Ecuador. jueves 19 de octubre de 2017
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La meritocracia de los peores

Simón Ordóñez Cordero
Quito, Ecuador

Fue en agosto de 1979.

Pasábamos con mi familia las que serían (en ese entonces aún no lo sabíamos) nuestras últimas y larguísimas vacaciones en una pequeña y modesta finca ubicada en el hermoso valle azuayo de Yunguilla. Los cañaverales cubrían el valle y el olor a dulce de caña y panela nos llegaba de todas partes. Yunguilla era entonces un paraje remoto al que se llegaba por una serpenteante carretera lastrada. La energía eléctrica apenas había llegado un par de años atrás y nuestras diversiones consistían en jugar pelota y organizar excursiones a las moliendas. Un telegrama urgente llegó en esos días; mi padre tuvo que regresar a Cuenca para comunicarse telefónicamente con Jaime Roldós, quien días antes había asumido la Presidencia de la República. Poco tiempo después de la llegada de aquel telegrama, mi padre, un abogado que se había destacado como periodista incorruptible y profesor universitario, que no era amigo ni militante del partido de gobierno, fue nombrado Contralor General del Estado por el Congreso Nacional, a partir de una terna enviada por el Presidente.


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Treinta y siete años después es poco lo que queda de ese mundo y de la sencillez con que se vivía. A la luz de lo que hoy es la política, resulta casi irreal que las cosas hayan ocurrido de ese modo; la “política real” se ha degradado poco a poco y personajes de la estatura intelectual y moral de Jaime Roldós o Hugo Ordóñez al parecer no tendrían cabida en estos tiempos. La Revolución Ciudadana, que en un momento fue vista como posibilidad de refundación ética de nuestro país, ha devenido en un régimen en donde la corrupción se ha desbordado de forma directamente proporcional a la acumulación de poder y al incremento del autoritarismo.

El último escándalo, el de la repotenciación de la Refinería de Esmeraldas, lo pone de manifiesto. Fue tal el monto de lo robado y tan rapaz la manera en que lo hicieron, que seguramente se lo recordará como uno de los más grandes pillajes de la historia. Alex Bravo y la camarilla que lo puso a manejar las empresas y proyectos más grandes del país, también tendrán lugar en la historia de la desvergüenza nacional.

Pero el Presidente, que antes se refería a él como “querido Alex” ya no lo recuerda ni sabe quién es. Nuestro desmemoriado y despistado mandatario, tampoco supo cuáles eran los antecedentes de su primo, y gracias a su desconocimiento, lo puso a dirigir el Banco Central y la agencia que administraba y subastaba los bienes incautados a la banca corrupta que quebró allá por 1.999. Tampoco se enteró de los multimillonarios contratos que empresas vinculadas con su hermano habían firmado con varios de sus más cercanos y apreciados ministros.

Este Presidente de la memoria y el conocimiento selectivos, que sólo recuerda o se entera de aquello que le conviene, el que repite incansablemente “prohibido olvidar”, es quien ha puesto a su aparato de propaganda a organizar el olvido e inventar una nueva historia. Como todas las dictaduras, han buscado liquidar la memoria colectiva para que la gente recuerde exclusivamente aquello que los legitima. Según ese relato, nada bueno ocurrió en este país antes de su llegada; todo era oscuridad y corrupción hasta que llegaron las manos limpias, las mentes lúcidas y los corazones ardientes.

Cuando llegó al poder, no sólo inauguró una nueva historia, también instituyó una nueva forma de meritocracia: “Los representantes del país deben ser los mejores, debemos vivir una estricta meritocracia, nuestra democracia debe estar repleta de excelencia. Esta es una nueva época, y sus representantes deben ser impecables en su proceder ético”, dijo en uno de sus primeros discursos. No sabemos exactamente lo que Correa entiende por “los mejores” ni cuál es su comprensión de “lo ético”, o si su discurso simplemente formó parte de la gigantesca impostura en que se convirtió la Revolución Ciudadana.

Lo cierto es que a partir de esta década ya nunca se nombraron cancilleres como Alfredo Pareja Diezcanseco, Diego Cordovez o José Ayala Lasso pues obviamente no tenían los méritos de Ricardo Patiño o Guillaume Long. Rodrigo Fierro o Plutarco Naranjo nada tenían que hacer frente a la valía de Caroline Chang. Raúl Baca Carbo o Wilfrido Lucero tampoco se parangonan con la inteligencia y preparación de Gabriela Rivadeneira. Edmundo Duran Díaz se queda corto ante la prístina conducta de alguien como Galo Chiriboga. Germánico Salgado o Eduardo Valencia tampoco tenían los méritos de Pedro Delgado. Claudio Malo o Mario Jaramillo carecían de la preparación de Augusto Espinoza. Ramiro Borja y Borja no poseía la formación jurídica ni la honradez de Patricio Pazmiño; Carlos Feraud Blum, los méritos de José Serrano; Alejandro Román Armendáriz los de Vinicio Alvarado. Oswaldo Hurtado o León Roldós, los de Jorge Glas; Abelardo Pachano los de Patricio Rivera; Hugo Ordóñez Espinosa los de Carlos Pólit; Julio César Trujillo los de Virgilio Hernández, Betty Carrillo o Marcela Aguiñaga.

Las comparaciones anteriores muestran que efectivamente la Revolución Ciudadana significó un cambio de época. La meritocracia correísta terminó de sepultar aquellos tiempos en que los Presidentes, en la mayoría de los casos, nombraban como ministros a personas que ellos mismos respetaban y que estaban en condiciones de asesorarlos y no únicamente de cumplir sus órdenes.

Hubo corruptos, es cierto, pero gran parte de quienes fueron altos funcionarios en distintos gobiernos, fueron personas austeras, de indudable estatura intelectual y ética, seres que no enloquecían por el poder ni el dinero y cuyo sentido de la dignidad les impedía recibir órdenes o ser maltratados en privado o en público. La relación con ministros y altos funcionarios cambió y hoy parecería que la condición para llegar a un alto cargo público no es otra que la sumisión absoluta a los caprichos presidenciales. El gabinete y quienes ostentan altas dignidades dentro del Estado no son más que aduladores y cortesanos, seres envilecidos y sumisos que no hacen otra cosa que cumplir órdenes, así estas contravengan las leyes y la ética. Cualquier pelafustán que ostente una maestría y que esté dispuesto a todo con tal de llegar o mantenerse en el poder, es un gran candidato para ser ministro en este nuevo orden meritocrático.

Ya lo dijo Friedrich A. Hayek en ese imprescindible libro intitulado Camino de Servidumbre: “Para ser un elemento útil en la conducción de un Estado totalitario no basta que un hombre esté dispuesto a aceptar especiosas justificaciones para viles hazañas; tiene que estar activamente dispuesto a romper toda norma moral que alguna vez haya conocido, si se considera necesario para el logro del fin que se le ha encomendado. Como es únicamente el líder supremo quien determina los fines, sus instrumentos no pueden tener convicciones morales propias. Tienen, ante todo, que entregarse sin reservas a la persona del líder; pero, después de esto, la cosa más importante es que carezcan por completo de principios y sean literalmente capaces de cualquier cosa. […] Por consiguiente, así como hay poco que pueda inducir a los hombres que son justos, a pretender posiciones directivas en la maquina totalitaria, y mucho para apartarlos, habrá especiales oportunidades para los brutales y los faltos de escrúpulos.”

Albert Cohen, en esa maravillosa novela que es Bella del Señor, ilustra con maestría y belleza el comportamiento de los subalternos, de los arribistas y los sumisos frente a los poderosos:

“Universal adoración de la fuerza. Oh los subalternos resplandecientes bajo el sol del jefe, oh sus amorosas miradas hacia su poderoso, oh sus sonrisas siempre dispuestas, y si se le ocurre soltar una broma cretina, el coro de sus risas sinceras. Sinceras, sí, eso es lo terrible. Porque tras el interesado amor de su marido hacia mí, subyace un amor auténtico, desinteresado, el abyecto amor a los poderosos, la adoración al poder de hacer daño. Oh su perpetua sonrisa fascinada, su amorosa atención, la deferente curva de su trasero mientras yo hablaba. Así, en cuanto el gran babuino macho entra en la jaula, los babuinos machos pero adolescentes o de escasa talla se ponen en cuatro patas, en femenina postura de recibimiento y acogida, en amorosa postura de vasallaje, en sexual homenaje al poder de hacer daño y de matar. Lea los libros sobre monos y verá cómo digo la verdad.”

Tras su paso por la función pública, mi padre volvió a escribir y siguió viviendo con la misma modestia, dignidad y frugalidad de siempre. Nunca se enriqueció y junto con mi madre nos dejaron un nombre limpio al que tratamos de honrar. Hoy, ya viudo y con noventa y tres años, vive de su jubilación y bajo el cuidado de sus hijos y nietos. Este artículo pretendía centrarse en la profunda degradación ética e intelectual de este gobierno. Mi idea fue, fundamentándome en alguno textos de Hayek, mostrar la inevitabilidad de que los peores se pongan a la cabeza en gobiernos dictatoriales y autocráticos. Sin embargo, por efecto de las comparaciones, ha terminado siendo también un homenaje a mi padre, a Jaime Roldós Aguilera, y a todas aquellas personas que adecentaron las instituciones y funciones por las que pasaron. Es una reivindicación de la memoria y de la historia. Es la apelación a la decencia frente al envilecido gobierno de los peores.

  • El texto de Simón Ordóñez Cordero ha sido publicado originalmente en el portal Plan V.