Nueva York, Estados Unidos
Luego del exitoso desarrollo de la Operación Resolución Absoluta el 3 de enero del 2026, donde el dictador Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron arrestados y extraídos por fuerzas norteamericanas de su residencia en Caracas para enfrentar la justicia en Estados Unidos, se ha disparado un debate a nivel internacional relacionado con las intenciones por las cuales el presidente Trump ha decidido seguir adelante con un operativo tan inusitado en la región.
Un hecho de esta magnitud no ocurría desde la Operación Causa Justa en Panamá, donde el dictador Manuel Noriega fue arrestado, curiosamente, el 3 de enero de 1990. Muchos, escandalizados, alegan que Maduro es un prisionero de guerra, que Donald Trump solo quiere el petróleo venezolano y que Venezuela no se está quedando sin dictador, sino solo está cambiando de vereda.
Parece inverosímil tener que seguir listando tragedias para dar a entender el daño que ha generado el chavismo desde 1999 en Venezuela. Diseñar cronologías y líneas de tiempo para explicar cómo desde el 2002 la gente ha expresado su descontento en las urnas y en las calles y no ha encontrado nada más que hambre y balas.
Ejecuciones, represión, cárceles, torturas, fraudes, corrupción, miseria, hambruna, todo documentado exhaustivamente, para que las mismas organizaciones y líderes del mundo que citan el derecho internacional para pedir la liberación de Maduro, se cruzaran de brazos y convirtieran el sufrimiento de todo un país en un juego macabro de compartir estadísticas atroces, pero nunca señalar culpables, solo dolientes.
La identidad del joven venezolano está arraigada en el dolor, porque no conocemos nada más.
Esa solidaridad automática tan patética, que nace única y exclusivamente de que Maduro y el chavismo se identifiquen de izquierda. Venezuela bajo el chavismo es, por goleada, el país más socialmente conservador de la región. No hay aborto, no hay matrimonio igualitario, la marihuana está penalizada, no existe educación sexual. Sus programas alimenticios dan comida con gorgojos y son meramente transaccionales, ‘el que no apoya no come’. Le bastó a Maduro con apoyar la causa de Palestina para ganarse a la izquierda internacional.
Es más que claro que la legalidad de una operación como esta no existe. Volvemos a debates en cuanto a qué derecho tiene Estados Unidos de ser la policía del mundo. Qué derecho tiene Donald Trump de decir que su equipo va a manejar a Venezuela y necesita acceso completo. Qué derecho tiene de atribuirse el petróleo venezolano como reembolso a los Estados Unidos por todos los daños que el chavismo le ha causado.
Qué derecho tiene de bombardear áreas militares y llevarse al líder, de facto, de un país. La verdadera aclaratoria que hay que hacer es la desconexión total entre todos estos argumentos y las imágenes de venezolanos que, desde cualquier esquina del planeta, incluyéndome, vivimos probablemente el mejor día de nuestras vidas el 03 de enero.
Ahora, en cuanto a los intereses. Son miles. De parte y parte. Los antiimperialistas, como Gustavo Petro, que en verdad es antiyankee, no parecen entender que lamentablemente vivimos en un mundo en donde ningún país funciona por sí solo. No importa qué tan prósperos seamos, dependemos de que China, Rusia o Estados Unidos nos extiendan la mano.
Venezuela lleva 27 años sirviéndole al imperio chino-ruso, con colonias cubanas (por algo murieron 32 soldados cubanos tras los bombardeos en áreas estratégicas durante la captura de Maduro). Para nadie es un secreto lo implicados que están China y Rusia en el sector petrolero y en toda la minería ilegal. Han funcionado como un tanque de oxígeno para el régimen y les han permitido seguir operando y saqueando con total impunidad, hasta ahora.
Antes de eso, y el mismo descontento que llevó a Hugo Chávez a intentar asesinar al presidente Carlos Andrés Pérez en 1992, fue la cercanía con Estados Unidos y los préstamos con términos que se consideraban predatorios del Fondo Monetario Internacional. La historia siempre pone a la gente en su lugar, y parece que el que a hierro mata, a hierro muere.
Lo moral y lo correcto de ver el mundo así puede ser debatido infinitamente; una parte importante del pueblo venezolano, hoy, entre su desesperación y tras 27 años de completa desidia, parece estar dispuesta a subastarle el país a Donald Trump a cambio de vivir en libertad.
Si ese es el precio que pagar, que lo cobre. No existe universo tangible donde el venezolano que pasa navidades en una casa vacía, que ha despedido a decenas de familiares que tuvieron que irse del país, que ha lidiado con la hiperinflación desde el 2014, que pasa entre 8 y 12 horas al día sin agua, gas y luz y parece haberse ganado la lotería cuando tiene las tres, que entierra a familiares y amigos enfermos porque fueron al hospital y no habían insumos, que sale a protestar y recibe balas y gas lacrimógeno y que va a votar y le roban las elecciones, esté pensando en las palabras soberanía y derecho internacional.
Pregúntenle al que come en la basura si le interesa que Estados Unidos se adjudique el petróleo venezolano. Pregúntenles a los presos políticos, o a los venezolanos en el exterior que han visto morir y enterrar a familiares a través de una pantalla.
Sí, a Trump le conviene que Venezuela vuelva a su apogeo de producción, eso debilita a Rusia e Irán que dependen de que el precio del petróleo sea alto y, además, le gana terreno en la región a Canadá, que es quien le quitó la corona a Venezuela como el país del que EEUU importaba más crudo pesado.
Trump hizo campaña diciendo que quería anexar a Canadá como el 51avo estado de los Estados Unidos, y el acuerdo USMCA está próximo a firmarse. Siempre seremos peones y fichas por usar. Ni hablar de las connotaciones ideológicas y los paralelismos con la guerra fría, donde Trump dice evocar la Doctrina Monroe para combatir la presencia de China y Rusia en nuestro hemisferio. Ni hablar del narcotráfico y de cómo Venezuela se ha convertido en la autopista principal de drogas de la región para todos los carteles habidos y por haber.
Pero también somos parte de la conversación de inmigración. Donald Trump piensa que los venezolanos que estamos en Estados Unidos somos violadores y criminales enviados por Nicolás Maduro a desestabilizar y causar terror. Por algo quitó el Estatus de Protección Temporal y tiene en pausa las peticiones de asilo, de las que dependen más de 545.000 personas.
Muchísimos venezolanos celebran las imágenes de Nicolás Maduro y Cilia Flores yendo a la cárcel, pero siguen mil y una preguntas. El espaldarazo de Trump a la “presidenta encargada” de Venezuela, Delcy Rodríguez, y toda la ambigüedad comunicacional alrededor da entrada a pensar que podríamos vivir una etapa de “chavismo light”, donde simplemente cambiamos el nombre y le abrimos los pozos petrolíferos a los gringos. Que esto se dio así porque Venezuela era un monstruo de tres cabezas y ya le quitaron la principal. Diosdado Cabello parece arrinconado, y Delcy Rodríguez negocia a cambio de impunidad.
Trato de encontrar cierta calma en que Marco Rubio utilice la palabra transición. Era obvio que quien debía liderarla tenía que ser un chavista. Estamos hablando de un país con instituciones quebradas. El verdadero desafío será contar con la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, que ha demostrado que vale más lo lucrativo que es salir a la calle uniformado y con la pistola en la cintura a extorsionar a la población, que defender el mandato que asumieron al enlistarse por su país.
Ni pensar en el DGCIM y el SEBIN, organismos de terror desarrollados única y exclusivamente para apresar y asesinar opositores. Espero y aspiro que tales conversaciones transicionales, incluyendo un llamado a elecciones, ya hayan ocurrido y no debamos depender de que Trump vea con brazos cruzados cada acción de Delcy Rodríguez amenazando con volver a entrar.
Se avecinan tiempos de incertidumbre, pero no es nada a lo que no estemos acostumbrados. Venezuela da un paso importante hacia ser libres, y es solo porque Trump decidió actuar unilateralmente al ver que todas las opciones estaban agotadas. Me alegro por mí y por los míos, que parecemos estar próximos a volver a nuestro país y verlo libre. Lo único que me preocupa es la lección más fuerte que nos deja todo esto: a veces hay que acostarse con el diablo.

Amanecerá y veremos. Venezuela será libre
