Guayaquil, Ecuador
Sostenía Carlos Alberto Montaner que, dentro de los enemigos sempiternos del idiota latinoamericano (no siempre situado a la izquierda, pues, como sostenía Friedrich Hayek, hay socialistas en todos los partidos y, por tanto, también los encontramos en la derecha política), se encontraban siempre —resumiendo— el gobierno estadounidense y, cómo no, el empresario.
Aquel que, según había «aprendido» en sus años de juventud, era un explotador cuyo único mérito consistía en apropiarse de la riqueza que supuestamente extraía de forma inexorable del pobre trabajador. Las ganancias emanaban cual manantial eterno hacia los bolsillos del empresario, de manera que este «se enriquecía», mientras «nosotros» nos hacíamos pobres.
Hasta aquí, un relato sin fundamento científico, histórico o económico, basado en fantasías que, lejos de ayudarnos a comprender nuestro atraso relativo (la pobreza), oscurecían un análisis sobrio de la realidad. Allí donde debería existir evidencia, surgía un mantra siempre al servicio de la militancia de izquierda: ellos son ricos porque nosotros somos pobres.
El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la deuda externa, la CIA, el neoliberalismo o la globalización formaban —y siguen formando— parte de ese imaginario de explicaciones sin fundamento. Sin embargo, ahí reside el problema: las ideas tienen consecuencias.
El recetario de izquierda basado en sus demonios imaginarios no es solo parte de un relato que debería tener lugar dentro de un hospital psiquiátrico. El gran problema es que esas ideas aún forman parte del «debate» que ocupa las discusiones políticas latinoamericanas. No en vano encontramos, en la recta final de procesos electorales en Chile, Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú o Colombia, a los representantes más destacados de la extrema izquierda latinoamericana.
¿Cuál debería ser la moraleja de esta historia? Mi respuesta, una vez más, es que debemos tomarnos en serio la batalla de las ideas; caso contrario, uno de estos días encontraremos en nuestras aulas «materias» tales como «matemáticas con enfoque de género«, o se seguirá insistiendo en que el problema latinoamericano es la «desigualdad», cuando en realidad el problema es la pobreza.
| Sí, así como lo escuchaste: «matemáticas con enfoque de género». Vaya absurdo, aunque para cierta izquierda no lo sea. Por cierto, si te estás preguntando cómo es posible otorgar un enfoque de género a las matemáticas —una ciencia formal—, ahí va una caricatura de la respuesta: dos más dos es igual a cuatre. |
Otro despropósito conocido como “lenguaje inclusivo”, un disparate más de la progresía.
Pd: A esos demonios se los combate con una vieja plegaria que expulsa a los espíritus, cual invocación a Jesucristo. Basta con preguntarles: ¿Has notado que jamás se ha visto, a lo largo de casi setenta años de dictadura cubana, a un estadounidense huir hacia La Habana? O preguntar si los alemanes huían hacia el bloque comunista o hacia el mundo libre.

A partir de ahí comenzarás a escuchar toda clase de incoherencias y maldiciones sin sentido. Tranquilo, no es el zurdo que tienes enfrente; son sus demonios hablando a través de él.
Seguimos conversando.
