Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Adalber Salas frente a la violencia caraqueña

Alejandro Veiga Expósito
Leeds, Reino Unido

La dificultad de enfrentar una catástrofe a través del acto creativo radica en el respeto a la memoria de las víctimas y en crear una obra cuya estrategia de recepción sea la más adecuada para hacer visible la situación tratada.

Los últimos años en Venezuela presentan un gran problema creativo en este sentido debido a la polarización extrema que recorre el país y el mundo con respecto a quiénes son los responsables del actual estado violencia en el que se encuentra el país. El libro Salvoconducto del poeta venezolano Adalber Salas Hernández, con quien crecí balbuceando versos por las calles de Caracas, es una obra que se enfrenta a un tema tan complicado como este desde una estrategia poética tremendamente compleja en su sencillez y sinceridad. Salvoconducto, editado por la editorial española Pre-Textos en 2015 y ganador del Premio Arcipreste de Hita 2014, deja una profunda marca en el lector por su manera de poetizar la violencia desde la intimidad. La sátira y la enajenación se proyectan sobre una ciudad que se convierte en una herencia incómoda para el lector.


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Salvoconducto dialoga con la violencia cotidiana de Caracas, entre otros temas no menos importantes, pero principalmente resalta el valor actual de la poesía en un mundo regido por la inmediatez. El poder de la poesía en este tipo de obras se encuentra en su capacidad de llevarnos al plano más personal de ciertos problemas sociales. No hablamos de una poesía con un estricto carácter de denuncia. El lector de este libro no será capaz de saber cómo vive día a día un habitante en los barrios marginados de la ciudad. No. El lector de este libro conecta profundamente con la experiencia psicológica que representa vivir en una ciudad que se sostiene en parte gracias al miedo y la valentía de sus habitantes.

Se puede creer que la poesía -junto al arte contemporáneo-, frente a la narrativa, el teatro o el cine, tiene una facilidad para realizar un tratamiento ético de la violencia, gracias a su tendencia hacia la abstracción y su capacidad para desautomatizar al mundo, llevarlo hacia lo irracional, pero ya Paul Celan demostró que esto no es así. La vida se lo llevó intentando encontrar que el lenguaje pudiera dar testimonio de su experiencia en la Shoah. Hacer que el lenguaje nombre lo innombrable: la experiencia íntima ante la catástrofe, no es una tarea fácil. El poeta se enfrenta al lenguaje en una arena donde dar testimonio de su experiencia sin imponer una narrativa única es el objetivo principal. La metáfora aquí no busca dar un nuevo significado a lo real, sino crear significado.

Los periodistas, filósofos, políticos, críticos y economistas nos enfrentan a cifras, estadísticas o lecturas ideológicas que, no por ser menos útiles, marchan rápido de nuestras vidas debido a su lejanía, a su impersonalidad y fácil digestión. Con la misma facilidad con que las recibimos, se marchan. Sin embargo, obras como Salvoconducto logran fijarnos en una experiencia gracias a su tratamiento de sentimientos cercanos y universales como el horror, la nostalgia o la alienación, en medio de una capacidad para hacernos reflexionar sobre dificultades sociales. No se nos entrega un plato para consumir, sino elementos con los cuales construir un mensaje propio, íntimo. Y no me refiero únicamente a la poética de Adalber Salas en Salvoconducto, sino a directores como Theo Angelopoulus, fotógrafos como Sebᾶstiao Salgado, artistas como Doris Salcedo, escritores como Roberto Bolaño o dramaturgos como Juan Mayorga, que saltan la barrera de lo panfletario en sus obras, rompen con la denuncia, adentrándose en la complejidad del ser humano, en su psique, en lo que nos conecta a todos en medio de la catástrofe: la búsqueda de aquello que se ha perdido.

Adalber Salas nos lleva a una ciudad donde los cadáveres se amontonan entre habitantes que se sienten en un error geográfico. Hay una presencia de la mejor poesía urbana venezolana del siglo XX, que cambió por completo nuestra visión de la ciudad, pero llevada a otra dimensión demandada por la generación que creció en la Caracas de los noventa y dos mil. Dos poéticas diferentes para dos ciudades diferentes. Si en la obra de los escritores de El techo de la Ballena, el smog y el asfalto eran los protagonistas del absurdo y el humor, en Salvoconducto se nos dibuja una pintura renacentista donde la frustración y la alienación de los habitantes toman forma de personajes que posan tras un paisaje desolado dibujado bajo la ironía y la sátira: una ciudad inundada, donde los poetas intentan discernir qué hacer con un vertedero de basura. Una ciudad llena de muñecos de cera derritiéndose, donde las palabras te secuestran apestando a bazuco y aguardiente para salvarte. Habitantes mancos que no pueden saludar. Un presidente triste preso de su insomnio. El primer muerto.

Nada de esto nos lleva a experimentar de primera mano lo que es un secuestro, una violación, un asesinato, un robo a mano armada o la cantidad masiva en la que estos sucesos pasan diariamente en Venezuela. Tampoco se intenta ver estas situaciones bajo una nueva perspectiva. Salvoconducto es una obra bejaminiana, se levanta sobre la elipsis, la fragmentación, el dar vueltas en torno al mismo hecho y la contradicción. He recordado mucho tras su lectura cuando hace algunos años fui con Adalber y nuestra querida amiga Rosana Toro a visitar la tumba de Walter Benjamin en Portbou, siguiendo su obsesión con escritores suicidas, para luego descubrir que la muerte de Benjamin fue mucho más compleja que un premeditado suicidio. Algo similar sucede con la lectura de Salvoconducto, descubrimos un plano de la cotidianidad caraqueña que no es lo que parece, que creíamos conocer. Experimentamos la extrañeza de enfrentarnos a un lugar arisco que nos vio nacer. Paseamos por un paisaje que nos oprime y preocupa profundamente, como si alguna vez hubiéramos sido unos jóvenes mordiendo el asfalto, las librerías, las tabernas y cafés de una ciudad con la cual ya no sabemos qué hacer.