Shein cotiza en Hong Kong desde el 1 de septiembre y el mercado no le regaló el estreno. El precio de la oferta pública fue de 48,56 dólares de Hong Kong por acción —por debajo del techo del rango— y recaudó unos 1.740 millones de dólares. La valoración quedó en torno a 26.500 millones. En 2022, en privado, rozó los 100.000 millones. El primer día el título llegó a caer un 10% y cerró casi plano. El 2 de septiembre bajó otro 5,1%, hasta 46 dólares de Hong Kong.
No es un tropiezo técnico. Es el retrato de un modelo que envejeció en cuatro años.
Shein, fundada en China y con sede en Singapur, vende ropa barata en unos 160 países a 273 millones de clientes activos. Quiso listarse en Nueva York y en Londres; la política y las acusaciones laborales y ambientales lo impidieron. Hong Kong era el plan C. La demanda institucional fue tibia: la trancha internacional se cubrió 2,59 veces; la minorista de Hong Kong, 5,63. En esa plaza, las salidas “estrellas” suelen inflar esos múltiplos. Los cornerstones cubrieron una porción menor de lo habitual.
El mismo martes 1 de septiembre, Francia empezó a aplicar el malus a la ultra-fast fashion. La ley, aprobada en junio, no prohíbe a Shein, Temu o AliExpress: los encarece. El criterio combina volumen puesto en el mercado y costo de reparación frente al precio de compra.
Ropa barata
En 2026 el recargo va de 0,50 euros en ropa interior a 2 euros en camisetas, 9 en vaqueros y 12 en una chaqueta. En 2030 puede llegar a casi 20 euros por prenda, con un tope del 50% del precio sin impuestos. También hay restricciones publicitarias, incluidas las de influencers. H&M y Zara quedaron, por ahora, fuera del disparo más duro.
Shein dice que usará el 80% del dinero de la bolsa en tecnología y expansión, y que quiere parecerse menos a un catálogo de vestidos de 5 dólares y más a un marketplace con marcas propias y ajenas —ya compró Everlane, Pimkie y Missguided—.
El mercado, de momento, cotiza otra tesis: aranceles, crecimiento más lento, costos de envío y una Europa que deja de tratar la ropa como un snack. La Fashion Week de Nueva York se prepara, en paralelo, con un discurso de marcas heredadas y “legado americano”. Dos velocidades: la pasarela que vende permanencia y la app que vendía novedad a granel. Esta semana, la segunda empezó a pagar el peaje.

