Brutales y sacrílegos

El cardenal Leopoldo Brenes; el obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez; el Nuncio Apostólico en Nicaragua y representante personal del papa Francisco, monseñor Waldemar Stanilaw Sommertag; monseñor Miguel Mántica; el padre Edwin Romás y otros sacerdotes y religiosas fueron agredidos de manera verbal y física este lunes en Diriamba, por enardecidas turbas orteguistas.

Los agresores cometieron doble sacrilegio, al profanar también la Basílica de San Sebastián a la que se introdujeron violentamente en persecución de los religiosos que llegaban a dar consuelo a la población diriambina —sometida el día anterior a un despiadado ataque con armas de guerra—; y para rescatar a varios jóvenes defensores de los tranques que se habían refugiado en el templo a fin de escapar de sus endemoniados perseguidores.

De acuerdo con la doctrina católica, el sacrilegio es “la profanación o trato injurioso de un objeto o persona sagrado. El sacrilegio contra una persona sagrada significa comportarse de una manera tan irreverente que, ya sea por el daño físico infligido o por la deshonra acarreada, viola el honor de dicha persona”.

Eso fue precisamente lo que las turbas de Daniel Ortega y Rosario Murillo cometieron este lunes contra los religiosos católicos, a los que insultaron, lesionaron a algunos y profanaron un templo sagrado que merece el respeto de todas las personas, creyentes o no.

Cabe mencionar que el mismo día que los consagrados católicos y sus acompañantes fueron brutalmente agredidos por las turbas orteguistas, se cumplían 34 años de otro gran sacrilegio cometido por la dictadura sandinista de los años ochenta. El 9 de julio de 1984 diez sacerdotes extranjeros de servicio en el país, entre ellos los bien recordados españoles Santiago Anitua y Francisco Castells, fueron ultrajados y desterrados porque se solidarizaron con el padre Amado Peña, quien había sido maltratado por las turbas sandinistas y acusado de terrorismo por el régimen revolucionario.

La dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo está reeditando la campaña de odio contra la Iglesia católica, de persecución y ultraje a obispos y sacerdotes que se practicaba en Nicaragua en aquellos años nefastos de la revolución sandinista. Años de “la noche oscura”, los llamó el papa San Juan Pablo II, quien también sufrió en carne propia el escarnio de las turbas sandinistas cuando visitó por primera vez el país, en marzo de 1983.

En esta ocasión el ultrajado por las turbas orteguistas no ha sido el papa, sino su representante personal en Nicaragua, el nuncio apostólico monseñor Waldemar Stanilaw Sommertag. Pero el sacrilegio es el mismo.

De una dictadura cruel e inescrupulosa como la de Daniel Ortega y Rosario Murillo se puede esperar cualquier monstruosidad. Sobre todo encontrándose en una situación de fieras heridas y acorraladas porque son repudiadas masivamente por el pueblo, pero en su irracionalidad mesiánica se resisten a dejar el poder de manera voluntaria.

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