La des resignación

Rafael E. Campos
Guayaquil, Ecuador

Guayaquil se enfrenta a una elección crucial, donde por primera vez un candidato que no representa a las élites y al poder enquistado por 27 años, desenmascara una estructura que se ha apoderado de lo público, privatizándolo, concesionándolo, alquilándolo para beneficio de un grupo que medra de ello, haciendo de la mayoría de los ciudadanos, simples clientes de una estructura creada para lucrar.

La famosa libertad utilizada como muletilla, solo ha servido para generar prohibiciones, multas y sanciones en una estructura abusiva que controla parques, parqueos, mercados, plazas y malecones, convirtiéndolos en centros comerciales para apalancar negocios de la gallada, dejando de lado al pequeño emprendedor, al que se gana la vida cada día.

El orden en una ciudad es un objetivo apreciado en la medida que los habitantes disfruten de su ciudad como los verdaderos dueños y no como simples usuarios de los “sitios públicos” hoy tomados como posesión del Municipio.

Vivimos una ficción de libertad enmarcada en las reglas de un mandamás que arremete con todo a quien osa transgredirlas, o que, a pretexto de la seguridad vial, establece un sistema de multas abusivas, tramposamente conseguidas con sistemas electrónicos de dudosa veracidad y estratégicamente colocados no para prevenir, sino para hacerte caer.

Y así, la ciudad teme, protesta en silencio, se resigna al abandono, se parapeta en el ‘algún día me llegará’ -bueno, ya son 27 años- y aprovecha la campaña política, para en lugar de agua, pavimento, iluminación, alcantarillado y legalización de terrenos, recibir, aunque sea, la carga de su tanque de gas. ¡Dos dólares de miseria!, pero dice: peor es nada.

Y así, ‘de peor es nada en peor es nada’, nos acostumbraron a compararnos con el pasado donde sí era nada de nada, y nos resignamos, sí, nos resignamos a la ciudad de las fachadas pintadas, pero cero seguridad; a la ciudad de los adoquines, pero sin agua potable que se pueda tomar directo de la llave y además muy costosa; nos resignamos a una rueda moscovita pagada pero sin transporte cómodo, fresco y peor con energía limpia; nos resignamos a los parques acuáticos pero con inundaciones en nuestras propias casas; nos resignamos a que el alcalde debe ser macho, gritón y muy púdico  y por eso es prohibido darse un beso en el malecón; nos resignamos a que los parques deben ser de hierro y cemento, por eso debemos llevar cargada en brazos a nuestras mascotas cuando paseamos por ellos; nos resigamos a no comer helados de coco, algodón de azúcar o canguil en nuestro malecón porque ahora las ventas son exclusivamente de los concesionarios; nos resignamos a que nos digan que somos un modelo de progreso y trabajo, mientras al pueblo -hombres, mujeres, niños y ancianos- los persiguen, los apalean y les quitan sus mercaderías.

En definitiva, con su propaganda, con su persecución, con sus abusos, con sus amenazas veladas, con su presión, nos resignaron a creer que ese es el modelo y los modelos no se cambian. Porque si se cambian nos puede ir peor.

Nos resignaron a no soñar, nos subyugaron: solo ellos pueden, solo ellos son los elegidos.   Monarquía criolla dicen que lo llaman. ¿Será que nos des resignamos?

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