Ecuador. Viernes 9 de diciembre de 2016
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

‘Antes que anochezca’

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Aplasta las teclas de la máquina de escribir con un último aliento de vida y siente, al hacerlo, que las fuerzas se le acaban en esas palabras a las que da forma.

Es su último acto creativo y el último acto de su vida. Es un sol que se apaga y da, a su galaxia, los últimos destellos de su luz. Reinaldo Arenas está en Nueva York y es 1990. Por la ventana de su departamento ve la caída del sol y siente desesperación. Debe terminar de escribir antes que anochezca, antes que la luz se le acabe y antes de fundirse en lo infinito de la noche.

Publicidad

Su vida fue triste, aunque como sucede en toda vida, tuvo momentos de inmensa felicidad. Su abuela, la contemplación del mar, La Ilíada, el sexo y los muchachos, la caída del abominable Muro de Berlín, Lezama Lima. Pero ya no puede trabajar. Llegó a la década de los noventa arrastrándose. Su destrucción es inminente. La decisión de su suicidio está tomada. Sólo necesita terminar las últimas páginas de una obra literaria levantada en 30 años de penurias. Luego, podrá irse en paz, dejando atrás la extraña enfermedad que lo aqueja y lo vence inevitablemente. En su carta de despedida dirá que el único responsable de sus desgracias es Fidel Castro. Pero también dirá que Cuba será libre y que él ya lo es.

Camila Ulloa me dijo que ‘Antes que anochezca’ (Tusquets, 1992) es un libro desolador pero luminoso y que a ella le ayudó a cobrar conciencia política sobre la historia de Cuba y de la izquierda latinoamericana. Ahora sé que el libro es algo más que las memorias de un escritor puro y el testimonio de una pesadilla autoritaria. Es el reflejo de una vida, arrasada por la implacable violencia de la Historia, que encontró justicia en la palabra. En otra ocasión, refiriéndome a Roberto Bolaño, recordé un pensamiento de Monterroso: él decía que el destino de todo escritor latinoamericano era el encierro, el destierro o el entierro. Reinaldo Arenas cumplió con creces esos tres destinos.

Escribo este texto desde Denver, Colorado. Me he propuesto no hacer una crítica literaria ni utilizar a Arenas de pretexto para hablar de la historia y la política de mi país. Quiero hacer una reflexión sobre la escritura, sobre el acto de escribir. Quiero meditar, mientras escribo, en el escritor puro que Reinaldo Arenas fue y en su obsesión por la libertad. ¿No es acaso la escritura pura una manifestación de la libertad del ser humano?

Pienso que sí y Reinaldo Arenas lo sabía. Su vida es el testimonio de un desastre: “Mi infancia y mi adolescencia habían transcurrido bajo la dictadura de Batista y el resto de mi vida bajo la aún más férrea dictadura de Fidel Castro; jamás había sido un verdadero ser humano en todo el sentido de la palabra”. Luego de estar preso en el castillo del Morro, de sufrir la tortura y la persecución, de varios intentos de huir de la isla e intentos de suicidio, Arenas conoció mejor que nadie el horror de la Revolución Cubana y llegó a la conclusión de que la belleza es en sí misma peligrosa, conflictiva, para toda dictadura, porque implica un ámbito que va más allá de los límites en que esa dictadura somete a los seres humanos; es un territorio que escapa al control de la policía política y donde, por tanto, no pueden reinar. “La belleza bajo un sistema dictatorial es siempre disidente, porque toda dictadura es de por sí antiestética, grotesca”, escribió.

Arenas padeció la dictadura de Castro y entendió que toda dictadura tiene sus fanáticos, como Nicolás Guillén o Roberto Fernández Retamar. Hoy, luego de leer su libro revelador y de años de guardar silencio sobre este asunto, puedo decir que también toda dictadura tiene sus cómplices y encubridores, como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Enrique Adoum y Oswaldo Guayasamín. Sus esbirros, como Eduardo Galeano. Sus discípulos, sus acólitos y censores. Y tiene sus víctimas, como Lezama Lima, Virgilio Piñera y todo el pueblo cubano, que ha padecido más de medio siglo de atrocidades. Toda dictadura saca lo peor del ser humano, por eso todos en realidad son víctimas. Toda dictadura destruye vidas y destruye las palabras. Toda dictadura asfixia y prostituye el lenguaje.

Las memorias que Reinaldo Arenas escribió, desde Nueva York y al filo de la muerte, son un documento histórico y doloroso sobre Cuba, así como una reflexión sobre el cuerpo masculino y el ser homosexual, sometido a la violencia brutal y a la intolerancia dogmática y mentirosa. También es una poderosa comprobación de que algún día será la palabra la que encarne la vida y la memoria, frente a la dictadura y la miseria humana. Por lo demás, la realidad ha sido injusta. Arenas pronosticó en 1990 que la libertad estaba por llegar a Cuba y que el pueblo derrocaría a Castro. Han pasado 26 años desde su muerte y más de cincuenta desde el triunfo de la Revolución Cubana. Raúl gobierna y Fidel sigue siendo la nostálgica leyenda de los fanáticos del continente. Aún respira. Los cubanos todavía quieren huir de Cuba, pese a los síntomas de apertura y al coqueteo con Estados Unidos, pues la miseria sigue.

La de Arenas es la historia de un hombre y de un siglo. Todos deberíamos leerla. ‘Antes que anochezca’ constituye el testamento intelectual y moral del homosexual que fue brutalmente perseguido por los nuevos hombres latinoamericanos y a quien la izquierda continental condenó al ostracismo por ser contrarrevolucionario, es decir, mejor creador y más culto, honesto y valiente que todos los bufones. Pero también es la historia de la escritura y de la necesidad que ella tiene de la vida. Es la vida, y no la muerte, la que nos lleva a escribir desesperadamente las cosas que queremos dejar en el mundo, cuando nos aferramos a la idea de que podemos vivir en las palabras. Reinaldo Arenas lo sabía y por eso la vida, ilimitada y brillante, es su legado. Vivir es, en realidad, el único acto revolucionario de verdad.

Publicidad