Sir David Klenerman: el químico que leyó la vida en colores y recibirá el Princesa de Asturias

David Klenerman.

Nació en septiembre de 1959 en Londres, hijo de padres sudafricanos de origen judío. Su padre era cirujano y profesor; su madre, investigadora en biología. En casa se valoraba la educación y las artes tanto como el rugby, el tenis o la natación. El pequeño David creció entre teatros londinenses y laboratorios imaginarios, con esa mezcla de curiosidad y rigor que más tarde lo definiría.

Estudió química en el Christ’s College de Cambridge, se doctoró en el Churchill y cruzó el Atlántico como becario Fulbright en Stanford. Después de años en BP Research, volvió a Cambridge en 1994 como profesor de química biofísica. Allí coincidió con Shankar Balasubramanian. Lo que empezó como un experimento para “ver” cómo una enzima copia el ADN terminó, casi por casualidad, en una revolución.

La anécdota es ya legendaria: una tarde en el jardín del pub Panton Arms, con una cerveza en la mano, los dos químicos esbozaron en una servilleta la idea de leer el ADN en paralelo, base por base, gracias a nucleótidos fluorescentes. No buscaban secuenciar genomas; perseguían un problema científico grande. El cálculo que Klenerman hizo en un vuelo a Alemania —“esto podría ser mil veces más rápido”— se quedó corto: la tecnología acabó siendo millones de veces más veloz y barata.

En 1998 fundaron Solexa. En 2007 Illumina compró la empresa por 600 millones de dólares. El resultado: secuenciar un genoma humano pasó de costar más de mil millones de dólares y llevar más de una década a poder hacerse en un día por unos cientos de dólares. Hoy se secuencian más de un millón de genomas al año. Durante la COVID, esa velocidad permitió identificar variantes casi en tiempo real. En hospitales, permite diagnosticar enfermedades raras en recién nacidos y orientar tratamientos personalizados.

Klenerman insiste siempre en lo mismo: fue un trabajo de equipo. “La mayor recompensa es ver la tecnología en acción y saber que ha salvado vidas”, ha dicho. En 2019 la reina lo nombró sir por sus servicios a la ciencia. Antes había recibido la Royal Medal, el Breakthrough Prize en Ciencias de la Vida (compartido con Balasubramanian y Pascal Mayer), el Gairdner y otros reconocimientos. Este 2026 suma el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica y el Wolf Prize en Química.

Hoy, ya con 67 años, sigue en Cambridge y en el UK Dementia Research Institute. Con microscopía de superresolución estudia cómo se forman los agregados de proteínas que dañan el cerebro en el Alzheimer y el Parkinson. Intenta ver, molécula a molécula, lo que antes era invisible. Tiene dos hijas, Laura y Anna, y mantiene el mismo tono humilde de quien recuerda que las grandes ideas nacen de la curiosidad, no del plan de negocio.

En Oviedo, estos días, recibirá el galardón junto a sus colegas. Mientras tanto, en su laboratorio los láseres siguen encendidos, coloreando el ADN y las proteínas que aún esconden secretos. Porque, como él mismo dice, lo más excitante de la ciencia es descubrir lo que nadie había visto antes.

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