El ethos de la figuración

El presidente Nayib Bukele asume su segundo mandato en El Salvador, el 1 de junio de 2024.

Fernando López Milán

Quito, Ecuador

Ciertas profesiones, como la de politólogo, sociólogo o periodista, suelen prestarse con mucha facilidad a la adopción de prácticas intelectuales contrarias a la objetividad e, incluso, a la ética. Es constante, en estos oficios, la presencia de sesgos cognitivos en la búsqueda, manejo y presentación de los datos relativos a un asunto, y el parasitismo, es decir, la conversión, por parte de los profesionales, de los problemas y poblaciones de su interés en fuente de ingresos y prestigio.

Si estos problemas se resuelven y la situación de dichas poblaciones mejora, los “especialistas”, “defensores”, “denunciantes”, o, para abreviar, los parásitos, se encuentran de repente sin sostén ni brújula. Y no les queda otra opción que criticar a quien ha resuelto el problema mientras añoran los tiempos en los que las cosas iban mal para la mayoría, pero bien para ellos.

Uno de los mayores problemas en la actualidad es el crecimiento imparable del crimen organizado. En consonancia con su crecimiento, se han multiplicado de modo exponencial las publicaciones académicas y periodísticas sobre el asunto. Es bueno, para expertos y periodistas, que el crimen organizado siga controlando las ciudades. Es bueno que los criminales se maten entre ellos y asesinen a sus conciudadanos. Es bueno que los problemas se mantengan o, mejor aún, que crezcan y se desborden. Es bueno, porque eso les proporciona un material excelente para ponencias, artículos, crónicas, reportajes, que pueden publicar en alguna de las tantas revistas académicas que hay ahora o enviarlos a algún concurso internacional de periodismo. Ganar un premio siempre es bueno.

Los indigenistas de los setenta y ochenta del siglo pasado tenían a “sus” indios. Ahora, los temas y poblaciones de interés se han diversificado mucho: mujeres, niños, presos, el río Machángara. Algunos periodistas y escritores actuales tienen al narco y al sicario. No en vano Héctor Abad Faciolince afirmaba en una entrevista que “la literatura colombiana se engolosinó con estos matones, en parte los justificó en algunas de estas narrativas. Y es como si las víctimas no tuvieran ningún interés y el interés de la literatura colombiana se hubiera centrado sobre los verdugos, sobre los victimarios durante mucho tiempo”.

¿Cuándo el interés genuino por un problema y la gente que lo sufre se convierte en interés por el lucimiento personal? ¿Cuándo un problema social con sus víctimas y victimarios se transforma en una oportunidad para obtener ganancias monetarias o simbólicas? ¿Cuánto depende un intelectual o un periodista de que el problema sobre el cual escribe, denuncia, critica, no se resuelva?

¿Se ha preguntado alguna vez ese intelectual o ese periodista si no se está aprovechando de la gente acerca de la cual informa u opina? ¿Qué tan lejos está de la vanidad? ¿Qué tanto le importan las víctimas? ¿Le importan las víctimas como personas concretas o, más bien, como personajes de una crónica? ¿Qué tiene más valor para él: las víctimas o el texto que ha escrito sobre ellas? ¿Quiénes le importan más: las víctimas o los verdugos? ¿Por qué mira la paja en el ojo del Estado e ignora la viga en el ojo de los criminales? ¿Por qué, cuando el Estado hace bien las cosas, se empeña en buscarle las costuras?

La única intervención exitosa en América contra el dominio territorial de los grupos criminales ha sido la impulsada por Nayib Bukele en El Salvador. Esta intervención, ciertamente, no ha estado exenta de abusos y ha contribuido a afianzar el autoritarismo de Bukele, pero ha tenido la virtud de obligar a los intelectuales y periodistas que se lucían escribiendo sobre las maras a mirar la nueva realidad de frente y a escribir sobre ella siendo conscientes de que la estrategia adoptada por el presidente de El Salvador ha mejorado de manera notable la vida, si no de todos, al menos del 98% de salvadoreños.

La tasa de homicidios en El Salvador que, en 2015, era de 105 por cada cien mil habitantes, es ahora de uno por cada cien mil; el crecimiento del turismo, que ha generado más de 300.000 empleos directos e indirectos, representa ya el 10% del PIB y los pequeños y medianos empresarios han dejado de pagar tributos a las maras. Desde el principio, Bukele tuvo claro el objetivo de la estrategia antimaras: recuperar para el Estado el control de su territorio. Plan Control Territorial es el nombre de esta estrategia.

Cumplido el objetivo del plan y con los miembros de las maras en la cárcel, ya no hay lugar para crónicas, artículos y reportajes en los que los periodistas puedan ensayar sus dotes literarias. Además, el público de esas piezas periodísticas nunca fueron los ciudadanos de El Salvador, sino periodistas de otros países y jurados de concursos de periodismo. ¿Quién si no iba a leerlas? ¿Las víctimas de las maras? Conocían en carne propia lo que significa estar bajo su dominio.

¿Hay violaciones de derechos humanos en El Salvador? Sí. ¿Bukele gobierna de manera autoritaria? Sí. ¿Hay que escribir sobre eso? Sí. Pero, antes de hacerlo, es necesario preguntarse con sinceridad por qué y para beneficiar a quién se escribe.

He tomado como ejemplo el caso de El Salvador -podría haberme referido a otros países, Ecuador incluido-, porque ilustra muy bien la manera en que el discurso periodístico termina siendo la justificación de sí mismo y asignando a las personas inmersas en un problema el papel de personajes. Pero las preguntas anteriores nos interpelan a todos los que opinamos o informamos a través de los medios de comunicación social. El oportunismo acecha: ¿hay un muerto fresco? Hay que apresurarse a hablar del muerto. El oportunismo acecha y el afán de figuración.

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