Crímenes de cuello blanco

Fernando López Milán

Quito, Ecuador

El crimen de cuello blanco, más que el resultado necesario de la dinámica criminal, es un producto de la dinámica económica y burocrática. La economía y la burocracia son sistemas complementarios, que ponen en relación el poder del dinero con el poder administrativo o, dicho de otra manera, el poder de los burócratas con el de los empresarios.

El afán de ganancia, propio de los actores de la economía de mercado, tiende a crecer en razón del crecimiento de las empresas, y el afán de enriquecimiento de los funcionarios se ve estimulado por las capacidades y posibilidades de decisión que les brinda su ubicación en la jerarquía burocrática. Cuando los impulsos mencionados se juntan, la asociación criminal se establece y el delito se concreta.

La posición que una persona ocupa en la estructura burocrática es una oportunidad para conseguir beneficios personales, y la capacidad económica del empresario es un instrumento de control y manipulación de la burocracia. La asociación criminal de empresarios y burócratas es, en este sentido, un efecto de factores intrínsecos a la economía y la gestión pública, es decir, a los poderes de presión a que da lugar el crecimiento empresarial y a los poderes de decisión que derivan de la estructura institucional.

Se puede afirmar, sin embargo, que el crimen de cuello blanco nada tiene que ver con la economía ni con la burocracia, sino con el sentido moral de las personas. Pero esta proposición solo es parcialmente verdadera. En efecto, cometer un delito es una decisión moral, pero la tendencia de la economía de mercado al crecimiento indefinido de la ganancia y el capital y la capacidad de una estructura institucional para dotar de poder de decisión a quienes se insertan en ella son las fuerzas impulsoras de esa forma de crimen.

El crimen de cuello blanco se da en un contexto de formalidad, el crimen organizado, en el contexto informal de lo clandestino. Este último busca integrarse a la formalidad, el primero ya está ahí.

El empresario que soborna a un funcionario no se percibe como delincuente, sino como hombre de negocios. El delincuente común, en cambio, a diferencia del empresario, que se sostiene psicológicamente en el autoengaño, no se engaña a sí mismo sobre sus fines y el carácter moral de sus acciones,

Si cierto empresario: concesionario del manejo de importantes carreteras del país, dispone quién debe ser el director de concesiones del Ministerio de Obras Públicas y, sobornos a los ministros y viceministros aparte, regala viajes totalmente pagados a Colombia a los técnicos que deben tomar las decisiones atinentes a su “negocio” o a aquellos que se han demostrado demasiado celosos en el cumplimiento de su deber, a fin de que se muestren más comprensivos, está cometiendo un crimen. Crimen que su autor seguramente no reconoce. Ministros, viceministros, directores, son copartícipes de este hecho, pues, en muchos casos, desempeñan sus funciones, no por un sueldo de tres mil o cinco mil dólares, que para ellos nada representa, sino por las grandes oportunidades de enriquecimiento que su posición en la estructura jerárquica de tal o cual ministerio les brinda.

La relación entre economía y burocracia, es decir, entre poder económico y poder de decisión institucional genera el crimen de cuello blanco. Este, como todo crimen, es un problema moral y al mismo tiempo un efecto no deseado del crecimiento empresarial y la estructura burocrática de las instituciones públicas. Muchos, quizá la mayoría, de delincuentes de cuello blanco han escapado a la justicia y mantienen un aura de respetabilidad. Entre ellos, el boyante concesionario de carreteras, y, al parecer, algunos de los principales responsables de la estafa de PROGEN. Estafa que, de todas maneras, sigue siendo un delito de cuello blanco, es decir, un delito del que la violencia está ausente. Lo que más preocupa ahora, como lo sugiere el caso del alcalde de Esmeraldas, Vicko Villacís, acusado de dirigir una red de lavado de activos y de haber ordenado el incendio de la Refinería de Esmeraldas de marzo de este año, es la transición del crimen de cuello blanco a formas delictivas propias del crimen organizado, en las que la violencia desempeña un importante papel.

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