Ecuador. lunes 20 de noviembre de 2017
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¡Muera la ideología de género!

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Probablemente, una de las más formidables novelas de la tradición latinoamericana, especialmente de la argentina –que ya es decir–, sea ‘El beso de la mujer araña’, escrita por el escritor homosexual Manuel Puig, posteriormente llevada al cine por el director Héctor Babenco.

En ella, se cuenta la historia de dos compañeros de celda que, en el contexto de una dictadura en la Argentina, fueron reprimidos por razones poderosas: Valentín Arregui, por subversivo, y Molina, por ‘loca’. El primero, un macho cabrío, revolucionario y materialista dialéctico; el segundo, un animal sentimental acusado injustamente de corrupción de menores. Durante la obra, se pasa revista, en el interior de la celda, por muchas de las más fascinantes imágenes del cine del siglo XX.


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He pensado en Puig y esa obra maestra que publicó en 1976, a propósito de una multitudinaria marcha que el pasado sábado recorrió calles de algunas ciudades del Ecuador, con la consigna de defender la familia tradicional, binaria, patriarcal, heterosexual, de clase media con aspiraciones de altísima, cristiana y blanca. Muchas de las personas que concurrieron a esta marcha, fueron creyendo en postulados inventados por organizaciones reaccionarias sobre supuestos libros de texto donde se invita a la promiscuidad moral y al libertinaje sexual, así como un supuesto proyecto de Ley que consagra y estimula las perversiones. Su discurso fue contra la ideología de género, que es el enunciado que usan para referirse al enfoque de género.

No quiero hablar del enfoque de género, cuando gente más autorizada que yo lo podrá explicar, sólo diré que lo concibo como una necesaria metodología que busca el respeto a la igualdad y a los derechos de todos los seres humanos, sin consideración de su opción sexual o su identidad de género, algo elemental en una sociedad democrática. Tampoco es mi deseo comentar la marcha, más allá de que me sorprendió que no sea más multitudinaria, pues como dijo Silvia Buendía, esto es Ecuador y no Suecia.

Quiero, sin duda, hablar de literatura, que es ese espacio diáfano en el que, como en cualquier otra manifestación del arte, el ser humano se obliga a superarse a sí mismo. A crecer. A aproximarse, de algún extraño modo, al non plus ultra de nuestra condición humana. ‘El beso de la mujer araña’, es por un lado la historia del horror que un régimen dictatorial y sanguinario encarna, obsesionado en la persecución contra todo tipo de disidencia, las políticas, las intelectuales, las sexuales. Pero, por otro lado, es la historia del descubrimiento de la sensibilidad masculina, por medio de un revelador proceso de retorno al sentido de lo humano, al asombro, a la empatía y la ternura.

Valentín Arregui, el bravo y valiente revolucionario, que pretende cambiar la historia nacional con las armas para repartir la riqueza e instaurar la justicia social, descubre que quizá no saldrá vivo de la cárcel en donde se halla recluido, que quizá su sueño revolucionario terminará frustrado y sus camaradas también serán vencidos. También descubre que no está solo, ya que en la celda, ese otro ser humano, Molina, es una compañía, que le habla de películas y le permite sentir un espacio de libertad que no había experimentado. No sólo la libertad de sus ideas políticas, sino una noción que lo libera de su propia ideología, del estereotipo y dogma del hombre revolucionario.

La amistad entre Víctor Arregui y Molina –Borges decía, que la amistad no es menos peligrosa que el amor, pero tampoco menos fascinante–, jamás podrá ser considerada heterosexual. Fue una amistad homosexual. El revolucionario total, descubre, en una celda, quizá no sólo aquella en la que la dictadura lo recluyó sino una de dimensiones sociales, que dos hombres en realidad son ante todo dos seres humanos, dos cuerpos, que pueden conocer el amor, ya sea físico, intelectual, espiritual, sexual o sencillamente platónico.

La literatura tiene una capacidad muy grande para explorar en el sentido de lo humano, en cuanto es un argumento subjetivo. Puig, por su parte, fue un autor dotado de una sensibilidad y una humanidad asombrosas, motivo por el cual sus libros –geniales muchos, como ‘Boquitas pintadas’ y ‘Pubis angelical’– sufrieron la prohibición, al oponerse al estereotipo de macho impulsado por las dictaduras de todo tipo.

La historia de la humanidad, sin embargo, les debe demasiado a genios que sufrieron la represión por motivos de género, como Oscar Wilde, Freddie Mercury, Patricia Highsmith, Jaime Gil de Biedma, Frida, Michel Foucault, Da Vinci, Sócrates o Gabriela Mistral, por citar unos pocos. De hecho, el inventor del mundo en que hoy vivimos, Alan Turing, ganó con su cerebro la Segunda Guerra Mundial e inventó la computadora –sí, ese genio–, soñando que algún día, como sucede actualmente, su invento iba a ser de tal tamaño que todos las llevaríamos en el bolsillo. El Imperio Británico le premio por haber cambiado para siempre el mundo condenándole a la castración química por el delito de ser homosexual, ante lo cual prefirió suicidarse comiendo una manzana envenenada. Sí, la manzana con que Steve Jobs inmortalizó la imagen de su compañía, la Apple, y que inicialmente tenía los colores de la comunidad GLBTI.

Legar a los niños el odio, la intolerancia y la discriminación es, al menos, reprochable, cuando evidentemente se les puede legar mucho más: el respeto a todos los seres humanos, un enfoque de género que sin duda enriquecerá su cultura y su humanidad, la posibilidad de ser personas que no se sienten en el derecho de imponer sus dogmas a toda la sociedad, una libertad que jamás les lleve a discriminar y excluir a otras personas por su orientación política, religiosa, sexual, cultural o cualquier otra razón. En el enfoque de género, se garantiza una sociedad más abierta, donde las mujeres pueden reivindicar sus derechos en un ambiente plural y no de represión o subyugación. El fanatismo de quienes lo califican ideología de género y se llevan las manos a la cabeza ante dos personas del mismo sexo besándose, muchas veces me recuerda a la frase con que el recalcitrante José Millán-Astray respondió al rector de Salamanca, Miguel de Unamuno, el 12 de octubre de 1936, en el nacimiento de un largo y doloroso franquismo de cuatro décadas, tan coherente con esas premonitorias y nefastas palabras: “¡Muera la inteligencia!”