Quito, Ecuador
Solemos pensar que la política internacional obedece exclusivamente a los intereses de las naciones. Sin embargo, y en una medida mucho mayor de lo que suponemos, obedece también a los intereses mezquinos y a las pasiones irrisorias de los hombres que las gobiernan.
Herodiano, en su historia sobre los emperadores romanos que sucedieron a Marco Aurelio, cuenta que el emperador Caracalla, que unas veces se creía Aquiles y otras, Alejandro Magno, en cierta ocasión que estuvo en Pérgamo, fue visitar la tumba de Aquiles y, al salir de ahí, ordenó que el cadáver de Festo, su liberto favorito -quien, según algunos rumores, había sido envenenado para que desempeñara el papel de Patroclo-, fuera trasladado a una pira funeraria, instalada al modo de los griegos, a la que trató de echar un mechón de su cabello casi inexistente.
Luego, con su ejército, se dirigió a Alejandría. Los alejandrinos, que estaban al tanto de lo ocurrido, y que, además, tenían por costumbre burlarse de los poderosos, no perdieron la oportunidad de hacer lo propio con Caracalla, porque, siendo calvo y de baja estatura, imitaba a Aquiles y Alejandro, que se habían destacado entre sus contemporáneos por ser altos y fuertes.
Enterado de estas burlas, y luego de ser recibido con vítores y agasajos en Alejandría, Caracalla, arguyendo que quería formar una falange en honor a Alejandro, dispuso que todos los jóvenes del lugar se reunieran en una planicie adecuada para sus propósitos. Previamente, había ordenado a sus soldados que, de la manera más discreta posible, rodearan a los jóvenes que habían acudido a su llamado, acompañados de sus padres y familiares.
Una vez que estuvieron reunidos, Caracalla los examinó uno por uno, con el pretexto de saber si tenían las condiciones físicas necesarias para formar parte de ese cuerpo de élite, y, terminada la revista, se retiró acompañado de su guardia personal. Los soldados, al recibir la señal convenida de antemano, arremetieron contra los chicos y sus acompañantes y los aniquilaron. Tan grande fue la matanza, que el Nilo y la costa cercana se tiñeron de rojo con la sangre de los sacrificados.
Cientos de años después de estos hechos, seguimos viendo cosas parecidas. Trump, está claro, quiere el petróleo de Venezuela; hacer negocios más que devolver a ese país a la democracia. Pero, al parecer, su resentimiento por las constantes burlas que Maduro venía haciendo de su persona fue lo que precipitó la caída del dictador venezolano.
Según el New York Times, los bailes y las expresiones burlescas de Maduro colmaron la paciencia de Trump y de su círculo cercano y terminaron por decidir su captura. Poco después, Trump, bailando a su torpe manera, intentó burlarse de Maduro, quien, grande y gordo como Trump, baila mucho mejor que él. “Es un tipo violento, dijo este. Se sube al escenario e intenta imitar un poco mi baile”. Caracalla se creía Aquiles o Alejandro, Trump, el Papa o el presidente de Venezuela.
La vanidad convierte a las personas en seres vengativos y en buscadores incansables de adulación. Y si a la vanidad suman la tenencia del poder político, la simple adulación ya no les satisface, y exigen el sometimiento agradecido de aquellos que, de una forma u otra, dependen de sus decisiones para alcanzar lo que desean.
El regalo que, de su medalla del Premio Nobel, hizo María Corina Machado a Donald Trump es una lamentable muestra de sometimiento y adulación al poderoso. Y la risueña aceptación de dicho regalo por parte del presidente de los Estados Unidos es el comportamiento esperado de un vanidoso con poder.
Trump, como Putin o cualquier otro líder megalómano, cree merecerlo todo sin sentirse obligado a nada. Y, en este particular momento de la historia, son estos líderes los que gobiernan los países más poderosos del orbe.
¿Será que Europa, abandonando por fin su política internacional de estilo hippie, se atreve a plantar cara a los megalómanos que se disputan el reparto del mundo? Quién sabe. A lo mejor despierta y se decide a mover ese cuerpo tan lento, tan pesado que tiene.

La política internacional, lo supimos desde siempre y ahora volvemos a constatarlo, es, como la política doméstica, el territorio de las pasiones. Todavía, aunque cada vez menos, se intenta maquillarla. Pero nosotros ya no nos comemos el cuento. La vanidad, la venganza, la codicia es lo que en verdad se oculta detrás de la política.
