Guayaquil, Ecuador
Muchas veces nos dejamos llevar por respuestas simplistas sobre por qué las personas hacen lo que hacen, y lo cierto es que a menudo es un asunto más complejo y menos evidente de lo que solemos creer, más aún si hablamos de fenómenos colectivos.
Por ejemplo, en estos días en que los combustibles están subiendo de precio, las respuestas fáciles han sido «los empresarios malvados se quieren aprovechar de los más pobres» (aunque los más pobres no tengan carro particular) o «el Gobierno neoliberal está subiendo el precio de los combustibles», entre otras.
Es comprensible que cualquiera de las dos, o ambas, sean la narrativa que utilizan las personas para tratar de explicar su experiencia. Después de todo, no tienen los incentivos para profundizar más en ese asunto y tratar de descubrir si existe alguna otra causa que podría explicarlo; tan solo se enfocan en recordar el último suceso que se les viene a la memoria (la eliminación del subsidio) o al agente que décadas de adoctrinamiento marxista les han hecho creer que es el enemigo (el empresario).
¿Pero por qué no todos optan por las respuestas fáciles? Porque estas dependen de nuestros intereses, valores y valoraciones. Por ejemplo, si mis ingresos no dependen necesariamente de hacer análisis minuciosos sobre los fenómenos económicos en el Ecuador, puedo quedarme con la opinión del influencer político de mi preferencia y no tratar de ver más allá. Después de todo, el costo que puedo pagar por un mal análisis es bastante bajo: a lo mucho, quedar mal durante una reunión familiar, o ni eso.
Sin embargo, si trabajas para una compañía que depende de que hagas un buen análisis para realizar una programación de costos futuros, y te limitas a decir que «el precio de los combustibles es muy alto porque los empresarios son muy malvados», lo más probable es que te despidan. No solo porque trabajes para otro empresario, sino porque en el mundo real se sabe que cuando un fenómeno es generalizado no es porque todos se hayan convertido en demonios de un momento a otro, y que evidentemente debe haber otra causa. Por lo tanto, tienes un mayor incentivo para buscar una respuesta mucho más compleja, y evitarás dejarte llevar por el influencer político, cuyo único interés es venderte la propaganda que le conviene y nada más.
En este punto es importante considerar que casi siempre los incentivos vienen de fuera, aunque también existen ciertas motivaciones internas producto de la evolución biológica o de la cultura en la que te hayas criado. Pero, a pesar de esas motivaciones internas, muchas veces lo externo doblega lo interno. Por ejemplo, aunque te consideres una persona honesta e incorruptible, lo cierto es que no sabes qué tan honesto eres realmente hasta que te enfrentes a determinadas situaciones. Por eso hay ciertos adagios populares que apuntan en este sentido, como «en arca abierta, el justo peca», que da a entender que en condiciones de ausencia de control y de libre disponibilidad, incluso alguien que nunca ha robado podría hacerlo.
Por eso muchas veces nos encontramos con «buenas» personas con patrimonios que resultan dudosos y que coinciden con su paso por algún cargo público, por ejemplo.
Esto tampoco quiere decir que todos cedan ante los incentivos, ni que todos lo hagan con la misma facilidad, pero sin duda hay mayor probabilidad de que alguien ceda ante la tentación de un «arca abierta» frente a una cerrada. Así que, aunque podamos estar muy seguros de nosotros mismos, la gracia de configurar bien los incentivos —más aún en aspectos a gran escala— es que no sabemos cómo podría actuar un individuo x.

La otra complejidad de este asunto es que muchas veces podemos establecer un incentivo con una buena intención y conseguir resultados completamente distintos, contrarios o imprevisibles, por lo que a menudo no aceptamos el daño que podríamos causar hasta que es demasiado tarde, o peor aún, ahondamos en el error.
Ejemplos de aquello los analizaremos en próximas publicaciones.
