Dos palabras contra el miedo: «Fuera ICE»

LOS ÁNGELES (Estados Unidos), 02/02/2026.- El rapero puertorriqueño Bad Bunny (C) recibe el premio al Álbum del Año en el escenario durante la 68ª ceremonia anual de los Premios Grammy en el Crypto.com Arena de Los Ángeles, California, Estados Unidos, el 1 de febrero de 2026. EFE/EPA/CHRIS TORRES

René Betancourt

Quito, Ecuador

La 68.ª edición de los Grammy será recordada por el brillo, los vestidos y el circo habitual. Pero esta vez, por una noche, el show dejó de mirar hacia otro lado.

Estados Unidos arde por dentro: redadas, familias partidas, un himno de fondo y patrullas en primer plano. Y aun así, seguía el espectáculo: alfombra roja, lentejuelas, sonrisas de catálogo. La anestesia de la normalidad, la cortina del glamour.

Hasta que Bad Bunny agarró el micrófono.

Ganó el Álbum del Año con Debí tirar más fotos, primer disco en español que se cuela en la vitrina principal del imperio, como quien entra sin invitación a la fiesta del patrón. Y cuando tuvo el foco encima, en vez de recitar lo de siempre, ese “thank you God, thank you Academy” de manual, decidió soltar dos palabras que no caben en el protocolo:

“Fuera ICE”.

Dos palabras. Secas. Sin perfume.
Como una bofetada breve.
Como decirle al sheriff: te estamos mirando, compadre.

Puede darte igual Bad Bunny, ponerte a perrear o sonarte a himno generacional, pero esas dos palabras no eran ritmo: eran pólvora.

ICE es la agencia que toca puertas, encierra cuerpos, deporta historias. Para millones de latinos, ICE no es sigla: es el ruido de la bota en el pasillo. El miedo con uniforme. La burocracia con esposas.

Y ahí está lo interesante: en Estados Unidos puedes hablar de diversidad mientras no señales al verdugo. Puedes llorar por la humanidad siempre que no digas quién la pisa. Pero Bad Bunny lo dijo. En horario estelar. Sin eufemismos. Sin vaselina.

“No somos salvajes,

no somos animales,

no somos aliens.

Somos humanos.

Somos americanos”.

Eso no es un discurso: es un recordatorio de que a los latinos nos hacen repetir la humanidad como si fuera un trámite, como si pertenecer fuera un permiso que caduca cada quince días.

Y no es que Benito sea un revolucionario de boutique. Él mismo dijo que evitó giras en Estados Unidos por miedo a que ICE se apareciera en sus conciertos. O sea: no habla desde la comodidad de la alfombra, habla desde esa sospecha permanente que cargamos incluso con pasaporte en el bolsillo.

Porque lo latino, para ciertos policías del “nosotros”, nunca es del todo americano. Siempre es condicional. Siempre está bajo examen. Siempre tiene que demostrar que merece quedarse. Como si ser humano fuera una solicitud pendiente.

Y ahora viene el Super Bowl, la misa mayor del patriotismo, el templo donde Estados Unidos se celebra a sí mismo con cerveza, banderas y anuncios millonarios. Bad Bunny será el primer show íntegramente en español. Ya con eso bastaba para que a más de uno se le subiera la bilis.

La reacción fue inmediata: boicots, insultos, advertencias de que ICE estaría “por todas partes”, gente pidiendo deportarlo como si la ciudadanía fuera un detalle administrativo. Es decir: el país que presume libertad se pone nervioso cuando alguien pronuncia una verdad incómoda sin pedir perdón.

Entonces aparece la pregunta de siempre, la más cínica, la más cómoda, la de sofá:

¿Y qué importa lo que diga un cantante?

Importa porque el poder no gobierna solo con leyes: gobierna con relatos, con silencios, con lo que no se pronuncia en televisión. Gobernar es convertir la violencia en costumbre. Y la cultura es una de las habitaciones donde el poder se sienta a sentirse normal, con los pies en la mesa. Por eso molesta tanto cuando el arte deja de ser decoración.

América Latina lo sabe desde hace rato. Nosotros venimos de países donde cantar a veces fue sobrevivir, donde la memoria tuvo que esconderse en canciones porque la historia oficial venía con botas. Aquí el arte no es adorno: es archivo moral.

El poder teme menos a un grito que a una canción que se queda. A una frase que circula. A una imagen que no se borra.

Goya no pintó fusilamientos para que combinaran con la sala. Picasso no hizo el Guernica para ganar un concurso de estética. El arte se vuelve peligroso cuando se vuelve testimonio, cuando convierte el horror en evidencia.

También cuando se ríe. La burla es dinamita porque la solemnidad es la armadura del régimen. El insulto se aguanta. El ridículo, no. La risa le arranca al poder su máscara de inevitable.

Y, sobre todo, el arte molesta cuando se niega a servir. Porque el poder no siempre reprime: a veces compra. Domesticando. Volviendo la creación mercancía dócil, himno sin filo, canción sin herida.

Por eso lo de Bad Bunny no es solo “activismo de celebridad”. Es un artista urbano latino ocupando un lugar donde siempre nos piden que hablemos bajito, que agradezcamos, que no incomodemos.

Y él, desde Puerto Rico y en español, hizo lo contrario.

No se recordará solo como la noche en que ganó un Grammy.

Se recordará como la noche en que el género urbano, por un momento, dejó de ser música de fondo para la fiesta y decidió decir, con voz clara y sin pedir permiso:

“Fuera ICE”.

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