Ecuador, martes 16 de enero de 2018

Amando la bomba

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

“Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar a la bomba” dejó de ser el título de una película de Stanley Kubrick (1964) para convertirse en un tema de actualidad candente; y de ser una comedia pasó a ser un drama.

Esto es lo primero que a uno se le ocurre pensar ante el intercambio de mensajes entre el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump, al que la prensa insiste en calificar como “el hombre más poderoso de la Tierra”, y el primer ministro norcoreano, el niñato Kim Jong-un.


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El dictadorzuelo de opereta le dijo a su homólogo que se cuide ya que siempre “tiene a mano el botón nuclear”. Y Trump no dudó en responderle a través de su cuenta de Twitter, lo que de por sí ya habla de la seriedad y responsabilidad del mensaje, que no le preocupa porque el botón que él tiene “es más grande y más eficaz”. Una verdadera pelea de patio de colegio: “Yo tengo una bicicleta con luz”. “La mía tiene dos luces y además campanilla”. El tema es que en este caso el problema no trasciende a los niños dueños de estas bicicletas, mientras que, en el primer caso, tiene que ver con la subsistencia de la vida, humana y animal, en este planeta.

En el caso de Corea del Norte el hecho no causa ninguna sorpresa, ya que desde que se creó como nación independiente, al partirse en dos la península a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, estuvo en manos de la familia del actual dictador que se caracterizó de manera continuada por la crueldad, la irracionalidad y la barbarie. A poco de asumir Kim Jong-un, a la muerte de su padre, ordenó que un tío suyo, que era parte del gobierno pero que le molestaba, fuese arrojado desnudo a unos perros hambrientos que se encargaron de suprimirle toda molestia al mandatario.

Pero en el caso de los Estados Unidos es inquietante, si consideramos que posee una de las Constituciones más antiguas y más democráticas del mundo. En sus casi dos siglos y medio de vigencia no conoció nunca un gobierno autoritario, ni siquiera un intento de quebrar el orden legal del país. Digo inquietante porque ha terminado cayendo en las manos menos apropiadas y nos enfrenta a la preocupación de descubrir que el alambre sobre el cual vamos caminando se vuelve cada vez más fino, más frágil y más inestable.

Mañana, si no surge un contratiempo, aparecerá en los Estados Unidos un libro del periodista Michael Wolff llamado “Fuego y Furia: dentro de la Casa Blanca de Trump”. Un abogado enviado por Trump presentó a la editorial un documento de casi veinte páginas con la intención de parar su publicación. Pero antes de aparecer, ya es un éxito de ventas a través de las reservas que tiene Amazon entre sus clientes. El libro además ya circula por las principales redacciones de todo el país y se van filtrando partes de su contenido. Sin lugar a dudas será un poderoso torpedo disparado bajo la línea de flotación del “hombre más poderoso del planeta”.

La publicación se produce en el mismo momento en que un grupo de congresistas demócratas y republicanos se pusieron en contacto con el profesor de psiquiatría de la Universidad de Yale, Brandy X. Lee, para hablar sobre “si el presidente Donald Trump está capacitado para ejercer su cargo”. La elección de este especialista no es casual ya que es autor de un artículo titulado: “The Dangerous Case of Donald Trump” (El peligroso caso de Donald Trump”), que no es otra cosa que una colección de testimonios en la que una veintena de expertos en psiquiatría abordaban la salud mental del presidente.

El temor de quienes le rodean es que la aparición de este libro, en el que se asegura que su hija preferida, Ivanka, planea ya con su esposo, Kuschner, presentarse como candidata a la presidencia para convertirse “en la primera mujer en la Casa Blanca, y no Hillary Clinton”, afecte al presidente, que parece desbordado por su propia verborragia pues se niega a escuchar a sus asesores o a leer sus informes, a los que “ni siquiera les da una ojeada”.

En el medio estamos nosotros, la humanidad entera, viendo cómo le llama al primer ministro norcoreano de “hombre-cohete”, “bajito”, “gordito”, sin considerar que no sabemos si su botón atómico es más grande, más pequeño o más o menos eficiente que el que tiene Trump, pero que tiene el tamaño necesario para desencadenar el holocausto nuclear.