El 2 de septiembre el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió que hay que intensificar de inmediato la respuesta al brote de ébola en la República Democrática del Congo.
Los datos del Gobierno indican que las muertes superaron las 3.000. Es el brote más grande y más mortal de la historia del país, por encima de la epidemia de 2018-2020, y el de crecimiento más rápido registrado. La cepa es Bundibugyo, distinta de la más conocida Zaire.
El problema no es solo el recuento. Tedros dijo que hasta que no se localicen y se rompan todas las cadenas de transmisión, la epidemia seguirá amenazando a la RDC, a sus vecinos y a la región.
Muchos fallecidos se entierran de forma insegura. Hasta el 80% de los casos nuevos ocurriría fuera de contactos conocidos: hay cadenas que nadie está siguiendo.
El plan de respuesta liderado por Kinshasa pide 1.300 millones de dólares. La OMS ha enviado 320 toneladas de insumos y subió la capacidad de test a 3.000 pruebas al día, pero faltan camas en centros de tratamiento y dinero. El este del país, además, está marcado por el conflicto y el desplazamiento. Uganda, en cambio, no registra casos nuevos desde el 16 de julio. Ensayos de vacunas experimentales podrían empezar en octubre; la vacuna licenciada Ervebo no está pensada originalmente para esta cepa.

