Por Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile
El del martes 11 de setiembre, en Montevideo, fue un partido extraño. Si se hubiera jugado en mayo de 2012, hubiese tenido un desenlace distinto con una muy probable victoria charrúa. Si el partido se hubiese jugado un año antes, una abultada victoria celeste habría sido considerada casi como un dogma de fe, pues se hubiesen enfrentado el mejor equipo de Sudamérica y uno de los peores de la región en ese momento. Ese fue el saldo que dejó la Copa América en la Argentina. En aquella cita, con casi la misma alineación con la que enfrentó a la tricolor en Montevideo, el equipo del “maestro” Tabárez paseó clase, garra y un fútbol efectivo que coronó un dominio vistoso, refrendando el cuarto lugar alcanzado en la Copa del Mundo sudafricana.
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