La “tormenta Kavanaugh”

Ricardo Noboa Bejarano
Guayaquil, Ecuador

Tomo el título de este artículo prestado del magnífico programa “La Contracrónica” de Fernando Díaz Villanueva, periodista español al que se puede escuchar diariamente bajando la respectiva aplicación a través de un Podcast, comentarios altamente recomendables por cierto.

La nominación de Kavanaugh y posterior confirmación por el Senado americano trae aparejadas varias situaciones dignas de análisis. La primera es la grave polarización que hoy existe en la sociedad norteamericana, consecuencia de las políticas del Presidente Trump. Para los Demócratas, todo lo que venga de él es nocivo. Y convirtieron el caso “Kavanaugh” en un símbolo de su lucha política con base en un abuso sexual –no una violación, que es bien diferente- no probado, ocurrido en 1982. El Senado republicano, muchos de cuyos miembros no simpatizan con Trump, confirmó al candidato ante el “linchamiento” sin pruebas que le hicieron los Demócratas y ciertos medios de comunicación, pues no encontraron razones que pudieren justificar su negativa ante la avalancha de acusaciones no probadas que se vinieron contra el juez, entre ellas una respecto de haberse negado a darle la mano a un afroamericano. Lo que resultó mentira.

La segunda es la inversión de la carga de la prueba. Hoy, en casi todo el mundo cuando se trata de ciertos temas, hay que probar la inocencia. Esa fue, en cierta medida, la “doctrina Correa”, que juzgaba y sentenciaba al prójimo en sabatinas que luego la justicia sumisa se encargaba de materializar ante las simples afirmaciones del gobernante o de sus corifeos, entre ellos algunos del Consejo de la Judicatura, vulnerando así el legítimo derecho a la defensa. Es verdad que se torna difícil obtener pruebas de hechos ocurridos hace 30 años, pero también es verdad que no se puede vulnerar la presunción de inocencia, pilar de las garantías constitucionales en todas partes sin que existan, sino una prueba material, al menos presunciones unívocas que conduzcan a la prueba de la infracción. En el caso de Kavanaugh, de paso, se trataba de un juez que había ejercido la magistratura de modo impecable, sin denuncias de ningún tipo durante el período en que fue juez del Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia.

Y la tercera, que en los tiempos que vivimos es bastante más compleja, es el de la distorsión de los hechos. Ciertamente Kavanaugh estuvo muy mal en su comparecencia ante el Senado. John Oliver lo ridiculizó debido a que estuvo teatral, descompuesto y haciendo pucheros. Si los Demócratas hubiesen explotado esas debilidades del juez, era más probable que el Senado no lo confirmara. Pero insistieron en lo que más se vende: el escándalo sexual. Y como esto no lo pudieron probar, el resultado político de hoy es que la Corte Suprema de Estados Unidos tiene una mayoría conservadora de cinco a cuatro por primera vez en varios años. Derrota política de los Demócratas. Los abusos sexuales, que los hay y muchos y que deben ser condenados, no se convierten en violaciones por el solo hecho de decirlo. Si es así, estamos relativizando un gravísimo delito, cual es la violación. Y no podemos comparar los casos de Bill Cosby o de Harvey Weinstein con lo que se ha dicho de Kavanaugh, por más que algunos o algunas intenten hacerlo. Por insistir en ello hoy están cinco-cuatro en la Corte Suprema con peligro de convertirse en seis-tres en un futuro cercano por la avanzada edad de Ruth Bader Ginsburg.

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