Quito, Ecuador
Las guerras tienen la incómoda virtud de desnudar ficciones. La ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada el 28 de febrero, ha hecho exactamente eso con Europa. Ha barrido el velo de su retórica diplomática y ha expuesto una realidad simple: cuando empiezan los misiles, el continente que presume de defender el derecho internacional se limita a observar cómo otros deciden su destino.
Donald Trump anunció la ofensiva con una frase que pretendía justificarlo todo: “La hora de su libertad está cerca”. El argumento es conocido. Occidente bombardea en nombre de la libertad, aunque la libertad rara vez sobreviva al bombardeo.
En teoría, la guerra no se libra solo contra instalaciones militares o contra un programa nuclear, sino contra una tiranía. Las bombas, se dice, preparan el terreno para la democracia. El problema con esa narrativa es que ya se ha escuchado demasiadas veces: Vietnam, Somalia, Irak, Afganistán, Libia, Yemen, Siria.
En casi todos esos casos, las guerras que prometían liberar terminaron dejando Estados debilitados, sociedades fracturadas o conflictos que aún no terminan.
Pero esta vez hay algo especialmente incómodo para quienes sostienen ese argumento: las objeciones más incisivas no provienen solo de diplomáticos europeos ni de analistas occidentales. También llegan desde dentro de Irán, incluso de sectores de la sociedad civil que llevan años enfrentando a un régimen marcado por la represión y la persecución de disidentes.
Las protestas desencadenadas en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini mostraron hasta qué punto una parte importante de la sociedad iraní desea cambios profundos. Pero ese deseo de transformación no convierte automáticamente cualquier guerra en una cruzada democrática. La historia sugiere más bien lo contrario.
La historiadora Naghmeh Sohrabi, profesora de Medio Oriente en la Universidad Brandeis, explica por qué. Antes de los bombardeos, Irán ya era un país al límite: sanciones económicas, crisis social y espacios de disidencia cada vez más estrechos. Sin embargo, todavía existían debates y movimientos sociales que discutían el futuro político del país. La guerra altera radicalmente ese terreno. Cuando empiezan a caer las bombas, la libertad deja de ser la prioridad inmediata. La prioridad pasa a ser sobrevivir.
Esa dinámica también revela una realidad incómoda: la sociedad iraní está lejos de ser homogénea frente al conflicto. Algunos ven los ataques como una oportunidad para debilitar al régimen; otros los rechazan por el sufrimiento que provocan y por el riesgo de destruir el país. Muchos parecen atrapados entre dos rechazos simultáneos: no apoyan a la República Islámica, pero tampoco desean una intervención militar extranjera. Reconocer esa complejidad es fundamental.
Pero mientras el debate moral se desarrolla dentro y fuera de Irán, la guerra ya está desbordando sus fronteras. Misiles y drones iraníes han golpeado objetivos en Israel y en países del Golfo que albergan bases estadounidenses. Hezbollah ha reanudado ataques desde Líbano y el conflicto empieza a irradiarse por toda la región.
La expansión del conflicto empieza a revelar otra dimensión del problema: la posición incómoda de Europa y sus limitaciones estratégicas frente a las grandes crisis internacionales.
Europa no fue consultada antes de la ofensiva ni participa de forma decisiva en su conducción. Sin embargo, tendrá que absorber buena parte de sus costos económicos, energéticos y de seguridad. Esa paradoja define bien su papel en esta crisis. El continente no decide el curso de la guerra, pero sí deberá lidiar con sus consecuencias.
Algunas voces europeas han intentado marcar posición. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fue contundente al referirse al régimen iraní: “No debería derramarse ni una lágrima por un régimen que ha reprimido a su propio pueblo y desestabilizado la región”. Pero más allá de declaraciones aisladas, la respuesta del continente ha sido cautelosa.
La reacción de los gobiernos europeos confirma esa posición incómoda. Ningún país ha abrazado la ofensiva con entusiasmo, pero tampoco ha querido confrontarla abiertamente. Francia evita el combate directo mientras despliega el portaaviones Charles de Gaulle en el Mediterráneo. Reino Unido refuerza la defensa de sus bases militares. Italia insiste en que no es parte del conflicto, mientras Alemania oscila entre su cercanía política con Washington y su prudencia militar.
Las divisiones internas refuerzan esa ambigüedad. Alemania ha mostrado mayor comprensión hacia los objetivos estratégicos de Estados Unidos e Israel. España e Italia han sido más críticas frente a la intervención unilateral, mientras Polonia y varios países del este europeo la respaldan con mayor claridad. El resultado no es una política exterior común, sino un continente dividido sobre el uso de la fuerza, su relación con Washington y el verdadero alcance de su proclamada autonomía estratégica.
Esa desarticulación no es un problema abstracto. La guerra golpea intereses europeos muy concretos. El primero es la seguridad energética. El estrecho de Ormuz es una de las arterias vitales del comercio mundial de petróleo y gas, y basta con ataques a buques, aumento de primas de seguro o interrupciones logísticas para disparar los precios.
Los mercados ya han reaccionado con subidas del petróleo y del gas que se trasladan rápidamente a los costos de transporte, la inflación y el precio de la energía para hogares y empresas.
El segundo frente es la seguridad regional. El conflicto amenaza con extenderse hacia Líbano, Irak, Siria y el mar Rojo, donde Hezbollah, milicias proiraníes y los hutíes podrían abrir nuevos frentes.
Pero el dilema europeo no es solo estratégico. También es político. Europa se presenta como una potencia normativa, defensora del derecho internacional y del multilateralismo. Sin embargo, cuando un aliado decide lanzar una guerra preventiva cuya legalidad es ampliamente discutida, el continente se repliega en la ambigüedad.
Parte de la explicación es sencilla. Para muchos gobiernos europeos la prioridad sigue siendo Ucrania. Existe el temor de que una guerra prolongada con Irán desvíe la atención y los recursos militares de Washington lejos del frente europeo. Al mismo tiempo, el conflicto ya empieza a proyectar una sombra económica.
El alza de los precios energéticos podría fortalecer financieramente a Rusia y prolongar su capacidad de sostener la guerra, mientras en Europa amenaza con reavivar la inflación y encarecer nuevamente el costo de vida. No es casual que los ministros de Finanzas y los bancos centrales del G7 hayan convocado reuniones de emergencia para evaluar el impacto en los mercados energéticos.
La cuestión de fondo es si Europa está preparada para algo más que gestionar las consecuencias. El continente dispone de herramientas institucionales, desde mecanismos de protección consular hasta instrumentos de seguridad y respuesta civil. Pero tener herramientas no es lo mismo que tener una estrategia.
La pregunta que emerge entonces es inevitable. ¿Puede un continente reclamar liderazgo moral mientras guarda silencio ante la guerra de sus aliados? El problema no es solo moral. También es un problema de credibilidad, y en política internacional la credibilidad no se proclama. Se demuestra.
En ese clima de cautela, España ha marcado una excepción. Pedro Sánchez condenó la intervención y negó el uso de las bases de Rota y Morón para operaciones vinculadas al ataque. Trump respondió con amenazas comerciales y calificó a España como un “terrible aliado”.
Sánchez respondió elevando el conflicto al terreno de la soberanía: “Decir no a la guerra, afirmó, es decir sí a la soberanía de España”. La frase tiene un evidente componente de política interna, pero también expone una tensión más profunda dentro de Europa: la dificultad de disentir de Washington sin poner en riesgo el delicado equilibrio de la alianza atlántica.
En el fondo, la guerra contra Irán ha dejado al descubierto algo más que un conflicto regional. Ha revelado la fragilidad estratégica de un continente que invoca con frecuencia los principios del derecho internacional, pero que todavía vacila cuando llega el momento de defenderlos frente a sus propios aliados.

Las guerras suelen mostrar quién tiene poder.
Esta también está mostrando quién tiene voz.
Y Europa, por ahora, sigue hablando demasiado bajo.
