Y conmigo comienza la historia

La Creación de Adán, Miguel Ángel, Capilla Sixtina.

Joselo Andrade

Guayaquil, Ecuador

Probablemente una de las taras más recurrentes de la historia humana, es la reiterada creencia por parte de algunos líderes, de sostener que con ellos empieza la historia. Una suerte de adanismo mesiánico que supone, que a partir de su aparición, queda atrás todo lo malo, y por oposición, empieza todo lo bueno. ¿Les suena? A mí también.

El problema de esta creencia cargada de narcisismo y arrogancia desmedida, son los supuestos sobre los que descansa. Numeremos algunos de ellos.

La noción de que es posible construir y diseñar la sociedad a voluntad. Parte del supuesto de que basta con decisión política para empezar los cambios durante años o décadas postergados, de que enhorabuena llegó quien tenía la determinación de llevarlos adelante. Y además por sobre todo, de que se opera sobre un tablero de ajedrez en el que las piezas no tienen opinión, son perfectamente direccionables, y para remate, se conoce los pasos a seguir en el tablero de manera tal que se termina ganando el juego.

El error, desde luego, es no reconocer que las sociedades son un orden complejo (espontáneo), no moldeable y resultado de la interacción, no del diseño, ni la intencionalidad de quien gobierna. Qué pena por ahí no va la cosa.

No conoce ni reconoce tampoco el valor de las instituciones preexistentes. Empecemos por mencionar que por instituciones, entenderemos aquellas que se fueron formando a lo largo de un proceso dilatado del tiempo y de forma descentralizada, de la misma manera que lo hicieron el lenguaje, el derecho, la familia, el dinero, e incluso llegar a darnos la mano con la mano derecha. Ninguna de las anteriores, al igual que en el párrafo anterior suponen diseño, o construcción. Son resultado.

Sin embargo, he aquí su importancia, nos permiten coordinar la actividad humana, nos permiten cooperar. Resuelven problemas a un cierto nivel que es inaprehensible u observable. Las instituciones de las que hablo están ahí, jugando un rol similar al del software de nuestro ordenador, que aún sin comprenderlo, nos permite trabajar. Sabemos que funciona, aunque no entendamos como.

El problema del adanismo en este caso supone que basta con sustituir lo preexistente, diseño desde arriba, para empezar un futuro luminoso plagado de buenos augurios, pues el nuevo líder tan inteligente como iluminado, sabe lo que hace, y su conocimiento y buena voluntad son superiores a ese cúmulo de información y mecanismos de cooperación, contenidas en las instituciones en mención. Nuestro Adán es una suerte de déspota ilustrado y en ocasiones, no siempre, bien intencionado, que ha llegado a nuestras tierras cargado de un conocimiento superior, a la experiencia humana y sus tradiciones.

El adanismo es por definición divisor. Previo a su llegada, todo era malo, erróneo, y mal intencionado. Hay que borrar todo rastro de acciones precedentes. En el nuevo Edén, conviven “ellos y nosotros”, desde luego, el nobilísimo Adán nos representa, él es el pueblo, y el pueblo es él. No podía ser de otra manera, de suerte tal que las batallas que enfrenta, las realiza en nuestro nombre. ¡Vaya ironía!

A partir de ahí, el resto es historia. Perdón, la historia se repite. El complejo de Adán solo trae atraso y decepciona de la misma manera que todos los adanes de la historia lo han hecho una y otra vez.

Seguimos conversando.

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