El aeropuerto de Guayaquil

Ricardo Noboa

Guayaquil, Ecuador

La historia no se cuenta sola. Esta vez es necesario contarla. Primero porque no se la conoce. Y luego porque conociéndola, muchos la han olvidado. El 13 de marzo del año 2000 entró en vigencia la Ley de la Transformación Económica del Ecuador, conocida como Trole 1 que aterrizó la dolarización decretada por Jamil Mahuad el 9 de enero de 2000 y ratificada por Gustavo Noboa apenas asumió el poder 13 días después.

Pero según los organismos internacionales, si bien la ley era indispensable para regular el uso de la nueva moneda y “acostumbrar” al país al desagio, se necesitaba una ley que atraiga dólares. No hay dolarización sin dólares y no podíamos imprimirlos.

De modo que se presentó, como ley urgente, al Congreso una segunda trole (la Trole 2) llamada Ley de la Promoción de la Inversión y Participación Ciudadana.  Problemas en el legislativo hicieron que transcurra el plazo sin que se la trate y entró en vigencia por el “ministerio de la ley”.

La ley contenía, entre otras, reformas a la Ley de Aviación Civil que devolvía a la sociedad civil el control de la dirección de aviación civil (perdón por tanta redundancia, pero es indispensable). Esta dirección de “civil” no tenía nada pues había estado por 30 años en manos de los militares, y particularmente de la Fuerza Aérea, la que administraba los aeropuertos de Quito y Guayaquil. 

La nueva ley permitía delegar a los municipios la construcción y administración de aeropuertos pudiendo éstos concesionarlos a empresas mixtas o privadas. Hubo que vencer la férrea resistencia de la fuerza aérea, la que inicialmente se opuso a la reforma. Pero poco a poco los generales Osvaldo Domínguez y César Naranjo, interlocutores del gobierno, fueron aceptando los cambios y respaldaron la reforma.

Después vino la borrasca. La oposición al gobierno (que eran todos los partidos menos unos cuantos diputados dado que era un gobierno sin partido) la Conaie (cuando no), el FUT y otras organizaciones sociales demandaron la inconstitucionalidad de la ley ante el Tribunal Constitucional.

La ley fue desmembrada, salvo las reformas a la ley de aviación civil. Los alcaldes de Quito, Paco Moncayo y Guayaquil, Jaime Nebot hablaron con algunos vocales afectos a la ID y al PSC, integrantes del TC y lograron salvar esa parte de la ley, pues era la parte que permitía la descentralización del manejo de los aeropuertos. 

Superado ese escollo había que preparar los decretos para implementar la descentralización. Múltiples reuniones se dieron con los generales de la fuerza aérea, con el delegado de la alcaldía de Guayaquil, el dr. Guillermo Chang Durango y con el alcalde de Quito, Paco Moncayo.

Costó muelas, pero el 9 de octubre se firmó el decreto 871 y el presidente Gustavo Noboa descentralizó el aeropuerto y se lo entregó al Municipio liderado por Jaime Nebot. La descentralización del aeropuerto de Quito se hizo el mes siguiente.  Y el cambio dio resultados.

Se acabaron las ratoneras y las pocilgas que eran las terminales anteriores. Se construyeron nuevas terminales y se modernizaron.  Luego la constitución cambió. Montecristi modificó la norma sobre los aeropuertos y el actual articulo 261 pasó a darle al estado central competencia exclusiva sobre “puertos y aeropuertos”.  Cosas de la postmodernidad correísta.

De ahí que hoy en día la discusión que se zanjó el año 2000 ha vuelto al tapete. Los aeropuertos actuales, errores más y problemas menos o al revés, han sido bien manejados por los actuales operadores. La discusión sobre la construcción de nuevos debe ser técnica y debería depender de la cantidad de pasajeros que lo usan, del número de frecuencias aéreas y de otras consideraciones a las que no voy a entrar.

Solo quiero contar esta historia y resaltar que el proceso de descentralización se dio luego de una larga lucha contra el centralismo y gracias a decisiones políticas correctas que sepultaron años de manejo central de terminales que más parecían gallineros que las ventanas al mundo en que los convirtieron operadores eficientes. Fueron el resultado, como se dice en el cine, de “una batalla tras otra”. 

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