Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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El mercado como medida de todas las cosas

Sebastian Raza
Londres, Reino Unido

Me han atacado muchas veces de utilizar ‘el chivo expiatorio’ de la izquierda al enunciar la palabra ‘neoliberalismo’.

Es cierto que este vocablo tiene carga y usos políticos. Sin embargo, considero que permite poner en evidencia un fenómeno real. A nivel académico siempre he evitado su uso, aunque cada vez me siento más tentado a aceptarlo. En lo que sigue me dedicaré a explicar a qué me refiero cuando digo neoliberalismo. Lo haré desde dos perspectivas que son opuestas pero que convergen para explicar este fenómeno (para que no me acusen de ‘marxista’ o, peor aún, de ‘marxista cultural’).


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Desde la teoría de sistemas de Niklas Luhmann, la característica de la modernidad radica en que la sociedad empieza a diferenciarse de acuerdo a funciones específicas. Esta diferenciación crea subsistemas que operan autopoiéticamente según sus propios códigos, semánticas, significados y ‘medios de comunicación generalizados’. Suena aterrador y confuso. Sí, Luhmann es una maquina teórica y este no es el espacio para ahondar en su teoría, así que me dedicaré a ponerla en palabras simples. Los subsistemas de los que Luhmann habla son la política, la economía, el derecho, entre otros. Y los medios con los que operan están relacionados con las funciones que buscan cumplir: el medio de la economía es el dinero, el medio de la política es el poder, etc. Decir que operan según sus propios códigos autopiéticamente y que la sociedad ha pasado por un proceso de diferenciación funcional tiene dos implicaciones interrelacionadas. Primero, no hay un centro desde el cual la sociedad pueda ser dirigida, debido a que los sistemas no pueden realmente ‘observar’ lo que sucede en otros sistemas si no es a través de sus propios códigos. Por tanto, toda desdiferenciación, es decir, toda vez que un sistema ‘comanda’ a otro sistema o permea sus códigos en otro sistema, estamos frente a un momento problemático, pues ambos sistemas empiezan a crear disfuncionalidades. Segundo, no se puede ‘humanizar’ la sociedad, pues los sistemas operan según sus propios códigos: la política opera según el poder ‘sin importar a quién le toque’; la ciencia busca la verdad ‘más allá de buscar un cosmos que esté ordenado y que pueda atribuirse a un Dios’; el arte busca la belleza ‘por el simple hecho de la belleza’; la justicia opera con puros parámetros legales ‘sin amor y sin odio’; etc. Todos detestamos cuando un sistema ‘comanda’ o disemina sus códigos en otros y somos conscientes de los problemas que esto trae para el funcionamiento de los subsistemas: odiamos la politización de la justicia, la judicialización de la política, la estetización de la política, la politización del arte, la politización de la educación, la monetización de la educación, y así podría seguir por muchas páginas.

Aldo Mascareño, quizá el mejor luhmanniano en América Latina, ha argumentado convincentemente que en nuestra región ha habido dos procesos de desdiferenciación: uno que viene desde la política (piénsese en las dictaduras o en los momentos que todo parece girar alrededor de un partido político) y otro que viene desde la economía. No es el caso que estos correspondan a dos periodos distintos. En realidad, la extemporaneidad propia de lo social hace que todo esté solapado y sea caótico: si bien la política en Ecuador en los últimos años ha logrado comandar y diseminar sus medios en el campo de la justicia, el mercado ha desdiferenciado y monetizado a la educación desde hace más de 25 años. No es posible negar que el dinero interviene en la definición de calidad de la educación en nuestro país. En estos términos, el neoliberalismo es la contracara de lo que mis ‘amigos’ neoliberales critican: si bien el Estado y la política han logrado desdiferenciar a la sociedad; ellos ‘buscarían’ que sea el Mercado y la economía los que tengan este rol. El medio dinero, así como el medio poder, tienen una increíble capacidad de penetrar en distintos ámbitos sociales y de definir las operaciones de otros sistemas. El arte, por ejemplo, tiene que vender o alinearse a un partido político. Lo mismo puede decirse de los medios de comunicación que, a excepción de unos pocos, o están ciegamente alineados con un partido (oposición u oficialismo) o simplemente hacen lo que les puede dar réditos económicos (noticias amarillistas, exposición del cuerpo humano, programas basura, etc.). Cuando decimos neoliberalismo, es precisamente a eso a lo que hacemos referencia: cuando toda operación de lo social se monetiza o está dirigida por el sistema económico y sus códigos.

La genialidad de Luhmann no está tanto en su temática, sino en la forma de abordarla. El problema de la fragmentación, la imposibilidad de una articulación central y la explosión centrífuga de la sociedad (lo que en filosofía alemana se denomina como la imposibilidad de aufgehoben) está presente en autores temporal y filosóficamente divergentes como Hegel, Weber, Giddens, Bourdieu, etc. La diferencia es que, si para Hegel (el de la Filosofía del Derecho) la diferenciación debía entenderse como la aparición de esferas distintas en las que la sociedad cumple diversas expectativas normativas y para Weber la diferenciación consistía en la multiplicación de valores y órdenes vitales a partir de los que los humanos pueden conducir su vida, Luhmann lleva esta premisa a un nivel de abstracción insólito: no solo creación de expectativas y significado, sino también funciones, roles, medios y operaciones.

Desde la ‘teoría’ (si es que existe) foucaultiana, el neoliberalismo debe entenderse como el momento en que el Mercado se constituye en el régimen de verdad que guía nuestras formas de conducirnos en el mundo (subjetividad), las relaciones de poder y las acciones gubernamentales. Como en Luhmann, aunque con menos refinamiento teórico-conceptual, se reconoce que hay un momento en el que el Mercado se constituye en la medida de todas las cosas. Todas nuestras acciones humanas se entienden como acciones económicas o dirigidas por patrones de mercado. Los pensadores ‘neoliberales’ lo tenían claro: Mises llamó a su libro Acción Humana y Becker creía que podía descubrir la clave para entender toda acción humana como acción económica (basta ver sus tratados sobre la familia en los que reduce las relaciones de familia a relaciones económicas y su artículo Competition and Democracy en el que reduce acciones políticas a una cuestión de acciones de mercado). Aunque se le puede ver como weberiano, Mises no entendió que Weber tenía claro que cualquier forma de acción es always already una acción social, que hay distintas formas de acción social y que no es posible hablar de acción humana.

Más importante aún: se diseminan principios de mercado en la totalidad de lo social y el mercado y el dinero se convierten en la medida de todas las cosas. Veamos ejemplos: El periódico El Mundo pone como titular ‘Quito pierde cada año 125 millones de dólares desde que perdió su feria taurina’; El Comercio: ‘Riesgo País aumentó tras el resultado electoral del 2 abril’; The Guardian: ‘Stock markets surge after French election result’; The Times: ‘Markets calmed by Macron surge’; El País: ‘Independencia de Cataluña: Las grandes empresas se van’; Fox: ‘Brexit day may rock financial markets’; The Guardian: ‘Markets fall after Trump threatens North Korea with “fire and fury”’; CNBC: ‘European Markets close slightly higher after German election result’….

Se podría continuar, pero creo que el punto es claro: decisiones políticas se enmarcan en clave económica dentro de los parámetros del mercado. Como si los mercados saben mejor lo que la gente quiere. Es absurdo. En lugar de pensar en términos de soberanía, problemas de racismo, disminución de derechos, asustarse porque Trump dice que va a iniciar una guerra, festejar la victoria de Macron porque significó la derrota de la derecha extrema, debatir el significado político y social del ascenso de la AfD en Alemania, Brexit o Trump, comprender que los quiteños votaron no a las corridas en un acto de auto-determinación; todo se entiende como un problema de los mercados y de lo que ‘sienten’. Alguna vez escuché a un profesor universitario decir que los mercados se asustan, se ponen tímidos, etc. Entiendo que es una metáfora, pero eso no deja de hacerla fallida y peligrosa: los mercados no ‘sienten’, operan según sus códigos que no toman en cuenta al humano de carne y hueso sino simplemente sus propias operaciones. Los mercados, así como el Estado, opera sin odio ni amor. Simplemente buscan reproducir sus operaciones pasadas.

La desdiferenciación de la sociedad por medio de la economía o el posicionamiento del Mercado como lugar de veridicción no termina ahí. Esto penetra el sentido común y nuestras formas de sentir, pensar y experimentar el mundo. Un vano ejemplo: ¿por qué pensamos que un empresario o banquero va a ser un buen presidente? En la historia de la humanidad se ha derramado mucha tinta sobre qué es lo que hace al buen gobernante. Desde Platón hasta Max Weber, se ha hablado siempre de cómo debe ser un político. No todos hablan de virtudes ideales ni pintan a los políticos como seres quasi-divinos. Por el contrario, muchos reconocen su humanidad y debilidades y demandan mesura, compromiso, ideales, responsabilidad (pienso en la hermosa Política como Vocación de Weber). ¿Qué tanto hemos involucionado (o qué tanto la sociedad se ha desdiferenciado) para que nosotros pensemos que un buen administrador puede ser un buen político? La desdiferenciación no solo perjudica al mundo: nos hace estúpidos, pues simplifica las formas en las cuáles comprendemos nuestra existencia. Pensar que un banquero, por más exitoso que sea, sería un gran presidente es solo el epítome de una desdiferenciación patológica en la que el Mercado se ha convertido en el único lugar desde el cual observamos e interpretamos el mundo.

Como dije antes: estoy consciente que la sociedad, en el punto en que nos encontramos, no puede ser ‘humanizada’. El humano no puede volver a ser la medida de todas las cosas. Estos son los costos de vivir en complejidad. Sin embargo, esto no significa que quedemos impávidos ante desdiferenciaciones que vengan o de la política o de la economía. Así como protestamos en contra de la injerencia estatal, protestemos con la misma o más fuerza contra la injerencia del mercado. Personalmente, creo que la injerencia del mercado es peor. Al menos a los políticos podemos verlos, fiscalizarlos y demandar cosas de ellos. Los banqueros/empresarios son volátiles y están a un click de distancia de irse, no volver, sacar su dinero y, si quisieran, desaparecer. Muchas veces nos hacen daño sin ni siquiera poder verlos o conocerlos.

En el mundo moderno, al fin y al cabo, lo menos malo es que los sistemas operen dentro de sus límites con sus propios códigos: dejemos que la familia opere según el amor y no según la moral, que la justicia opere según la ley y no según el poder, que la economía opere según el dinero, etc. Es difícil vivir en un mundo como el actual. Es difícil aceptar que las cosas no son como quisiéramos que fuesen: que el amor no se puede buscar en el mercado, que el amor es ajeno a la moral, que el dinero tiene límites, que el poder no puede conseguirlo todo. Los sistemas, como dirían los luhmannianos, seguirán operando y creando redundancias que pueden traducirse en la diseminación de sus medios y la desdiferenciación de la sociedad. Nuestro deber es poner límites a la autopoiésis de los sistemas, precisamente para que no llegue el punto en que todo, hasta el cuerpo humano, esté monetizado o en el que el Estado controle todo. Con la misma sospecha que vemos a los que buscan la concentración autoritaria del poder debemos ver a los que quieren que el mundo esté hecho a la medida del mercado y el dinero.