El idioma más dulce

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

En España sobrevive un dicho según el cual Carlos V (1516- 1556) utilizaba el español para hablar con su esposa, el alemán para hablar con sus soldados y el flamenco para hablar con su caballo. Este es un residuo natural de quienes creen que hay idiomas que son mejores que los otros. Habría que enseñar en las escuelas que no existe un idioma que sea más dulce, más imperativo, más duro, más gentil, más expresivo, más seco que otro. Todos son igualmente expresivos.

El tema se planteó estos días cuando la plataforma Netflix decidió ponerle subtítulos a la película del realizador mexicano Alfonso Cuarón, que en los últimos meses no ha hecho otra cosa que cosechar premios y alabanzas de la crítica y se ha lanzado ahora a lograr un Oscar de la Academia de Hollywood a la mejor película de habla no inglesa. Pero que quede claro: la película está hablada en el español que se habla en México, y los subtítulos son en español que se habla en España.

Woody Allen, en su famosa película “Bananas” (1971) incluía una escena en la que llegaba al país una personalidad extranjera y al pie de las escalerillas del avión era recibido por una autoridad y hablaban a través de un intérprete (Allen) que traducía del inglés del personaje local al inglés del visitante. Quién podía pensar entonces que con el correr de los años el “gag” se iba a convertir en realidad.

Han corrido ríos de tinta sobre este hecho, al punto que Netflix creyó prudente retirar los subtítulos. A pesar de ello, la polémica continúa.

Lo que habla sobre lo mucho que ha evolucionado el idioma y lo poco que ha evolucionado el cerebro. La gente hoy entiende mucho de informática, pero no entiende nada de cómo funciona su lengua y mucho menos la lengua de los otros. En España, el tema se vuelve mucho más agudo por el hecho de que las películas (a excepción de algunas poquísimas salas de cine) se exhiben dobladas al español, una modalidad introducida por el gobierno dictatorial de Francisco Franco, que utilizó el doblaje, entre otras cosas, para ejercer la censura.

Entre el español de la colonia y el español de la metrópolis se han producido diferencias desde los primeros años de la conquista. Días atrás, leyendo unos documentos del 1750, encontré que un sacerdote jesuita, de las Reducciones, escribía a su superior en Madrid y le decía que si se expulsaba a los indígenas de sus pueblos ellos amenazaban con “echarse al monte”. Y le aclaraba que “monte” significaba “bosque” (y no montaña), diciéndole que era posible escribir todo un diccionario con el sentido diferente que muchas palabras de la península le daban en el nuevo continente. En España, a la “papa” le dicen “patata”. Y en Argentina, en los años treinta del siglo pasado se promulgó un decreto por el cual se prohibía el uso de la palabra “papa” en cualquier documento oficial. La papa, originaria de la región del Titicaca, domesticada hace más de 8.000 años, entró a Europa vía Inglaterra, donde la llamaron “potato” (léase “poteitou”), y de allí pasó a España, que tradujeron la palabra por “patata”, con lo que la forma original y auténtica sería la de “papa”, mientras que “patata” tendría que figurar como un anglicismo.

El hecho de conducir un coche toda la vida no nos habilita a sugerir cambios en la construcción del motor si no entendemos de mecánica. El hecho de utilizar una lengua toda la vida no nos habilita a sugerir cambios si no sabemos cómo funciona.

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