de los ejemplos más visibles de esta distorsión se encuentra en el sistema de tarifas de transporte marítimo que regula el traslado de mercancías entre el continente y las islas. En lugar de aplicar tarifas estandarizadas según peso o volumen —como sería lo lógico en cualquier sistema de transporte eficiente— se utilizan tarifas diferenciadas por tipo de producto, supuestamente para incentivar la llegada de bienes prioritarios.

Pero el efecto ha sido exactamente el contrario: hoy es más rentable transportar cervezas o materiales de construcción que alimentos básicos. Una política pensada para proteger a la población ha terminado por encarecer lo esencial y fomentar el traslado de lo prescindible.

Esta situación se agrava con la falta de infraestructura crítica y las múltiples trabas a la inversión en el archipiélago. La combinación de burocracia, permisos restrictivos, inseguridad jurídica ha llevado a que muchos potenciales emprendedores desistan de invertir en las islas, y a que los pocos que lo hacen deban enfrentar un viacrucis para sobrevivir.

Galápagos vive así una contradicción permanente: es una reserva natural de valor incalculable, declarada Patrimonio Natural de la Humanidad, con una economía que depende en buena parte del turismo, pero que no logra resolver problemas básicos de oferta y abastecimiento.

En vez de promover modelos innovadores de desarrollo sostenible, con reglas claras, apertura a la inversión responsable y soluciones locales a los problemas de acción colectiva, lo que se ha impuesto es un modelo restrictivo que intenta congelar las islas en el tiempo. Como si la conservación fuera incompatible con la prosperidad.

Es por eso desde el Instituto Ecuatoriano de Economía Política (IEEP) hemos impulsado la Iniciativa Galápagos Libre, un esfuerzo por proponer ideas que integren los principios del libre mercado con soluciones concretas para los desafíos sociales, económicos y ambientales de las islas.

La Iniciativa Galápagos Libre nace con una convicción clara: la conservación no debe ser un obstáculo para el desarrollo humano, sino una oportunidad para innovar en la forma en que producimos, comerciamos y convivimos.

Desde el IEEP creemos que es posible —y necesario— construir un modelo de desarrollo para Galápagos que:

  • respete y valore su biodiversidad única,
  • empodere a las comunidades locales,
  • abra espacio a la inversión y al emprendimiento,
  • y promueva reglas del juego claras, estables y justas.

Durante el último año, hemos trabajado en la Iniciativa Galápagos Libre desde tres frentes complementarios. En primer lugar, desde la investigación, elaborando diagnósticos técnicos sobre el marco legal vigente, los impactos de las restricciones actuales y las oportunidades para una reforma que favorezca tanto a las personas como al entorno. En segundo lugar, a través del levantamiento de datos en territorio y la publicación de un primer informe titulado Galápagos: Una crisis en evolución, donde exponemos con evidencia los principales cuellos de botella que enfrentan las islas. 

Y finalmente, desde la formulación de propuestas de política pública, en las que estamos trabajando para construir una hoja de ruta que identifique reformas prioritarias para mejorar el sistema de transporte, la gestión del territorio, la seguridad jurídica, el acceso a alimentos, la diversificación productiva y la participación ciudadana.

Estuvimos en Galápagos

La semana pasada, un equipo del IEEP visitó nuevamente las islas, recorriendo San Cristóbal y Santa Cruz para continuar con el trabajo en territorio. Además del diagnóstico técnico, estamos convencidos de que no puede haber política pública seria sin una construcción participativa con sus verdaderos protagonistas.

Por eso, durante varios días, nos reunimos con emprendedores, comerciantes y residentes, conversamos con líderes comunitarios, llevamos a cabo talleres y capacitaciones abiertas a la comunidad y, sobre todo, escuchamos con atención los testimonios de quienes viven en carne propia las consecuencias de un sistema con serias deficiencias.

En el marco de estas actividades, realizamos también sesiones de formación ciudadana, en las que capacitamos a jóvenes, trabajadores y emprendedores en temas como comercio, economía de mercado, acción colectiva y soluciones institucionales. Porque creemos firmemente que solo con una ciudadanía activa, formada e informada podremos construir reformas que perduren en el tiempo y respondan a las verdaderas necesidades de la gente.

Hacia una nueva narrativa para Galápagos

“No comemos cemento” no es solo una crítica al sistema de tarifas o al exceso de regulaciones. Es una demanda urgente por un cambio de mentalidad. Porque durante demasiado tiempo, las decisiones sobre Galápagos se han tomado desde despachos alejados de la realidad insular, bajo una lógica centralizadora que trata a las islas como un museo, no como un lugar donde viven más de 30 mil personas con necesidades realez.

La Iniciativa Galápagos Libre busca construir una narrativa alternativa, que entienda que la conservación no es incompatible con el desarrollo, que escuche a la comunidad local, que respete sus aspiraciones, su autonomía y que valore el rol de la economía de mercado y la innovación como aliados de la sostenibilidad.

Porque si queremos que Galápagos siga siendo un paraíso, debemos empezar por darle más libertad a su gente. Y eso solo será posible si cambiamos las reglas, los incentivos y las ideas que guían las decisiones públicas. No es fácil, pero es urgente.

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