Quito, Ecuador
Tradicionalmente, el mundo cristiano celebra el 6 de enero la Epifanía del Señor: la manifestación de Dios a los pueblos, simbolizada en aquellos sabios de Oriente que, guiados por una estrella, emprendieron un largo viaje en busca de la verdad y de la salvación.
He querido imaginar esta celebración desde el presente, porque en la prensa y en las redes sociales pareciera que nada despierta hoy mayor expectativa que la posibilidad de un cambio definitivo en Venezuela y la tan anhelada paz para nuestro país hermano.
Son muchas las conjeturas sobre cuál es el camino correcto para alcanzarla. Hay distintas formas de interpretar esa estrella que vuelve a brillar: para algunos será la acción de los organismos internacionales y del Derecho Internacional; para otros, la intervención decisiva de Estados poderosos, especialmente de los Estados Unidos y de todo lo que haga falta para poner fin a la crisis.
Así, imagino que hace más de dos mil años aquellos tres reyes magos -que en esta historia representan al pueblo venezolano- acudieron primero a la ciencia y al conocimiento acumulado. Aquí entra en escena el Derecho. Sin embargo, sus esfuerzos resultan insuficientes: su saber no les permite comprender del todo lo que esa estrella significa ni cómo alcanzarla. Y es que, como ocurre con toda ciencia humana, existe siempre un punto de quiebre, un límite más allá del cual el entendimiento no logra abarcar la complejidad de la realidad.
Algo similar sucede hoy con el Derecho Internacional. A pesar de sus avances, no ha sido capaz -al menos hasta ahora- de prever mecanismos eficaces y oportunos para impedir la consolidación de gobiernos de facto ni para detener de manera inmediata violaciones graves y sistemáticas de derechos humanos en distintas partes del mundo.
Las luces del Derecho no le han bastado al pueblo venezolano para llegar a la paz. Por esta razón, los reyes magos deben acudir a Herodes (Nicolás Maduro). Confiaron en que él mismo podría guiarlos hacia la paz mediante un nuevo proceso electoral. Nuevamente se equivocaron. Aunque la indicación sobre dónde nacería el rey parecía correcta, desconocían que se trataba de un engaño: la verdadera intención era eliminar cualquier amenaza al poder y perpetuarse en él.
Lo que este Herodes -como el de la historia original- no comprendió es que sus supuestos superpoderes eran, en realidad, efímeros. Porque todo poder que recae sobre un ser humano tiene un límite; todas nuestras fuerzas, éxitos y dominios tienen un comienzo y, necesariamente, un final.
Lo cierto es que estos reyes magos venezolanos lo han intentado todo. Su viaje ha sido largo, doloroso y profundamente sacrificado. Aún no conocemos el desenlace de esta historia. Pero cabe confiar en que, más allá de los medios concretos que utilicen para seguir esa estrella que parece haber vuelto a aparecer, el camino -si se recorre con justicia, verdad y rectitud moral- los conduzca finalmente a la paz que tanto anhelan.

La misma paz que aquellos sabios de Oriente encontraron hace más de dos mil años y que, tras ofrecer oro, incienso y mirra, se llevaron en el corazón al reconocer al Mesías que otros, incluso hoy, siguen sin querer ver.
