Cuarón, el desatinado

Maricruz González C.
Quito, Ecuador

Tristemente, el arte, el gusto, el criterio, todos se han visto estragados al anteponer el «deber ser» ante lo QUE ES. Incluso, o sobre todo, el humor ha perdido su espacio. Hace años que sabemos que no podemos hablar de cosas incorrectas, pero ahora parece que están incursionando en el campo del pensamiento, y de ahí la destrucción de la estética y la libertad individual (en nombre de una pseudolibertad de “minorías”).

Las redes sociales están pobladas de manitas aplaudiendo posiciones políticamente correctas. ¡Bravo, eres humanitario/a! (sic) ¡Bravo, respetas a los derechos humanos! ¡Bravo, eres ecológico/a! (sic) ¡Bravo, eres respetuoso/a de los 63 génerxs (por ahí) identificadxs! (sic) Mientras tanto, dentro de la casa de todos estos seres impecables en redes, suceden, como en todas las casas, subidas y bajadas humanas y, a veces, quebradas más o menos soberbias. Y, ¡oh sorpresa! luego de décadas de tanta corrección por micrófono, el mundo es cada vez más violento, más pobre y desigual. ¡Algo va mal, estimados correccionistas!

Criticar a un peliculón como lo es ROMA, de Alfonso Cuarón, porque trata de una empleada doméstica que trabaja en la casa de una familia de clase media alta, en lugar de centrarse en la historia de esta mujer, Cleo, la de su empleadora, Teresa, y perderse la maravilla de ambientación, fotografía, detalles históricos y referencias a la vida de las mujeres, la representación de un México que no solo forma parte de la vida de Cuarón sino de muchos latinoamericanos…. es también una pérdida de tiempo.

¿Para qué vivir? ¿Para recibir las manitas de aplausos digitales? La vida, tal cual es, aparentemente se barre debajo de la alfombra y queda solo aquella que aparentamos en redes, la que declamamos (tecleando o al micrófono) para lucirnos por algo que no es y criticando lo que todos tenemos dentro de casa: la imperfección. Que no se diga que estoy defendiendo la discriminación, la explotación, la violación ni ninguna otra injusticia. No necesito de manitas digitales para estar en contra de todo eso. Lo que defiendo es el SER. Pues en el camino nos hemos perdido justamente eso: la vida de cada uno, con nuestras diferencias y similitudes, con problemas más o menos graves, con momentos de felicidad y tristeza más o menos largos.

Pero no, nos hemos convertido en una gran masa de marionetas con hilos manejados por un gran organismo que inventa términos, actitudes, sentimientos, poses, discursos tan aburridos como falsos y repetidos desde hace décadas y que tácitamente nos prohíbe al cual somos. El tema del personaje central de Roma ha sido tratado en varias ocasiones, como por ejemplo las películas The Help, del director estadounidense Tate Taylor, La Nana, de la directora boliviana Luciana Decker Orozco o Manual para mujeres de la limpieza de la fabulosa escritora también estadounidense Lucia Berlin. Es un tema que puede tratarse desde muchos ángulos y cualquiera de ellos develará cada una de nuestras sociedades.

Sin embargo, poca gente que puede ver una película, una pintura, una novela e incluso un comentario sin pensar en el juicio que harán sus coidearios de sus reacciones. ¡Qué fastidio, el “deber ser”! ¡Y qué gran ironía, si lo último que pareciera que tenemos son derechos individuales al acatar el gran mandato de corrección. ¿Volveremos a SER naturales? ¿Volveremos a decir lo que pensamos, por más equivocados que estemos, sin necesidad de ser vitoreados o insultados? Mientras lo hagamos, yo decido celebrar esta gran obra personalísima de Alfonso Cuarón que debe haber tenido cocinándose durante décadas y que nos presenta magistralmente para que pensemos en algo mucho más allá de la lucha de clases; para que ampliemos la mirada en épocas tan convulsas y miopes.

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