Lo que Ecuador nos obliga a aprender sobre el riesgo

Mario Godoy.

José Gabriel Cornejo

Quito, Ecuador

 Vivimos en un país donde el ministro dura seis meses y el decreto se revoca antes de aplicarse. Nunca fue más cierto que la incertidumbre es nuestra única certeza. Precisamente por eso, necesitamos aprender a gestionar el riesgo.

Lo pasajero y lo irreversible. Esa es la dicotomía que no debe salir de nuestra cabeza. Por definición, la volatilidad -el ministro que rota, el decreto que caduca, la norma que cambia– es pasajera. Por ello, estorba aunque no impide. Lo que sí impide es la falta de herramientas para navegar entornos caracterizados por el vaivén. Una mala gestión del riesgo nos lleva de lo temporal a lo permanente, de un mal mes al cierre del negocio. Controlar el riesgo es, en esencia, evitar que lo primero se convierta en lo segundo.

La mejor ganancia es no perder

Para lograrlo, hay ciertas reglas. No hace falta inventar el agua tibia, pero sí tomar en cuenta su profundidad.

Un hombre de metro ochenta preguntó cuánto medía el río. En promedio, uno con cincuenta, le dijeron. Trató de cruzar y murió ahogado. El promedio no lo salvó, aunque tampoco lo mató el río. Más bien, fue su pobre manejo del riesgo. Esta historia no faltaba en el repertorio de Howard Marks, respetado inversionista. Su punto era simple: la mejor ganancia es no perder.

Y, el requisito, es entender cómo comportarse ante la incertidumbre. Si no sabes la profundidad del río, entonces no lo cruces. Sacar promedios no te salvará la vida.

En Ecuador, la gestión del riesgo supone identificar las formas en que los proyectos pueden fracasar y blindarse contra ellas. Me viene a la mente un chiste tan repetido por quien fue mi profesor de historia: meglio un minuto di maricone che tutta la vita morto (mejor un minuto de mariconada que toda la vida muerto). En entornos volátiles no ganan los más avezados, sino quienes menos errores irreversibles cometen. En este sentido iba la frase de Charlie Munger: «Dime dónde voy a morir, para no ir allí».

Quien no arriesga no gana

El “quien no arriesga no gana» bien puede ser un mantra criollo. Título habilitante para la imprudencia. Ecuatoriano que se respeta, se echa la bendición, cierra los ojos y pisa el acelerador. ¿Su plan? Ya se verá el camino. Si sale bien, fue visión. Si sale mal, fue mala suerte.

Pero el refrán esconde una trampa. Como dijo el mismo Marks: si las inversiones más riesgosas siempre dieran mejores retornos, no serían riesgosas. El riesgo no garantiza nada. De hecho, representa una posibilidad terrible: la de perderlo todo.

No por eso cobra valor el falso dilema de o lanzarse al vacío o quedarse inmóvil. Porque, al fin y al cabo, existe una tercera vía: se llama control del riesgo.

Medir, no huir

Controlar el riesgo no es evitarlo. Controlar es medirlo. Es cuestionarse antes de cada decisión, es despertar la curiosidad para evaluar los posibles escenarios y estar dispuesto a hacer pequeños experimentos antes de dar grandes pasos. Es saber cuánto uno puede permitirse perder. Es diversificar esfuerzos no por moda, sino por estrategia. Es querer ganar, pero todavía más, no querer perder.

Ecuador seguirá siendo un país volátil. Pero la volatilidad, ya lo dijimos, no mata. Mata cruzar el río sin medirlo.

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