El eje Guayaquil-Lima

Lima.

Carlos Xavier Ycaza

Guayaquil, Ecuador

Hace unas semanas, por motivos profesionales, viajé a Lima después de varios años sin visitarla. Me sorprendió la nueva terminal del aeropuerto internacional Jorge Chávez, una muestra de la apuesta peruana por fortalecer su conectividad y su posición como hub regional, pese a la inestabilidad política de los últimos años.

A mediados de los años 2000, Lima comenzó a destacar por su oferta gastronómica, sus conciertos y su particular ubicación frente al mar. Lugares como Astrid y Gastón, José Antonio o La Rosa Náutica se convirtieron en referentes de una ciudad que supo proyectarse internacionalmente. Por esos mismos años, Guayaquil también crecía con fuerza y empezaba a posicionarse como destino de turismo de negocios, impulsando su industria hotelera en un entorno relativamente seguro.

Me atrevo a establecer este símil porque, entre las muchas ciudades latinoamericanas que conozco, pocas comparten tantas similitudes sociales, culturales y urbanas con Guayaquil como Lima, salvando, por supuesto, las diferencias propias de una capital nacional. Entonces, ¿qué ocurrió en el camino? Desde mi perspectiva, Lima logró consolidar sus fortalezas turísticas, mientras que Guayaquil vio frenadas sus aspiraciones por el deterioro de la seguridad, afectando su proyección como destino de negocios.

Sin embargo, Guayaquil conserva ventajas importantes: un aeropuerto estratégicamente ubicado, una sólida infraestructura hotelera, variedad gastronómica y un centro de convenciones capaz de albergar congresos y ferias de gran escala. La próxima administración municipal tiene la oportunidad de recuperar esa visión y proyectar a la ciudad con una estrategia de promoción turística sostenida, capaz de atraer eventos, visitantes e inversión.

Según datos de la Municipalidad de Guayaquil, en 2025 la ciudad recibió 2.438.987 visitantes, una cifra que evidencia el potencial de esta actividad para dinamizar la economía local.

La comparación con Lima no debe entenderse como una competencia, sino como una oportunidad para aprender, reconocer nuestras fortalezas y recuperar el terreno perdido. Guayaquil tiene con qué hacerlo. Es momento de volver a proyectarla al mundo y construir un nuevo boom turístico que perdure en el tiempo.

¡Vamos por ese nuevo boom!