De Banana Republic a Apple Pie Republic

Fotografía tomada de la cuenta de la red social X de @DanielNoboaOk donde aparecen el presidente de Estados Unidos, Donald Trump (c), su homólogo de Ecuador, Daniel Noboa y su esposa, Lavinia Valbonesi durante reunión este sábado, en Palm Beach, Florida (EE.UU.). Trump se reunió con su homólogo de Noboa en su residencia de Mar-a-Lago (Florida), en un encuentro marcado por las elecciones presidenciales del país suramericano convocadas para el próximo 13 de abril. EFE/ @danielnoboaok /SOLO USO EDITORIAL/SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA (CRÉDITO OBLIGATORIO)

Emilio Gallardo González

Guayaquil, Ecuador

El término “banana republic” fue acuñado en 1904 por el escritor estadounidense William Sydney Porter, conocido por seudónimo O. Henry. En su obra Cabbages and Kings (Repollos y Reyes), describe un país ficticio llamado República de Anchuria,  inspirado en Honduras y otros países centroamericanos.

Esta definición caracteriza a naciones políticamente inestables y corruptas cuya economía dependía de la exportación de un solo producto: el banano. En ese contexto, las empresas fruteras de Estados Unidos ejercían un enorme poder político y económico, influyendo en la vida nacional del país de acuerdo con sus intereses comerciales.

Con el tiempo, el término se amplió y actualmente se utiliza para describir cualquier país marcado por la corrupción, la falta de democracia y la dependencia económica, incluso fuera de América Latina.

En el caso de Ecuador, la expresión tuvo relevancia en la década de los sesenta, hasta el inicio del auge petrolero en 1972. En ese escenario, el concepto enfatizaba  la dependencia económica del banano más que la intervención directa de una compañía extranjera en la vida política.

 Esto se debió que la empresa nacional Bananera Noboa, llegó a controlar más del 46% de las exportaciones de banano y tuvo una incidencia importante en las decisiones de los gobiernos de la época.

No obstante, la influencia externa sobre la política ecuatoriana no ha desaparecido; más bien, ha adoptado nuevas formas. Hace unos días, conversando con un amigo, nos llamó la atención que el gobierno ecuatoriano haya condecorado a Kristi Noem, funcionaria del gobierno del presidente Trump.

Se trata de una persona altamente cuestionada en su propio país por su gestión y por los abusos en el  trato a los inmigrantes indocumentados. Muchos de ellos ecuatorianos.

Asimismo, conversábamos sobre el Acuerdo de Comercio Recíproco (ART) entre Ecuador y Estados Unidos firmado en marzo de 2026. Más que una negociación tiene las características de una imposición, pues privilegia los intereses de dicho país sobre los nuestros.

Otro aspecto relevante a considerar es el estilo de gobernar de Donald Trump, que el presidente Noboa ha adoptado. Al considerarse exitoso, este estilo se transmite en forma de prácticas, valores y actitudes que terminan replicándose en los ministerios y en la manera como los funcionarios de menor rango actúan. En ese entorno, la lealtad se coloca por encima de la institucionalidad.

En la práctica, este estilo autoritario, personalista y populista carece de estrategias de mediano y largo plazo. Es altamente transaccional y se basa en la polarización. Lo vemos reflejado en el festival de bonos, en los aranceles como política exterior, en la falta de consulta a los sectores afectados como en el caso del ART, en el reciclaje de funcionarios (Progen), y la cooptación de instituciones como la Fiscalía, CNE, la función judicial.

En definitiva, estrechar alianzas con Estados Unidos es una oportunidad estratégica para Ecuador, siempre que se desarrolle sobre la realidad del mercado y se orienten hacia el emprendimiento, la innovación, productividad, competitividad y protección a los sectores sensibles.

No se trata de una pérdida de soberanía, como insisten ciertos socialistas, sino de aprovechar las ventajas de integrarse con un socio comercial con capacidad tecnológica y económica.

Lo que no debemos copiar son los estilos autoritarios y personalistas que debilitan la democracia. Debemos negociar en función de los intereses nacionales. De lo contrario, como decía mi amigo “solo falta que nos impongan el apple pie como postre nacional”

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