Quito, Ecuador
“Solo los muertos han visto el final de la guerra”,
Platón
La Batalla de Mogadiscio en 1993, tal como se retrata en el filme Black Hawk Down (Ridley Scott, 2001) comenzó con la premisa de una operación relámpago de una hora que terminó en un desastre de 15 horas. Esta brecha catastrófica entre la expectativa y la realidad es el primer paralelismo con la actual crisis en Irán.
Al igual que los mandos estadounidenses en Somalia subestimaron la capacidad de resistencia urbana de las milicias de Aidid, la administración Trump ignoró su propio índice de arrogancia, creyendo que la superioridad tecnológica bastaría para doblegar a Teherán sin prever una respuesta asimétrica prolongada.
En la narrativa del cineasta británico, el derribo de los helicópteros simboliza la pérdida de la invulnerabilidad aérea. En el contexto actual, el reciente derribo de un F-16 estadounidense por parte de Irán —que obligó a una misión de rescate masiva de 155 aeronaves— actúa como el momento Black Hawk de esta guerra.
Este evento no solo fue un golpe táctico, sino que fracturó la narrativa de control absoluto que Washington intentaba proyectar, demostrando que incluso la tecnología más avanzada puede ser neutralizada por un enemigo preparado.
La advertencia de Irán sobre un nuevo Vietnam no es mera retórica; es un análisis de la doctrina de guerra de desgaste. Al igual que en Vietnam, donde el Viet Cong utilizaba el terreno y la resistencia ideológica para agotar a una superpotencia, Irán ha planteado un escenario donde Estados Unidos se ve atrapado en una lucha sin frente definido.
La tregua actual parece ser el reconocimiento de que una incursión terrestre en territorio iraní repetiría los errores de las selvas del sudeste asiático: un pantano estratégico donde la victoria militar es imposible de traducir en estabilidad política.
La tregua de dos semanas anunciada por Trump, guarda una similitud escalofriante con la retirada de Somalia. En ambos casos, Estados Unidos presenta como misión cumplida lo que en realidad es una pausa forzada por el agotamiento de recursos y la presión interna.
Washington afirma haber logrado sus objetivos, pero la realidad es que el Estrecho de Ormuz sigue bajo la sombra de la amenaza iraní y las arcas de munición de precisión estadounidenses están peligrosamente vacías, tal como los Rangers se quedaron sin suministros en las calles de Mogadiscio.
El fantasma de Vietnam y Somalia
El factor de la opinión pública es el puente que une Vietnam, Somalia e Irán. En Vietnam, la televisión llevó la crudeza de la guerra a los hogares; en Somalia, fueron las imágenes de soldados arrastrados por las calles. Hoy, el trauma es económico y digital: el precio de la gasolina superando los cuatro dólares por galón y los mensajes apocalípticos de Trump en redes sociales han generado un rechazo interno masivo.
El 62% de los estadounidenses, según sondeos, ve esta guerra como una carga inasumible, forzando al presidente a buscar una salida diplomática apresurada.
La película de Scott enfatizaba el aislamiento de los soldados en el terreno (los soldados en el largometraje histórico buscaban no dejar a nadie atrás). Políticamente, Estados Unidos vive hoy un aislamiento similar.
Al igual que en las etapas finales de Vietnam, donde los aliados empezaron a distanciarse de la estrategia de Washington, la actual administración ha ofendido a socios históricos al exigirles colaboración en una guerra considerada ilegal y elegida. La coalición internacional es frágil y muchos países prefieren la neutralidad, dejando a EE. UU. luchando una batalla que pocos consideran justa.
La inteligencia militar ha fallado nuevamente al ignorar cómo Irán aprendió de conflictos previos. Así como Ejército de Vietnam del Norte se adaptó a los bombardeos estadounidenses, Irán ha dispersado su infraestructura y utilizado drones de bajo costo para paralizar el comercio mundial.
El análisis de seguridad internacional sugiere que Washington no se preguntó qué pasaría si el enemigo tomaba nota de las tácticas usadas en Ucrania o Afganistán, resultando en una falta de visión estratégica que Ridley Scott retrata muy bien en su obra al ilustrar la confusión del mando central en Mogadiscio.
La tregua es una victoria táctica para Irán. Al igual que las fuerzas de Aidid, que solo necesitaban sobrevivir para ganar, el régimen de Teherán ha demostrado que puede infligir un castigo económico global (alcanzando el petróleo los 140 dólares) con una fracción del presupuesto militar de su adversario.
Esta capacidad de aumentar los costos hasta que el enemigo se retire es la esencia de la guerra de guerrillas que definió Vietnam y que humilló a las fuerzas de élite en la Batalla de Mogadiscio.
El colapso de la autoridad moral
El lenguaje de Trump, amenazando con «exterminar civilizaciones», refleja una desesperación que recuerda a las órdenes de bombardeos masivos de la era de Nixon. Sin embargo, en la era de la información, el desprestigio global es inmediato.
El 7 de abril de 2026 quedará marcado como el día en que la estrategia reemplazó a la retórica del exterminio, un eco de la pérdida de la autoridad moral que sufrió Estados Unidos tras eventos como la masacre de My Lai en Vietnam o el caos humanitario en Somalia.
En Black Hawk Down, la cinematografía utiliza el polvo y el caos para mostrar la pérdida de rumbo. En el Golfo Pérsico, el «polvo» es la desinformación y las tensiones diplomáticas por temas ajenos al conflicto (como la compra de Groenlandia).
Esta dispersión de objetivos es una receta para el desastre; cuando un país pierde el foco de por qué está luchando, la guerra se convierte en una inercia destructiva que solo termina cuando la realidad —y no la voluntad del líder— obliga a detenerse.
La comparación con Vietnam se hace más evidente al analizar el terreno social. Irán advirtió que su territorio está preparado para una guerra de décadas. En Somalia, los clanes se unieron contra el invasor extranjero; en Irán, la agresión externa ha servido para amalgamar el nacionalismo.
Estados Unidos ha ignorado que las guerras civiles y religiosas tienen una lógica de resistencia que la superpotencia no puede alterar, un error recurrente en la política exterior estadounidense desde mediados del siglo XX.
De ahí que la tregua de Islamabad sea el reconocimiento de un límite. Así como la Batalla de Mogadiscio puso fin a la era de las intervenciones humanitarias agresivas de los 90, el conflicto con Irán marca el fin del espejismo de la omnipotencia tecnológica de la era Trump.

El análisis periodístico es claro: no se puede declarar victoria cuando el prestigio internacional está dinamitado, los aliados están alienados y el enemigo ha demostrado que, en el ajedrez de la guerra moderna, la humildad estratégica siempre derrota al exceso de confianza.
