
Guayaquil, Ecuador
El miércoles de la semana pasada, mientras regresaba por la calle que va desde el Mall del Sol y desemboca por un paso a desnivel en la Avenida de la Américas, en el norte de Guayaquil, muy cerca del aeropuerto, advertí con estupor que el cerrito de piedra que estaba ubicado a mano izquierda del puente, había desaparecido y en su lugar solo quedaba un montón de escombros.
El hecho me sorprendió. No sé por qué había pensado que ese pequeño montículo, que me parecía que tenía cierta belleza rústica en medio de una sucesión de nuevos edificios con pretensión de elegantes, siempre estaría ahí.
Tampoco sé por qué recordé el primer párrafo de El Aleph (ese magnífico cuento de Jorge Luis Borges) en el que narrra que la candente mañana de febrero en que la amada Beatriz Viterbo murió, notó que en las carteleras de fierro de la Plaza Constitución, en Buenos Aires, habían cambiado ya no sé qué aviso de cigarrillos rubios.
Entonces comprendió que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. “Cambiará el universo. Pero yo no”, pensó con soberbia.
Recordé también una mañana de hace algunas décadas en que mi mujer y yo caminábamos, como turistas, en Nueva York. Sin darnos cuenta, habíamos llegado caminando hasta debajo de las torres gemelas del World Trade Center (lo que luego del ataque se conocería como la Zona Cero), y la animé a subir hasta el último piso, donde había una cafetería que se llamaba “Windows on the World”, con un teléfono público, desde donde, muchos años antes, cuando ella y yo éramos enamorados, la había llamado a Guayaquil varias veces.
María Rosa no quiso subir porque estaba cansada. Argumenté que nos quedaban pocos días en Nueva York y que no regresaríamos ya a esa zona. “Mi amor, el World Trade Center estará aquí para siempre”, me dijo ella. “Regresamos en otro viaje”.
La verdad es que casi nada dura para siempre. La mayoría de las cosas son efímeras. Lo descubrió el Principito (el personaje de la magnífica novelita de Antoine de Saint Exupery) cuando en su periplo por una serie de planetas conoció uno en el que habitaba un geógrafo. La profesión de ese hombre era la de registrar en un gran libro las particularidades de los planetas de cuya existencia se enteraba. Y preguntó al Principito cómo era el suyo.
“Tengo tres volcanes. Dos volcanes en actividad y uno apagado. También tengo una rosa”, dijo el Principito.
“No registramos las flores. Porque son efímeras”, explicó el Geógrafo. “O sea que están amenazadas por una próxima desaparición”.
El Principito, que amaba a su rosa, se conmocionó. Su flor era efímera. Como el World Trade Center. Como el aviso de cigarrillos rubios de la Plaza Constitución en Buenos Aires. Como el cerrito de roca pura que existía hasta la semana pasada a un par de cuadras del Mall del Sol.
Y sin embargo lo efímero tiene la belleza de aquello que sabemos que puede acabar.

Es verdad que no siempre lo sabemos, aunque sea tan evidente. A veces creemos, contra toda evidencia, que las cosas durarán para siempre. Pero hasta el amor acaba. Termina el poder. Caen los poderosos. Los que ayer mandaron, están prófugos hoy. Y los que hoy mandan, debieran verse en ese espejo. O mirar lo que queda del cerrito de roca pura junto al paso a desnivel de la Avenida de las Américas. Hoy reducido a escombros.