Rosalía: Goya y El Aquelarre

Imagen de una puesta en escena del Lux Tour de Rosalía.

Esteban Ponce Tarré

Quito, Ecuador

“Mi pincel no debe ser mejor que mis ojos”

Francisco de Goya y Lucientes

Dentro de la gira de conciertos de Rosalía, su propuesta escénica se presenta como un palimpsesto donde la historia del arte y la cultura pop convergen en una narrativa que se estructura en cuatro actos claramente definidos: el primero, marcado por la pureza y las referencias al ballet de Degas y la iconografía de las monjas; el segundo, una desviación hacia la oscuridad basada en Goya y su cuadro El Aquelarre; el tercero, que retorna a la pulcritud y la luz del blanco; y el cuarto, que cita a Las Meninas para culminar en una representación del propio funeral de la artista.

En este viaje simbólico, el show se convierte en un espacio de diálogo entre disciplinas donde conviven la sofisticación cinematográfica de los guantes de Rita Hayworth en Gilda (1946) con el dramatismo actoral de Eva Green en Soñadores (2003).

Tal despliegue de intertextualidad no es meramente estético, sino una arquitectura conceptual que utiliza iconos como el botafumeiro de Madonna o las alas del cine de Win Wenders en El cielo sobre Berlín (1987) para construir un relato sobre la identidad, la tradición y la transgresión contemporánea.

En el centro de este cosmos referencial, es fundamentalmente el segundo acto el que marca una ruptura radical al sumergirse en la oscuridad y el misticismo del arte hispano.

Es aquí donde la pureza inicial de la propuesta se transforma preparando el terreno para una de las citas visuales más potentes del espectáculo: la reinterpretación de Goya. La puesta en escena deja de ser un recital para convertirse en una pieza de videoarte vivo, donde la las reminiscencias del tutú de Natalie Portman en Cisne negro (2010) se ven eclipsadas por una estética más telúrica y sombría, centrada en la fuerza bruta de la imagen pictórica.

El eje central de esta transformación reside en la influencia directa de El Aquelarre (1798) de Goya, cuadro que dicta la gramática visual del segmento. Al introducir elementos como los cuernos del macho cabrío y una paleta de sombras profundas, Rosalía resignifica el espacio del escenario como un territorio de resistencia femenino.

En este punto, el análisis se desplaza de la admiración técnica de la pintura hacia una comprensión de lo que este ritual significó históricamente para la mujer: un espacio de libertad fuera de la norma, que en la función se potencia con la crudeza sonora de la música de Berghain.

La subversión de lo femenino

La estética de lo negro en la propuesta de Rosalía replica la atmósfera visceral de las Pinturas Negras del artista aragonés, utilizando la iluminación y el vestuario para evocar estados de ánimo profundos. Goya, el pintor de Fuendetodos, plasmó en su obra rituales paganos cargados de elementos fantásticos que funcionaban como sátira y metáfora de la condición de las mujeres de su entorno. Lejos de popularizar los mitos extravagantes alentados por la Iglesia, el artista construyó una denuncia visual contra la estigmatización femenina, transformando la superstición en un espejo de la opresión social.

Bajo esta lógica de resistencia, las figuras que en el siglo XVIII eran objeto de burla y persecución —las brujas— transmutan en un símbolo de empoderamiento y colectividad femenina oculta. En realidad, lo que la institución eclesiástica cuestionaba era la persistencia de cultos paganos que se resistían al control del Papado. Uno de los mitos más perseguidos fue la adoración al dios griego Pan, asociado con la fertilidad, lo lúdico y la naturaleza indómita; conceptos que resultaban peligrosamente subversivos para el orden moral de la época.

Como herencia de estas religiones ancestrales, el macho cabrío se erigió como un tótem cuyos cuernos, rescatados por Rosalía en su puesta en escena, representan la conexión profunda entre lo instintivo y lo animal. Tal como señala la catedrática jienense Adela Muñoz Páez, estas reuniones denominadas Akelarres —término vasco que une aker (macho cabrío) y larre (prado)— eran espacios donde las mujeres tejían conspiraciones contra el orden cristiano establecido, encontrando en la periferia social un lugar de autonomía.

Goya retrató estos eventos partiendo de la imaginería popular y las invenciones de los inquisidores, quienes atribuían abominaciones a todo aquel que no se sometiera a su poder. Actualmente, la cantante representa esta idiosincrasia y la sincroniza con el ritmo técnico y mecánico de la composición Berghain. Esta sonoridad oscura e industrial actúa como el latido de un aquelarre moderno, logrando una fusión definitiva entre el rito ancestral y la vanguardia contemporánea.

El renacimiento de la sombra y la obra de arte total

De ahí que en el show de Rosalía, el cuerpo como sacrificio y danza se convierta en el canal principal de expresión. El movimiento coreográfico en este acto funciona como una traducción física de las pinceladas grotescas y dinámicas del artista aragonés; no busca la estética de la perfección, sino la fuerza de lo visceral. Al igual que en la obra del maestro español las figuras en el escenario se retuercen y se agrupan en composiciones que desafían la simetría, convirtiendo el baile en un ritual de entrega donde la carne y el movimiento rinden homenaje a la intensidad del pintor de Fuendetodos.

Este despliegue visual interpela directamente la mirada de la audiencia, alterando su rol pasivo. La puesta en escena coloca al espectador en la incómoda posición del inquisidor o del observador externo de Goya, obligándolo a enfrentar su propia sombra. Al ser testigos de este aquelarre moderno, el público deja de consumir un producto pop comercial para participar en un acto de voyerismo histórico, donde la oscuridad de la sala y la crudeza del escenario fuerzan un encuentro con lo reprimido y lo oculto de la psique colectiva.

La inmersión en esta penumbra funciona como una transición a la redención, estableciendo un puente simbólico hacia el siguiente segmento del show. De esta manera, la oscuridad de Goya prepara estratégicamente el terreno para el tercer acto y la vuelta a la claridad. Esta secuencia sugiere que la muerte simbólica en el aquelarre y el paso por la oscuridad son pasos necesarios para el renacimiento. La purificación no llega a través de la negación de la sombra, sino tras haberla habitado plenamente, permitiendo que la luz final del espectáculo tenga un peso emocional mucho más profundo.

Rosalía se consolida como una exégeta de Goya, demostrando una capacidad insuperable para la gestión y actualización de la memoria cultural hispana. Al reinterpretar el significado del cuadro y sincronizarlo con la vanguardia industrial, la artista transforma una obra del siglo XVIII en un manifiesto de la mujer contemporánea. Al abrazar sus propias sombras y subvertir los símbolos de persecución, la sesrovirense no solo rinde tributo a la historia de la iconografía, sino que redefine el poder femenino como una fuerza capaz de integrar lo sagrado, lo profano y lo eterno en una sola obra de arte total.Rosalía: Goya y El aquelarre

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