Las muñecas de la mafia… y los muñecos que nadie quiere ver

Imagen difundida en redes sociales, de origen desconocido, que muestra una cancha del Golf Club, en Mocolí, tras un sicariato el 7 de enero de 2026.

René Betancourt

Quito, Ecuador

Hubo un tiempo en que las narco-telenovelas se miraban con la conciencia en pantuflas y el control remoto en la mano. Eran historias ajenas, acentos extranjeros, balas que sonaban lejos. Mujeres bonitas, capos poderosos, joyas, traiciones, camas caras y finales trágicos. Puro entretenimiento, pura ficción. Colombia, México. Aquí no. Hasta que aquí sí. La historia de Las muñecas de la mafia no cruzó la frontera como simple producto cultural. Entró por la puerta grande, se sentó en la sala, pidió wifi y empezó a mandar. En Ecuador dejó de ser novela. Es noticiero. Es vecindario. Es club privado. Es cancha de golf.

El relato se volvió más nítido porque aparecieron escenas de la vida real: fotos, videos, chats y testimonios que mostraban estilos de vida ostentosos, viajes repentinos y lujos exprés de jóvenes que ayer no tenían nada. Surgieron nombres propios, direcciones concretas y conexiones visibles con capos, políticos y medios de comunicación. Lo que antes parecía ficción televisiva empezó a tener rostro, apellido y filtros de Instagram.

El 7 de enero la realidad se cansó del disimulo. Un ataque armado en la cancha del Mocolí Golf Club hizo añicos la fantasía de las burbujas blindadas. Tres muertos, entre ellos alias Marino, cabecilla de Los Lagartos, cayendo a tiros en una de las zonas más exclusivas del país. La violencia no pidió permiso. Entró disparando Después vino lo previsible. Mujeres vinculadas a ese entorno hicieron maletas y salieron del país a toda prisa. No por turismo. Por supervivencia.

En medio de ese ruido, ciertos nombres empezaron a circular con velocidad viral. Etiquetadas y señaladas, se convirtieron en material permanente para TikTok e Instagram. La sospecha digital se volvió sentencia instantánea. Sin embargo, en los registros oficiales reina el silencio: no hay procesos penales abiertos ni sentencias que respalden esas acusaciones. La presunción de inocencia sigue en pie, aunque el linchamiento en redes ya haya cobrado su cuota.

Todo ese espectáculo ha sido amplificado por una auténtica industria del morbo: una prensa que prefiere contar cirugías y carteras antes que investigar patrimonios, que convierte la sospecha en titular y la estética en condena, que produce clics fáciles mientras evita preguntas difíciles. Señalar a unas cuantas mujeres resulta cómodo, rentable y poco peligroso. Mirar la caja fuerte, en cambio, exige valentía y trabajo. Mientras todos miran el cuerpo, casi nadie se asoma al dinero. Ellas son apenas la vitrina iluminada del negocio, el anzuelo perfecto, el tip del iceberg con luces LED. La prensa se aferra a esa superficie porque es visible y fácil de vender, porque genera morbo sin incomodar a nadie importante y porque es más sencillo hablar de filtros de Instagram que de transferencias bancarias. Así se construye un relato donde el escándalo es cosmético y la estructura queda intacta.

Hay muñecas, claro. Pero también hay muñecos. Muñecos viejos, trajeados, con barriga respetable y biografía impecable. Muñecos y muñecas maduras que no tunean el cuerpo, pero sí las cuentas, las empresas fantasmas y los contratos públicos. Cambia el envoltorio, se sofistica el discurso, se barniza la imagen. El negocio, sin embargo, es exactamente el mismo.

En ese engranaje las muñecas aparecen como piezas menores: firmas ocasionales, rostros útiles para esconder manos sucias. Detrás de ellas operan redes profesionales y financieras que completan el blanqueo. Sin esos muñecos, no habría muñecas.

Por eso conviene decirlo sin rodeos. El problema no son las muñecas de la mafia. El problema son los muñecos de la mafia, y es necesario ponerles nombre funcional. Son los políticos que financian campañas con dinero inexplicable; los jueces que archivan causas sensibles con una firma milagrosa; los fiscales que se hacen los ciegos ante fortunas repentinas; los empresarios que prestan compañías para blanquear capitales; los abogados y contadores que fabrican empresas de papel; los banqueros que reciben depósitos sospechosos sin hacer preguntas; los comunicadores que maquillan escándalos a cambio de publicidad; y los funcionarios que convierten oficinas públicas en ventanillas privadas.

Esos son los que tienen sellos, contratos y escritorios. Los que nunca aparecen en listas virales, pero deciden quién investiga y quién se salva. Sin ellos, el delito seguiría siendo delito. Con ellos, se vuelve negocio respetable.

Aquí hace falta un poco de realidad técnica. Las llamadas muñecas lavan muy poco dinero. Compran ropa, viajes, joyas, un departamento, un carro. Eso es apenas menudeo del blanqueo. El lavado grande ocurre en otro piso del edificio: constructoras que levantan torres sin vender un solo metro cuadrado, importadoras que facturan millones sin clientes reales, contratos públicos inflados, fideicomisos opacos, cooperativas usadas como alcancías, exportaciones ficticias y transferencias internacionales que pasan por bancos respetables. Ahí se mueve la verdadera manguera de dólares.

Y la pregunta incómoda es inevitable: cuántos de esos grandes lavadores están presos. Cuántos gerentes de banco han sido condenados. Cuántos notarios, auditores y empresarios están respondiendo ante un juez. La respuesta es casi siempre la misma: ninguna, o casi ninguno, que por la ley de la gravedad es lo mismo.

Ecuador vive con doble contabilidad. Una la llevan los ministerios y otra los contadores del crimen. En los balances oficiales se habla de inflación y crecimiento; en los pasillos reales se habla de caletas, transferencias y testaferros. El dinero sucio compra silencio, edificios y voluntades. El verdadero negocio no está solo en los fusiles, sino en las facturas. El lavado convierte sangre en departamentos y cocaína en fundaciones caritativas. Sectores enteros funcionan como lavanderías de lujo: bienes raíces, importadoras, turismo. Las regulaciones son tan blandas que parecen hechas para no incomodar a nadie.

Lo más inquietante es la normalización del delito. Se ha vuelto cotidiano convivir con fortunas inexplicables, escoltas armados y empresas que prosperan sin vender nada. Se mira a otro lado por miedo, por comodidad o por simple costumbre. Esa tolerancia silenciosa es la verdadera victoria del crimen organizado. Cuando la sociedad aprende a convivir con el delito como quien convive con la humedad, el problema deja de ser policial y se vuelve cultural.

Frente a este panorama, Ecuador requiere una política de Estado que se atreva a tocar el corazón del problema: el dinero. Sin atacar de verdad el lavado de activos, todo lo demás es maquillaje. La impunidad existe porque la justicia no investiga patrimonios ni estilos de vida, porque no pregunta cómo se pagan casas, autos y viajes, porque evita mirar donde realmente duele.

Eso debería estar en la mira de cualquier fiscal.
Ahí se lava el dinero. Punto.

Las muñecas son la superficie.
Los muñecos son el verdadero problema.

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