El precio del miedo: cuánto paga una familia por vivir bajo amenaza

Policía emprendió operativos para garantizar la seguridad de la ciudadanía; dos personas fueron capturadas por el delito de 'vacunas'. Foto: Policía Nacional

Mario Pazmiño

Quito, Ecuador

Una familia empieza a pagar el precio del miedo cuando debe destinar a su protección el dinero que había reservado para otras necesidades. Una cerradura adicional, una cámara, un transporte más costoso para evitar una ruta peligrosa. Después llegan decisiones de mayor alcance: cerrar temprano el negocio, rechazar un trabajo nocturno, cambiar a los hijos de escuela o abandonar la vivienda. Cada medida busca preservar la vida, pero también reduce ingresos, consume ahorros y altera proyectos.

¿Cuánto cuesta vivir así? No existe una cifra única que permita responder por todas las familias ecuatorianas. Atribuirles un gasto promedio sin una medición específica sería poco serio. Sin embargo, podemos identificar los componentes de esa carga: lo que se paga para protegerse, lo que se deja de ganar y las oportunidades que se pierden por temor.

El Banco Interamericano de Desarrollo estimó que los costos directos del crimen y la violencia representaron el 3,4 % del producto interno bruto de 22 países de América Latina y el Caribe en 2022.

El cálculo incluye pérdidas de capital humano, gasto empresarial en seguridad y gasto público. Es una referencia regional; no constituye una medición del presupuesto de los hogares ecuatorianos. La cuenta familiar exige observar otras pérdidas, menos visibles y difíciles de registrar.

Para un comerciante amenazado, cerrar dos horas antes puede significar perder las ventas que sostenían el margen del día. Para un trabajador, evitar determinados sectores puede reducir sus opciones de empleo. Cuando una familia debe mudarse, enfrenta transporte, garantía de arriendo, interrupciones laborales y cambios escolares. Si conserva una vivienda a la que ya no puede regresar, mantiene un patrimonio que ha perdido utilidad inmediata.

La extorsión agrava esta situación porque impone un pago bajo amenaza sin ofrecer seguridad alguna. Ceder puede abrir la puerta a nuevas exigencias. Resistirse, cuando no existe protección efectiva, puede poner en peligro al afectado y a sus allegados. La familia queda atrapada entre decisiones que ninguna persona debería verse obligada a tomar.

Esa presión tampoco afecta a todos por igual. Quien dispone de recursos puede contratar protección o trasladarse. Un hogar que vive de ingresos diarios tiene menos margen: dejar de trabajar para evitar un riesgo significa quedarse sin dinero para comer, pagar el arriendo o comprar medicamentos. El miedo profundiza así una desigualdad concreta: la capacidad de protegerse depende, en parte, de cuánto se puede pagar.

También hay un costo que no aparece en las facturas. Dormir pendiente de una llamada, vigilar constantemente a los hijos o sospechar de cada desconocido desgasta la convivencia. La amenaza puede reducir la concentración, afectar el trabajo y deteriorar las relaciones familiares.

El hogar, que debería ofrecer descanso, termina organizado alrededor de la posibilidad de una agresión. Desde una lectura de inteligencia, estos cambios merecen atención.

El cierre anticipado de comercios, las mudanzas, el abandono de espacios públicos o la modificación de rutas pueden advertir una pérdida de control estatal. Por sí solos no prueban la presencia de una organización criminal; deben contrastarse con otras fuentes. Pero ignorarlos porque todavía no existe una denuncia o un hecho violento significa renunciar a señales tempranas.

Cuando una red criminal logra decidir a qué hora se trabaja, por dónde se circula o quién puede permanecer en un barrio, ya está condicionando la vida social. La intimidación le permite imponer obediencia sin ejercer violencia de manera permanente. Por eso, una aparente calma puede coexistir con familias sometidas a amenazas.

La respuesta pública debe reconocer esta dimensión. La Policía y la Fiscalía necesitan vincular la recepción de denuncias con una evaluación del riesgo y medidas de protección, para que pedir ayuda no aumente la exposición de la víctima. La investigación debe alcanzar a quienes dirigen, financian y cobran la extorsión.

Los gobiernos locales, dentro de sus competencias, pueden identificar deterioros en la actividad comercial y el uso de espacios comunitarios, y coordinar respuestas sin divulgar información que comprometa a los afectados. También hace falta medir. Las encuestas de victimización deberían recoger gastos de protección, ingresos perdidos, mudanzas por amenazas y cambios en las rutinas familiares.

Esa información permitiría orientar recursos y evaluar si la intervención pública está devolviendo condiciones para trabajar y vivir con seguridad. El éxito de una política de seguridad debe sentirse en la economía y en las decisiones del hogar.

Una captura importa; también importa que el comerciante pueda mantener abierto su negocio y que una familia deje de considerar la huida como su única salida. El miedo se vuelve especialmente costoso cuando termina aceptado como una condición normal de vida. Allí el crimen consigue que la sociedad financie su propia adaptación a la amenaza.

Recuperar la seguridad exige romper esa imposición: que proteger a los hijos, conservar la vivienda y ganarse la vida dejen de depender del dinero disponible para defenderse.

Más relacionadas