Strangers Things y el espejismo de la nostalgia

Fotograma de la quinta temporada de Strangers Things con cuatro de sus protagonistas.

“La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”.

Gabriel García Márquez, 1967.

Esteban Ponce Tarré

Quito, Ecuador

La nostalgia tiende a idealizar el pasado, eliminando los recuerdos negativos y resaltando los positivos. Este sentimiento generalmente surge en los seres humanos desde las imágenes borrosas de un tiempo pretérito al cual el hombre se acercaba con pocos testimonios: un par de fotos de una cámara Polaroid, los apuntes impresos a mano en un diario personal o en unos cuadernos envejecidos.

Así, las fiestas de diciembre y los fines e inicios de año han sido el tiempo ideal para este tipo de emociones.

No sorprende entonces que el último capítulo de la serie Stranger Things se haya estrenado el pasado 31 de diciembre. En medio de las festividades, que en realidad celebran el solsticio de invierno y el renacimiento del sol, Netflix utilizó el marketing de la nostalgia como estrategia para impulsar un show que ha sido su producto estrella durante casi una década.

Un puente generacional

En 2016, al inicio de la serie, Steve Harrington (uno de los personajes principales interpretado por Joe Keery) contaba con 17 años, mientras que al final de todas las temporadas rondaba los 21. Este rango de edad era fácilmente proyectable a una audiencia de milenials seducidos por los 80.

De igual manera, los niños pertenecientes a la Generación Z también tendrían su icono en Eleven (interpretada por Millie Bobby Brown), una protagonista que en ese entonces tenía 12 años y cerró su paso por la serie con 16.

Tanto los milenials como los jóvenes de la Generación Z han mostrado de esta manera una fascinación especial por las creaciones culturales de las décadas de los 80 y 90. Para el filósofo polaco-británico Zygmunt Bauman, ganador del Premio Príncipe de Asturias de Humanidades en 2010, estas conductas melancólicas forman parte de algo que él llamó «retropía»: la nostalgia por un pasado que no siempre fue mejor.

Y es que, en un mundo caracterizado por la pérdida de referentes de todo tipo, la búsqueda de respuestas en la idealización del pasado se ha convertido en la norma. Como explica el pensador, la retropía surge como el reverso de la utopía, ya que en el ser humano cada vez existe menos confianza en el futuro. La creciente desigualdad, la crisis de las instituciones y la fluidez del presente han hecho que la juventud busque un refugio en el pasado para conseguir anclar su vida.

Únicamente dentro de esta visión se explica que jóvenes que no vivieron en la época en la cual crecieron sus padres, sientan nostalgia de la misma. De ahí que este fenómeno, que refleja una clara búsqueda de identidad, haya sido aprovechado por las campañas de marketing y las tácticas de consumo masivo de las grandes cadenas globales para construir productos audiovisuales que no necesariamente cuentan con una gran calidad técnica y artística.

Collage de estética ochentera

Stranger Things surgió como una producción hecha de refritos de antiguos programas de los ochenta con estética y música de videoclip mezclada con modas y conductas de ese período. Su argumento se basó en la repetición de relatos similares a E.T. el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), Los Goonies (Richard Donner, 1985), Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), It (Tommy Lee Wallace, 1990), Twin Peaks (David Lynch, 1990-1991) y Super 8 (J.J. Abrams,2011), entre otros.

En esa línea el programa en realidad nunca invirtió en la construcción de una historia sólida e innovadora, sino que, además de narrar un relato repetido hasta la saciedad, apostó más bien a apuntalar los momentos emotivos y melancólicos de aquellas épocas que lograron entusiasmar a las nuevas generaciones.

El último capítulo de la serie ratifica este hecho al mostrar cómo el guionista se acomoda a las expectativas de la audiencia, entregando un final que prioriza la nostalgia y la satisfacción del público, más que la elaboración de una conclusión original o sorprendente. Además, el tiempo dedicado a un epílogo que busca dejar en las audiencias la memoria de sus personajes, sugiere que el objetivo final es sentar las bases para la construcción de relatos relacionados que generen mayores ganancias.

Así pues, Stranger Things es un ejemplo paradigmático del cansancio que impregna nuestras sociedades en la era de la modernidad líquida, donde la ausencia de bases sólidas y la búsqueda de identidad han llevado a los jóvenes a refugiarse en un pasado idealizado.

En este contexto, la obra de los hermanos Duffer es un espejismo que seduce a los milenials y centennials con una nostalgia cuidadosamente diseñada, ofreciendo un sentido de pertenencia en un mundo cada vez más fluido y efímero.

Al final, el programa se revela tan solo como una estrategia de marketing exitosa que, más que narrar una historia, busca crear un anhelo por algo nunca experimentado en carne propia, pero que se vende como memoria colectiva, explotando la vulnerabilidad de unas generaciones que buscan su lugar en un mundo sin certezas.

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