Guayaquil, Ecuador
En 1973 una canción escrita por José Luis Armenteros y Pablo Herrero fue interpretada por el querido cantante Nino Bravo. Esta canción se llamó “América, América” la cual, además de constituir una oda al que mucho después fue llamado “Continente de la Esperanza” por el papa Benedicto XVI, contiene un verso que se identifica mucho con nuestra diversa identidad latinoamericana: “danzas de guerra y paz de un pueblo que aún no ha roto sus cadenas”.
Y es que todos – o al menos, varios – celebramos la captura del dictador de izquierdas Nicolás Maduro (si es que se puede aludir como político o siquiera humano al conjunto de atrocidades que vivió Venezuela), pero al mismo tiempo nos queda una duda agridulce que en los labios del pueblo venezolano debe saber a ansiedad: ¿Y ahora qué? Y es que cuando los soldados van a la guerra, algunos de sus cuerpos regresan, pero sus almas se quedaron en el campo de batalla.
El impacto de la dictadura de Venezuela está lejos de haber terminado porque está aún por ser dimensionado. No en términos técnicos solamente (cifras como cuánto dinero, cuántos crímenes, cuántos muertos) sino en el imaginario colectivo de una sociedad que aprendió la resistencia – irónicamente, una verdadera resistencia – como forma de vida.
La analogía no es solo lírica sino física, es imposible detener un coche con el freno de manos y esperar que algo no se sacuda dentro con los cuerpos oscilando entre la aceleración y el reposo.
Se realizó una intervención militar, un caso extremo, un caso que parecía perdido. Con detractores o no, una decisión valiente y riesgosa del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. ¿Y los que quedan? No solo Diosdado Cabello o los subrepticios líderes del crimen organizado ya internacional, ¿Qué pasa con los militares cuyos rostros quizás nunca sean perdonados por sus víctimas o los familiares de estas? ¿Puede un pueblo volver a confiar en la milicia que un día juró protegerlos? ¿Qué hay del vecino que apoyó al régimen?
Mucha gente canta y grita “Venezuela libre”. No mis estimados lectores, Venezuela aún no es libre, ni política, social o económicamente; no obstante, se dio el primer paso y en medio de las llamas de uno de los desastres humanitarios más grandes de la historia reciente, es una luz de esperanza la cual – grande o pequeña – muchos agradecemos.
A Venezuela le toca ahora un proceso de paz cuyos primeros pininos terminan con la reconstrucción de las ciudades, lo cual seguro tomará su tiempo; posteriormente reparar la confianza será un camino más largo aún.
¿Cómo le enseñas a vivir en paz a niños que se criaron en guerra? Es esa la cuestión que probablemente incentiva y aterra a los venezolanos, porque lamentablemente en medio de la gratitud, siempre hay alguien que no olvida. En palabras de Napoleón Bonaparte, “Al oprimido no le disgustaría ser el opresor” y he ahí la profundidad de la herida venezolana, una herida que atraviesa lo material, lo inmaterial y lo metafísico.
Por favor, no confundan mi carta con negativismo. En mis años estudiando la política, más allá de autodefinirme como de izquierdas o de derechas, siempre me pensé como latinoamericanista porque siento un amor profundo por nuestro pueblo y nuestros vecinos. La crisis humanitaria de Venezuela nos golpeó a todos, desde los más rezagados hasta los más avanzados como Uruguay y Chile.
Entonces, mi intención no es cortar el festejo ni borrar sonrisas de los rostros que al menos por unos días están viendo luz; mi intención es, filosóficamente, proponer la premisa de que “todo pasa” y está en nuestras manos el “cómo pase”, en este caso, en las manos del pueblo venezolano. Venezuela necesitará años para recuperarse – en varios niveles – de un secuestro que duró más de una década.
Deseo con todo mi ser que Venezuela halle ese camino, que no es de vuelta a casa sino hacia un nuevo hogar en su misma tierra, por más complejo que fuese de entender. ¿Qué nos queda como deber a nosotros? Informarse, aprender y comunicar. Deseo también que esta intervención militar sea también un severo recordatorio para toda América Latina de la capacidad de los políticos que se conectan con la izquierda que coyunturalmente vivimos y, más allá de las ideologías, de las consecuencias de la ambición desmedida y el poder sin límites.
Sí estimados lectores, la catástrofe venezolana tiene tintes políticos, unos que ya no podemos ignorar. Agradezco a todos los que llegaron hasta aquí y los incentivo, si son de derecha, a no cometer los mismos errores discursivos, ideológicos y políticos de aquellos que piensan al otro lado del cerco; a realmente aprender que cuando los poderosos se corrompen, no distinguen colores ni banderas.
A aquellos que se consideran de izquierdas, piénsenlo dos veces. ¿Cuba y Venezuela no les parece suficiente? Pues ejemplos hay de sobra en el mundo y la historia. Rectifiquen, reformulen, como he dicho ya, sigan pensándose de izquierda, pero sean conscientes de su historia y tomen la valiente decisión de cambiarla. Porque el sistema político no necesita ser conservador, liberal o socialista, nos necesita a todos, juntos.
Finalmente, hago un llamado a todos a escuchar a Aldous Huxley cuando mencionó que «Quizás la lección más grande que enseña la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia». Aprendamos pues de Venezuela para no solo evitar su trágica historia, sino para vivir tiempos más pacíficos, más enriquecedores y, por supuesto, más libres. La humanidad saldrá adelante con herramientas, con voluntad y claro, con fe.
