Guayaquil, Ecuador
En un mundo de lo ideal, los latinoamericanos hubiésemos esperado que se desprenda del discurso de Donald Trump, una transición hacia la democracia y libertad en Venezuela tan limpia como fue la extracción del narco-dictador-socialista Nicolás Maduro de tierra venezolana.
Que se anunciara que, con Nicolás Maduro tras las rejas en Estados Unidos, el destino de Venezuela quedaría mayoritariamente en manos de los propios venezolanos. Que tanto Edmundo González Urrutia (presidente electo democráticamente en Venezuela) como María Corina Machado marcaran el rumbo de la nación caribeña, junto a los venezolanos de bien. Digo «mayoritariamente», porque la complejidad del problema supera la ficción.
Ahora bien, ¿qué pasó y está pasando en el mundo de la realidad? En este escenario, al igual que nos lo enseña la historia, fue (bajo presión claro) la misma vicepresidente (usurpadora también, todo hay que decirlo) quien entra en conversaciones para entregar a Maduro. Lo hizo bajo la lógica de: “si no procedo de esta manera, yo también acabaré conociendo las cárceles norteamericanas”.
Del lado de Putin, este presenta la cara de molesto frente a las cámaras, pero sabe perfectamente que su silencio le suma puntos para salir mejor librado de su problema en Ucrania. Mientras que, en el caso chino, hacen lo propio, entregando incluso la ubicación de Maduro con la condición de que no se perjudiquen sus intereses petroleros. Ambos líderes —aliados, en teoría, de la narco-dictadura-socialista— estaban plenamente informados de lo que iba a suceder. Sencillamente no tenía caso, ni presentaba ventaja alguna seguir defendiendo algo que no reportaba beneficio y además era a todas luces impresentable. Maduro había caído en desgracia desde hacía tiempo: era, sin saberlo, el dictador moribundo de América Latina.
Ahora bien, ¿qué cabe esperar? Lo cierto es que la complejidad del problema radica en la aparente certeza de Donald Trump de que, por parte del equipo liderado por Edmundo González y María Corina Machado, aún quedan importantes cabos sueltos en su plan de retorno a la normalidad institucional de Venezuela, tanto en lo económico como en lo político.
¿Y por qué no decirlo? Aunque tenemos claro mucho de lo que hay que hacer, es más fácil enunciarlo, que llevarlo a cabo. Todo ello sin siquiera mencionar, la mala intención de los interesados en el fracaso de la transición, el grado de infiltración destructiva del socialismo del siglo XXI en las instituciones, el adoctrinamiento de décadas, los múltiples intereses clientelares enquistados en los llamados “sectores estratégicos” de la economía y, para terminar, los intereses de la mafia del narco-estado socialista. Sencillamente el sistema castro-chavista (socialismo del siglo XXI) es más resistente que una cucaracha al insecticida.
Por todo lo expuesto, la presencia norteamericana —con todas sus complejidades y costos— parece hoy casi imprescindible. Recordemos: en ningún escenario serio los costos están ausentes de la ecuación.
Queda claro que todo está por empezar. Como los líderes de la oposición (los legítimos) han declarado en las últimas horas, se ha iniciado el proceso, pero este recién inicia. Falta mucho por hacer, deben ser puestos en libertad los presos políticos, reconocerse a los líderes legítimamente elegidos por el pueblo venezolano, y no cabe, aunque parece este el escenario inicial, esperar que quienes han sido los constructores del descalabro económico y político en Venezuela, “lideren la transición”. No se le puede pedir a un delincuente (la vice ahora “presidente”), que brinde las garantías y la transparencia necesaria, pues han sido ellos, los creadores de la fábrica de miseria en Venezuela.
Finalmente, ¿debemos esperar luz al final del túnel? La respuesta es un rotundo sí. Al final de la operación, Venezuela recuperará su autonomía plena, y sus líderes legítimos encabezarán la transición, una vez superadas estas “primeras instancias”. Pero sí señores, habrá libertad y democracia. De eso no hay duda alguna. Así como tampoco había duda de que ese proceso debía comenzar con el encarcelamiento del sátrapa gorila, sucesor de Chávez.

Así empieza esta novela venezolana, que promete ser un bestseller con final feliz, pues al final veremos a un pueblo en libertad. Qué buen inicio de año, parece cierto que la libertad avanza en América latina.
Seguimos conversando.
